Esa canción, otra vez esa maldita canción sonaba en sus oídos, no desaparecía. Y ella, con ojos llorosos, resistiéndose a llorar, ocultaba su cara bajo la capucha echada de su sudadera verde aguamarina.
Sí, la sudadera unas tres tallas grande, era poco femenina y hacía que pareciera un bicho raro. Pero en esa sudadera intentaba ocultarse del mundo para que la tristeza no la encontrara.
Sus intentos habían sido inútiles.
La tristeza se aproximaba poco a poco, despacio pero constantemente. La notaba aproximarse, podía sentir ese punzante dolor en el pecho.
Unas formas sinuosas y serpenteantes la seguían. Puede que fueran imaginaciones suyas, que esas cosas no existieran en realidad.
Pero que tu razón no acepte la realidad no quiere decir que no sea real.
Ya lo creo que era real.
La tristeza iba a por ella.
Le gustaba, siempre le ha gustado acechar a la espera de corazones sensibles y con amor para todo el mundo.
Disfruta apagando su color a base de lágrimas de pena, frustración y dolor.
Así es ella.
Pero Luna conseguía escapar, al final siempre secaba sus lágrimas y con el calor de su sonrisa volvía a tener fuerza para seguir. Era un ser mágico, al fin y al cabo.
No se acababa con ella tan fácilmente.
La tristeza siempre ha sido una mala perdedora. Nunca acepta una derrota.
Cada vez iba con más fuerza hacia ella. Deseaba conquistar su alma, que no quedara ni una pizca de alegría en su ser.
Esta vez había una diferencia.
La tristeza iba ganando.
Luna se desplomó en el suelo de asfalto de la calle, sucio y húmedo por el rocío nocturno. No se le veían los ojos, pero sí las mejillas bañadas por las lágrimas. Temblaba, temblaba sin poder parar.
Se abrazó las rodillas con las manos, en un intento de sentirse más segura.
Lo único que consiguió fue llorar de dolor... Se había raspado las manos con el asfalto al caer. Y estaban enrojecidas, dolían y escocían.
Le daba igual. Dolor físico, eso no era nada en comparación con el otro dolor, ese dolor profundo que pasa desapercibido desde el exterior.
Las formas oscuras se acercaban, llevando consigo el frío.
No era el frío agradable que despejaba su mente en los malos momentos.
Era el frío de la falta de amor, de la ausencia de alegría, de la inexistencia de felicidad.
La parte real de Luna que quedaba se reveló.
"No va a acabar así. No. No pondrás las cosas en bandeja a la puta tristeza. NO, NO Y NO".
Un fugaz resplandor iluminó el rostro de Luna. Demasiado fugaz como para hacerla levantarse. Pero volvía a sentirse un poco capaz de vencer.
No era la más fuerte del mundo. Pero sólo perdería la lucha cuando lo diera todo por perdido.
-No vas a poder si te empeñas en hacerlo sola, ¿sabes?
Levantó la cabeza, aturdida. El ambiente había cambiado. Ya no sentía ese frío creciendo a su alrededor e introduciéndose en su pecho.
Un chico le sonreía dulcemente. Sus ojos marrones mostraban algo que a Luna le resultaba familiar. Muy familiar. Algo que veía, al menos antes veía, todos los días al mirarse al espejo.
Era amor.
Sus ojos transmitían ese amor sencillo y puro que siempre había estado en los de ella.
Él le tendió la mano.
-Levanta, apóyate en mí ahora que no tienes fuerzas y levántate de nuevo.
Sin saber lo que decir, cogió su mano, reprimiendo una mueca de dolor cuando su mano herida tocó la de él.
Pero el chico lo notó.
-No te reprimas. Te duele. Exprésalo, no lo dejes adentro, porque lo que necesita salir te destruye por dentro si no lo sacas afuera. Yo estoy aquí y no me voy a ninguna parte. Estoy aquí para escucharte.
La abrazó mientras lloraba y le contaba lo que la atormentaba. La siguió abrazando mientras caminaban y ella sonreía.
La tristeza se había marchado.
Miró de reojo al chico, sonrió y lo abrazó con fuerza.
"Sé que no soy fuerte, nunca lo he sido. Pero no lo necesito. La gente como tú es mi fuerza".
Cuando la tristeza volviera, estaría preparada. Aunque no fuera suya, tenía la fortaleza necesaria para seguir luchando, con una sonrisa en el rostro y amor en la mirada.