domingo, 23 de diciembre de 2012

El ratón y la rueda

El pequeño roedor daba vueltas, distraído, en su rueda.
No había nada que pensar, nada que temer, nada de lo que preocuparse. Sólo estaban la rueda y él, y el tiempo. Y daba vueltas, vueltas y más vueltas.
No se percató del sonido que auguraba el desastre hasta que fue demasiado tarde y la rueda -su rueda, su motivo para seguir, el eje de la jaula en la que vivía- se salió de su lugar y cayó, aplastándole la patita y quedando en posición horizontal.
Si hubo alguna vez una expresión que recogiera toda la pena del mundo, fue la que reflejaba la cara del ratoncito.
Apenas era consciente del dolor de la patita, porque la desolación de haber roto su rueda era mucho más fuerte, ocupaba todos sus pensamientos ratoniles.
¿Qué iba a hacer a partir de ahora? ¿Cómo iba a poder vivir sin su rueda? ¿Cómo?
Pensó, frustrado, en alguna forma de repararla. Pero era un ratón con una mente muy clara, cosa rara en humanos aunque más habitual en ratones, y se dio cuenta muy pronto de que era inútil. Era demasiado pequeño para poder colocar de nuevo la rueda en su sitio. Ni siquiera tenía la capacidad de sacar su patita de debajo de ésta... Y ya se estaba empezando a amoratar.
Lo que no sabía era que si quería podría salir de allí abajo con un pequeño esfuerzo y salir de la jaula, cuya pared se había roto al caer la rueda dejando un huequecito del tamaño suficiente para él.
No lo sabía porque el orificio había quedado en un ángulo que no era visible desde la posición en la que estaba.
Y el pequeño roedor, desolado, tomó la peor decisión que podía tomar... Se rindió. Desde una profunda parte de su mente surgió una mancha oscura dispuesta a nublarle el juicio y hundirlo en la miseria. Porque somos nosotros mismos, y nadie más, los causantes de nuestras peores pesadillas.

"¿Qué pasaría si lo intentas?
¿Acaso tienes algo mejor que hacer?
No me puedo creer que vayas a coger la opción fácil y cobarde de rendirte sin tan siquiera intentar cambiar la situación. Tú no eres así".

Era una vocecita desde su cabeza la que le hablaba. No era capaz de ver que llevaba razón, que tenía que luchar, que no todo estaba perdido si actuaba a tiempo.
Pero al menos le hizo volver a pensar por un breve instante.
Y en ese preciso instante utilizó toda su fuerza ratoniana para liberar su patita de la enorme rueda que la apresaba.
Estiró, estiró, estiró... y cuando ya estaba agotado... la patita comenzó a resbalar con su sudor... y de repente, quedó libre.
Magullado, agotado, pero libre.
Libre para empezar a buscar otros motivos para existir que no fueran esa rueda, ya inservible.
Libre para saltar por el agujero.
Libre para ser todo lo que podía ser, para hacer todo lo que en su vida de roedor podría hacer si no le faltaban las fuerzas para intentarlo.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Un momento de silencio



Voces.
Voces que gritan, que ríen, que no callan.
Voces que te rodean.
Voces que dicen cosas que no entiendes.
Voces que no hablan contigo, que sólo hacen ruido.
Un ruido tan familiar que a veces ni eres consciente de él: murmullo continuo que evita que escuches la locura vertiginosa de tus pensamientos.

Silencio.
De repente, silencio.
Voces que callan.
Todas.

¿Todas?

No.
La tuya no calla.
Grita en tu cabeza, que parece a punto de estallar.
Te pones música a todo volumen para no oírla, para aislarte en tu ruido, en tus sonidos familiares, esos sonidos que te reconfortan.

Pero llega un momento en el que acaba.
Un momento de silencio.
Todos los días tenemos un momento de silencio.
Y es en ese momento en el que aceptamos y calmamos nuestra voz…
O nuestra voz nos enloquece, deprime y asfixia.