Miras por la calle. Son las siete, pero ya está oscuro, y hace ya fresquito, aunque no sea mucho...
Las hojas caen y tapizan el suelo que pisas, esperando a ser barridas. Inspiras hondo, porque es una sensación familiar: es el otoño.
Esa estación que tanto te gusta, porque ya llegan las lluvias y se va el calor asfixiante y odioso del verano.
A mucha gente le parece triste y gris.
Mucha gente no sabe lo que se pierde.
Miras hacia arriba, a un cielo sin estrellas porque está lleno de nubes, ansiando que descarguen su agua sobre ti para darle esa claridad del agua a tus pensamientos. Como siempre que anhelas algo, no llega en ese momento.
Era de esperar, al fin y al cabo, todo llega cuando se necesita, no cuando se desea.
Es sorprendente que haya tan poca gente, te dices, con la tarde-noche tan preciosa que hace.
Quizá es que tienen cosas más importantes que hacer.
Quizá no son capaces de ver.
Quizá es que tu no estás demasiado bien de la cabeza. Quizá.
Te agachas y coges una hoja de un color entre amarillo y marrón pardo, no sabrías cómo definirlo con exactitud. Mirándola, piensas.
Que el otoño te gusta tanto porque es cuando la tierra nos da frutos tras nuestros esfuerzos.
Que representa la madurez.
Que más de uno debería tomar ejemplo del otoño: porque uno recoge lo que siembra, le guste o no le guste, es un hecho.
Que hay personas a las que, inconscientemente, asocias a esta estación, y que tienen una calidez increíble, y que las admiras.
Algún día, algún día... serás como ellas.
Serás paciente.
Recogerás buenos frutos de todo el esfuerzo que ahora tienes que hacer.
Verás como todas las cosas son un ciclo del que tú formas parte y que no puedes controlarlo, pero no importa el control, sólo la felicidad que te da estar en él.
Algún día.