domingo, 17 de noviembre de 2013

El perro verde

Había una vez un perro, un perro que ladraba, saltaba, corría y jugueteaba como todos los demás perros.
Pero el pobre carecía de algo: no tenía amigos, ni perros ni humanos.
El perrito era amable, y cariñoso, y leal... pero había algo contra lo que no podía luchar.
Su pelaje largo, en lugar de marrón, blanco, negro o con manchas, era de un verde intenso, un verde que recordaba al de la hierba de un prado en primavera.
Solo ser verde.
Solo eso.
Y, por ello, automáticamente, había sido rechazado. Una y otra vez. Algunos incluso se mofaron de él y lo maltrataron por ser diferente, porque eso lo hacía, a su parecer, inferior al resto.
Daba igual que fuese más cariñoso y sincero que muchos de los perros de su alrededor: su aspecto le quitaba todo atisbo de aceptación.
Era joven, pero la vida lo había tratado mal y estaba triste. Sólo quería un amigo, sólo un poco de comprensión, de calor...
Una vez más, se maldijo a sí mismo.
¿Por qué? ¿Por qué tenía que tener ese pelo?
Puede que fuese mejor deshacerse de él para siempre.

Pensando, decidió que haría lo siguiente: iría a la fábrica de pinturas y se tiraría en la cubeta de pintura negra para ser, por fin, un perro con un color de pelo normal.
Cuando ya estaba frente a la puerta se detuvo, sorprendido. Notaba algo que le molestaba en la nuca.
Era la pata de un mapache, un mapache que acabaría de despertar, pues hacía muy poco que había anochecido. El mapache, inmerso en la oscuridad circundante, le habló:
"No lo hagas. No cambies por ellos."
"Pero así estoy solo, y nadie me querrá nunca" gimoteó el perrito. "Huyen de mí. Me atacan o me tienen lástima. Sólo quiero que vean que soy como ellos. Que somos iguales".
El mapache sacudió la cabeza, con una sonrisa comprensiva.
"¿Es que no lo ves? Eres realmente hermoso, pequeño. Yo lo veo. Y más lo verán, tenlo presente. Tienes un regalo precioso que los demás no. ¿Es eso malo? Claro que no, al contrario: es algo muy bello. Que no te cambien, ¿me oyes? Pase lo que pase, sigue siendo tú".

El perrito maldijo para sus adentros al mapache, por haber conseguido que una lágrima le rodase por la mejilla.
Porque tenía razón.
Claro que la tenía.
Giró el cuerpo para darle las gracias, y entonces lo vio: un mapache grande, peludo... y de color rosa.
El mapache le guiñó un ojo y dijo:
"Tomaré esa carita como un sí, pequeño".
Dicho esto, desapareció en las sombras.

Era ya tarde, y el perro verde se acostó frente a la fábrica, entrando al mundo de los sueños mientras pensaba en lo que había ocurrido.
Al despertar, lo primero que notó fue el olor.
Olía a tostadas y a leche caliente.
Estaba en una alfombra mullida y calentita, en un lugar bajo techo.
Gimoteó, asustado, porque no recordaba haber llegado a ese lugar, y una niña pequeña dejó la tostada que se estaba comiendo y corrió a verle.
"Ah, por fin despiertas chiquitín. Vi que estabas solo y te vi tan bonito y adorable que decidí traerte a casa... Y mamá no se ha enfadado, así que te quedarás, ¿verdad? ¿Serás mi amigo?"
La niña tenía una sonrisa radiante mientras decía esto.

Y el perrito movió la cola, contento, mientras le lamía la cara a su primera amiga de verdad: alguien que lo había aceptado como era, viendo la belleza dentro y fuera de él.