Me
llaman Stalin, no sé muy bien por qué. Creo que a mi dueño le pareció gracioso
que yo, siendo un gato blanco y de tan suave pelaje, con cara de no haber roto
nunca un plato, tuviese el nombre de uno de los grandes de la historia
contemporánea. Quizá es por eso también que en mi collar hay una insignia con
una hoz y un martillo y mi cajón de arena tiene una inscripción en la que dice
“Revisionismo”.
Pero
sea por lo que sea, yo no me quejo. Me parece un nombre bonito, y es un dueño
muy majo, de vez en cuando me da leche y a veces me lleva a ver mundo y a
sentir los vientos rojos de cambio en los bigotes cuando nos reunimos en el
local de su partido, que no tengo muy claro ahora mismo si es legal o no, pero
supongo que no, porque más de una vez nos ha tocado salir corriendo al oír
llegar a la policía.
De
hecho es muy probable que tenga que ver con el motivo por el cual esta mañana,
al oír tocar a la puerta y llamarle por su nombre completo, mi dueño tragó
saliva con temor. Menos mal que cuando abrió la puerta me tiré furioso a la
cara de uno de esos tipos de uniforme y eso le dio tiempo a salir corriendo sin
que el otro pudiese reaccionar.
Ahora
estoy solo en el salón, esperando a que regrese, pero no sé cuándo lo hará.
Espero que tenga suerte y que no se cruce con más tipos de uniforme, que mis
uñas no son tan afiladas como para descuartizar a las malas personas.