A veces, y sólo a veces, siento que mi interior comienza a
arder, y sé que si abriera la boca escupiría potentes llamaradas azuladas,
destruyendo todo a mi paso como siempre quise hacer.
En esos momentos me siento verdaderamente feliz.
Al menos lo hago hasta que la realidad apaga las
llamas, igual que la lluvia convierte cualquier libro, por fuerte que sea, en poco más que papel mojado.
Eso sí, hay una diferencia:
mi vida es menos útil que papel mojado.
¿Por qué?
Es simple: no hay forma de que se seque.