Te das la vuelta y te tropiezas con la vida. Esa vida que se siente incompleta, que se siente vacía, y sabes que tal vez nada lo solucione. El corazón no contiene más que sangre, pero la sangre no hierve, no grita, no llora, no corre.
Anhelando lo que no tienes, anestesias tu cuerpo con las promesas que se esconden en el fondo de los vasos. Nada cambiará, pero prefieres ignorarlo. Todos sabemos mentir, pero sólo los verdaderos expertos logran engañarse a sí mismos. Felicidades.
Pese a todo, tus escudos son más frágiles que el cristal, y más pronto que tarde acabarán por romperse. Te clavarás los cristales, el dolor y las heridas serán aún mayores. No temas. Sólo entonces podrás recuperar las ilusiones que desaparecieron hace tanto tiempo. Sólo entonces podrás vivir, aunque para llegar a este punto tengas que desear más de una vez la muerte.
Sólo entonces sentirás la sangre latir en tus arterias. Tu verdadera sangre, la que sabe a todo aquello que un día perdiste y que, cuando ese día llegue, volverá.