¿Ves
a ese pequeño gatito? De pelaje pardo y ojos oscuros, medio oculto bajo aquel
contenedor, que no nos pierde de vista. Algo comido por las pulgas y por el
hambre, pero no por ello menos desafiante. ¿Le ves, verdad?
Pues él siempre se
creyó un león.
No
es el primero. Conozco tantos otros que un día fueron como él… Lo peor de todo
es que sé cómo acabará su historia, aunque la de ese gatito todavía vaya por el
capítulo uno. Y es que no importa cuándo, pero al final se frustrará al
descubrir que no es un león, que jamás lo fue. Será consciente de que jamás
podrá hacer todo aquello que para los leones es tan sencillo como pestañear.
Sencillamente descubrirá que no es capaz, y que nunca lo será.
Al menos esta es la historia habitual, la
que ocurre en el noventa por ciento o más de las veces. No obstante, no es la
única posible.
Y es
que algunas veces, y sólo algunas, el gato acaba convertido en león.
Supongo
que la confianza influye, sin llegar a ser lo principal. La realidad es más
compleja y, a riesgo de que me tomes por alguien carente de juicio, voy a
contártela.
Verás,
existen extrañas mezclas en la naturaleza, que no nos parecen lógicas ni
deberían ser posibles. Un artista las creó al principio de los tiempos, fruto
de un capricho o de una necesidad, qué importa. Una de esas mezclas fue la de
colocar corazones leoniles en cuerpos gatunos, y un corazón de tal calibre no
necesita un cuerpo acorde para hacer cosas increíbles.
No,
no hables, no es necesario. Sé qué me vas a preguntar antes de ver las palabras
en tus labios. Querida criatura, lamento decirte que no sé ante qué caso
estamos. No hay forma de saberlo, salvo ser ese gatito. Pero no temas. Él, un
día, lo sabrá. ¿Nosotros? Nosotros sólo podemos desear que su caso se salga de
la norma, porque el brillo de sus ojos no deja lugar a dudas de que estamos
ante un ser excepcional.
En
este mundo necesitamos más gatos que se crean leones, porque sólo ellos pueden
llegar a serlo.