No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión,
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.
Es el final de un poema de Miguel Hernández llamado ANTES DEL ODIO, el cual acabo de descubrir y me ha gustado tanto que he decidido que tenía que estar aquí, junto a mis otras locuras varias, mis paranoias de adolescente y demás cosas inexplicables que pasan por mi mente.
Lo que más me gusta son las dos preguntas:
¿Quién encierra una sonrisa? ¿Quién amuralla una voz?
La respuesta es más que evidente... ¡NADIE!
Nada ni nadie ha podido ni podrá hacerlo, porque son cosas que siempre serán libres, que nadie logrará hacer desaparecer.
Por mucha libertad que nos quiten, nuestra sonrisa y nuestra voz serán eternamente libres.
Libres para gritar a los cuatro vientos muchas cosas; en mi caso, que pese a los tropiezos, soy feliz, muy feliz, y que siempre estaré dispuesta a dedicar una sonrisa al mundo.
Porque sonreír hace que lo malo sea un poquito mejor.

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