lunes, 29 de julio de 2013

Vientos de cambio

Miró el letrero de neón apagado y olvidado.
Nadie lo miraba ya, olvidaron su presencia hace algún tiempo.
Pero ella lo seguía viendo: un rastro, un recuerdo de lo que en otro tiempo fue un gigante comercial, ahora absorbido y sustituido por otra cadena más grande y con un mayor apetito de consumidores aborregados por la masa de la ciudadanía.

Qué lástima que no hubiese cambiado el perro sino solo el collar.

Suspiró mientras se frotaba las manos en un vano intento de combatir el frío de la madrugada.
Aún le quedaba un largo camino por delante y tenía que soportar aquel frío que se le metía por los huesos y la hacía tiritar.

El luminoso de neón le recordaba, día tras día, contra lo que tenía que luchar.

La revolución estaba cerca.
Se sentía en el grito de hambre de las calles.
Hambre de alimentos, de justicia, de libertad: hambre.
Se sentía en los rostros de sus compañeros, con los que ahora iba a reunirse una vez más para perfeccionar el plan para derrocar el régimen.

Pese al condenado frío del ambiente, no pudo evitar sonreír.

"Se avecinan vientos de cambio" pensó.

"Y, esta vez, al fin... soplan a nuestro favor".

jueves, 18 de julio de 2013

Gatos

Los ojos del gatito parecían dos lunas solitarias, observando un cielo oscuro de medianoche... Una noche triste y fría, oscura y sin estrellas a la vista... Una noche tan triste que las estrellas se habían suicidado.
Ella ya no estaba. Y no iba a volver. El peso de esa realidad le hundía poco a poco, unido a él por cadenas invisibles, pero no por ello más débiles. Maulló al cielo con dolor en su voz gatuna.
"¿Por qué? Éramos tan felices... Malditos humanos".
No era malo ser un gato callejero, se vivía medianamente bien... Salvo por el riesgo de cruzarte con ellos.
Y es que sin esos humanos, su querida gata seguiría a su lado. Maldijo silenciosamente la crueldad de aquellos seres bípedos que se creían los amos del mundo.
Revivió la historia una vez más: los gritos para asustarlos, los palos, las piedras, y cuando aquel humano tan grande y brutal cogió a su amada y empezaron a apalearla hasta que murió. Los arañazos y mordiscos que él lanzó a sus oponentes no sirvieron de nada, sencillamente le dieron y lo dejaron inconsciente.
Una lágrima reluciente resbaló por el pómulo del gatito. Así no se podía vivir. No sin ella. No en un mundo tan cruel y hostil, no en un lugar en el que las cosas suaves como las almohadas acababan rotas en lo más oscuro de una medianoche de estrellas suicidas.
Una estrella que él no había visto salió de detrás de una nube. La miró, asombrado. Al final resultaba que quedaba una estrella en ese cielo solitario... ¿Habría alguna esperanza?
Y en ese momento, la estrella se suicidó, cayendo en picado del cielo.
"Estupendo. Cómo he podido ser tan ingenuo. Aquí no hay esperanzas. Ninguna."

No se dio cuenta de que la estrella estaba justo delante de sus patitas hasta que ella le habló.
Le habló de días soleados y de noches amables, de caricias y sentirse protegido, de comidas calentitas y conciertos de maullidos nocturnos, de amor y comprensión. 
"Ésta es tu vida. Ésta fue nuestra vida cuando yo estaba junto a ti. Y quiero que siga siéndolo para ti. Porque yo no me he ido, no del todo. Aunque no me veas, yo siempre estoy ahí, oculta tras las nubes o invisible por la luz del sol. La vida puede ser maravillosa. Sé que me echas de menos, lo sé... Pero un día volveremos a estar juntos. Y yo no dejaré de quererte, y te enseñaré el camino. 
Te quiero".
Y dicho esto la estrella regresó a su lugar en el cielo, dejando al gatito con ojos llorosos pero un corazón lleno de fuerza.