lunes, 30 de junio de 2014

Veo, veo...

¿Qué ves?

Veo una atalaya, a lo lejos, que se funde con el horizonte. La veo y mi sonrisa desaparece. Fue construida a base de mentiras. Mentiras crueles, mentiras piadosas, mentiras con un objetivo despiadado, mentiras que manipularon corazones crédulos. Miles de mentiras, una sobre otra, desafiando en altura a los cielos.

Veo muchas flores, y huelo su fragancia en el aire que me rodea. Ninguna flor huele mejor que cuando está a punto de morir a manos del calor del recién llegado verano. Veo mariposas revoloteando a su alrededor, despreocupadas. Recuerdo que un día me hacían reír. Ahora la risa persiste, pero con el sabor ligeramente amargo de las pinceladas de envidia. Reconocedlo: no soy la única que de vez en cuando anhela ser como ellas en el estrés de nuestras patéticas vidas.

Veo a un par de pequeños zorros. Se asustan y huyen nada más verme. No puede negarse que son seres astutos: ante alguien como yo, no quedarse siempre es la mejor opción.

Cierra los ojos...

Al cerrar los ojos sigo viendo, pero de otra forma.

Veo la trayectoria del viento, que silba en mis oídos. El sonido es frío, seco, cortante. Como si se tratase de la flecha que pasa rozando tu cabeza pero decide no acabar con tu existencia. Saboreo las gotitas que caen de la fina herida que la flecha reabrió en el pómulo, no muy profunda, aunque sí lo suficiente.

Veo mi tristeza, que le da la mano a la frustración antes de ponerse cómodas en el interior de mi cabeza. 

Veo una puerta cerrándose...

Me pregunto cuánto tardaré en encontrar una ventana.