1.
Escribe sobre un sueño o pesadilla que hayas tenido esta semana.
Supongo
que tal vez le echo más de menos de lo que me gustaría admitir, y por eso
recuerdo aquel sueño. No es lo habitual: mis sueños, tanto los buenos como los
malos, prefieren quedarse a vivir en las tierras del olvido.
Recuerdo
que el sol era agradable sin ser sofocante, y que nuestro hogar olía a hierba fresca y a flores. Por fin el lluvioso invierno se
había retirado, el kraken del lago acabaría pronto su letargo y no se nos congelarían las manos sin guantes. Algún senderista
despistado cruzaba por nuestro campamento con la consecuente estupefacción, como es comprensible. Yo también me quedaría a cuadros si en pleno siglo XXI viese un grupo
como el nuestro, con las túnicas y las armas, luchando como si no hubiese nada
más placentero. Entre nosotros, creo que pocas cosas se le pueden comparar.
Mientras
escribo estas líneas contemplo mi espada al otro lado de la habitación. Al
hacerlo, recuerdo todo, tanto lo vivido como lo soñado, y no puedo evitar
sonreír.
Puedo
ver la cara de la persona a la que quiero frente a mí, con un arma prestada por
uno de mis compañeros, temeroso de luchar contra mí al principio, después
soltándose poco a poco, llegando a disfrutarlo. Veo cómo mi sonrisa se ensancha hasta
límites que últimamente había olvidado que tenía. Sé que todos se
alegran de verme así de feliz, porque llevo tiempo sin serlo, tanto que algunos
ni han conocido la alegría en mi rostro como norma y no como excepción.
Sí, no fue un sueño fuera de lo común, y no me importa. Lo
bueno de estos sueños tan cotidianos, tan reales, es que al evocarlos vuelvo a
sonreír, como ahora, pensando en el momento en que acabó el combate y sin
soltar las armas le abracé y besé.
Una pena que él esté ahora muy lejos y que
nunca le hayan gustado nuestras bárbaras costumbres.
Aun así, no importa.
Siempre podré soñar.