Algún día.
Algún día a nadie se le ocurrirá decirme lo que debo hacer, lo que debo decir, lo que debo pensar... Lo sé. Ese día llegará.
Sé cuándo llegará... Sí, lo sé: será cuando se den cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos.
Porque yo ya me di cuenta hace mucho tiempo de que los demás tienen tan poca idea de lo que se debe y no se debe (en absolutamente todos los sentidos) como yo misma.
Por muy viejos, experimentados, o cualquier otra cosa que sean.
En este mundo nadie sabe lo que debe hacer.
NI MAMÁ, NI PAPÁ, NI EL TÍPICO PERSONAJILLO QUE SE LAS DA DE LISTO.
NI TÚ.
NI YO.
Y eso es lo que hay que tener presente antes de decirle a los demás qué es lo que deben o no deben hacer, decir, pensar...
NO LO HAGAMOS.
A veces sé, por propia experiencia, que esto es prácticamente inevitable... pero no por arrogancia o pedantería (o, como lo dirían mis conocidos "por ser un flipao") sino por amor. Sí, por amor a los demás. Por no querer que fallen en lo que nosotros ya hemos fallado.
Hay que dejarlos fallar.
Duele.
Pero hay que dejarlos fallar.
Porque, aunque no lo parezca, les hacemos un favor dejando que se equivoquen... Así son capaces de, sin necesidad de imposiciones externas, decidir por sí mismo que es lo que se debe y lo que no se debe.
Sólo los valores a los que llegamos por nosotros mismos llegan a calar en nuestro interior, a formar parte de nuestro ser.
Y esto no se puede conseguir si los demás, con toda su buena intención, te dan el trabajo hecho.
DEJADNOS VER POR NOSOTROS MISMOS QUÉ ES LO QUE SE DEBE Y QUÉ ES LO QUE NO.
Sé que conseguiré dejar de hacerlo algún día.
Tal vez el mismo día en que lo dejen de hacer conmigo.
Tal vez antes. O tal vez después.
El caso es que lo conseguiré algún día.
Algún día.
Algún día.
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