Criticar.
Todos acabamos criticando.
Da igual lo santos y puros que seamos. Tarde o temprano caemos en ese vórtice de rumores malintencionados y de intentos de herir al otro, sea a expensas de su atuendo, sus compañías o su forma de ser.
No conozco a nadie que haya logrado escapar al chismorreo, a dar por cierto algo de lo que no tiene ni puñetera idea sólo porque su vida es demasiado aburrida en ese momento como para dejar pasar una novedad tan jugosa, algo nuevo para hablar mal de alguien o de algo.
Y sé lo que digo. Lo estoy viendo con mis propios ojos, todos los días. A veces te pasa a ti, otras a alguien que ni tan siquiera conoces, otras a una amiga... Y es repugnante. Lo digo en serio.
Pero por lo menos me queda el consuelo de que no todos criticamos por el placer de criticar. A veces yo misma me sorprendo criticando a alguien, y me cuesta creerlo. ¿Qué coño haces? me pregunto, asqueada de mi acción.
Odio que la gente se dedique a dirigir palabras venenosas hacia otras personas y yo también soy una de esas lenguas viperinas.
Aunque creo que tampoco pasa nada por ello... Esto es como todo lo asqueroso y negativo de nuestra sociedad: lo ves por todas partes, lo sientes a tu alrededor como una niebla espesa... y acaba por pegársete a ti también. Y lo haces. Y -esto es lo peor- muchas veces ni te das cuenta de que lo haces.
Me gustaría pedir perdón por todas esas cosas que hago y que pueden herir a los demás. Sé que hieren, las detesto y no me siento orgullosa de hacerlas... es sólo que en cuanto me descuido me sumo a esta masa que se dedica a explotar todas las armas que tienen a su alcance, como es el caso de las palabras.
Lo siento.
Porque las palabras deberían usarse para resaltar las virtudes en lugar de los defectos.
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