martes, 24 de enero de 2012

Música VS Ansiedad.

Son las cositas del querer las que nos llenan día a día, las que nos llenan de verdad. El odio y la ambición nos mandan pa'l rincón donde dejé los miedos que tenía a tropezar.
Me inventé otra forma de vivir, algo por lo que existir, aunque esté todo pisado. Y a pesar de que no quede porvenir, puedes echarte a un lado, dejar los pasos, dejar vivir.
Me inventé otra forma de vivir, algo por lo que existir, aunque esté todo pisado. Me encontré cosas buenas al sentir, ahora pido un porvenir. Buscaré tres pies al gato.

Fragmento de "Me inventé", una canción del grupo CENSURADOS. Hoy esta canción casa bastante bien con mi estado de ánimo, en especial el principio, en el que desea que se pudran aquellos que cultivan el estrés y la ansiedad. Creedme si os digo que yo me siento así hoy.

Ojalá no existiera la puñetera ansiedad. Se oculta tras cada paso que das, paciente, sigilosa. Espera el momento preciso. Espera al momento en el que estás más triste de lo normal, tienes mucho trabajo y poco tiempo para hacerlo, o sencillamente a cuando das un paso en falso que jamás debiste dar.
Y te invade, empeorando aún más tu situación. Lo sé por experiencia. Puta ansiedad.
Hoy, sin ir más lejos, estaba ahí, aporreando las puertas de mi conciencia, suplicándome que la dejara pasar.
Suerte que para esos momentos están las canciones como esta.
Por muy absurdo que suene, a mí me hacen recordar lo absurdo que sería dejarle ganar la partida a la ansiedad. Me recuerdan qué importa de verdad y qué no. Así de simple.



lunes, 23 de enero de 2012

El tercer sonido.




La casa está vacía, solitaria. 
Oigo de fondo la música de las señoritas de baile de abajo, con su tedioso flamenquillo. Sonrío. Aunque es inaguantable, por lo menos sé que a las niñas les encanta bailarlo. Eso es lo único que justifica tener que oir el ruido de todos esos piececitos taconeando sin parar.
Otro sonido, más tenue pero más continuado, llega desde el cuarto de mi abuela. Sí, es el mismo sonido de todas las tardes de entre semana. Me he acostumbrado tanto a él que cuando quiten la serie de la televisión me extrañará la ausencia de la voz del teniente Colombo.

Por último, no dejo de escuchar un tercer sonido. Es un sonido mucho más difícil de captar, mucho más sutil que los anteriores. Si pasas mucho tiempo aquí, podrías llegar a captarlo, escondido tras los clicks del ratón de mi hermano, el ruido de los obreros de la Casa de Cultura y el rasgueo del lápiz mientras hago matemáticas. Pero es un sonido con el que tengo que vivir cada día. Es el sonido de mis propios pensamientos, taladrándome la cabeza. Se hacen complicados de entender. Es como cuando intentas pillar lo que dice un inglés cabreado o emocionado: prácticamente misión imposible. Puedo intentar ahogarlo con música, o con el esfuerzo físico de una clase de taekwon-do, o jugando con Perla como si no hubiera nada más importante en el mundo. 
Pero esas cosas son lo que son: un intento. No se puede eludir a los propios pensamientos eternamente, por mucho que lo intentemos. 
Lo peor es que cuando te pasas mucho tiempo jugando a evitarlos, cuando se acaba el juego no estás preparado para aceptarlos. Lo sé. Y te ahogas en ellos, poco a poco, hasta que ya no puedes hacer nada para salvarte.
Por eso decidí parar de jugar. Por eso decidí abrazar la realidad. Por eso, y solamente por eso, puedo decir que me salvé justo a tiempo. 
Porque algo en mi interior me dijo que la autocompasión y el egocentrismo habían llegado demasiado lejos.
Así que ahora, cuando capto las diferentes voces que conforman el tercer sonido, mi sonrisa se hace aún más amplia. 
Porque ese tercer sonido es MÍO. 
Es una de esas cosas que me hace ser quién soy.