La casa está vacía, solitaria.
Otro sonido, más tenue pero más continuado, llega desde el cuarto de mi abuela. Sí, es el mismo sonido de todas las tardes de entre semana. Me he acostumbrado tanto a él que cuando quiten la serie de la televisión me extrañará la ausencia de la voz del teniente Colombo.
Por último, no dejo de escuchar un tercer sonido. Es un sonido mucho más difícil de captar, mucho más sutil que los anteriores. Si pasas mucho tiempo aquí, podrías llegar a captarlo, escondido tras los clicks del ratón de mi hermano, el ruido de los obreros de la Casa de Cultura y el rasgueo del lápiz mientras hago matemáticas. Pero es un sonido con el que tengo que vivir cada día. Es el sonido de mis propios pensamientos, taladrándome la cabeza. Se hacen complicados de entender. Es como cuando intentas pillar lo que dice un inglés cabreado o emocionado: prácticamente misión imposible. Puedo intentar ahogarlo con música, o con el esfuerzo físico de una clase de taekwon-do, o jugando con Perla como si no hubiera nada más importante en el mundo.
Pero esas cosas son lo que son: un intento. No se puede eludir a los propios pensamientos eternamente, por mucho que lo intentemos.
Lo peor es que cuando te pasas mucho tiempo jugando a evitarlos, cuando se acaba el juego no estás preparado para aceptarlos. Lo sé. Y te ahogas en ellos, poco a poco, hasta que ya no puedes hacer nada para salvarte.
Por eso decidí parar de jugar. Por eso decidí abrazar la realidad. Por eso, y solamente por eso, puedo decir que me salvé justo a tiempo.
Porque algo en mi interior me dijo que la autocompasión y el egocentrismo habían llegado demasiado lejos.
Así que ahora, cuando capto las diferentes voces que conforman el tercer sonido, mi sonrisa se hace aún más amplia.
Porque ese tercer sonido es MÍO.
Es una de esas cosas que me hace ser quién soy.
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