Este cuento no es original mío. Recuerdo que alguien me lo contó muy de pasada con once años. Por tanto, no es una simple copia. Es fruto de la combinación de mis recuerdos y de mi forma íntima y personal de escribir. Espero que os guste, y que sepáis interpretar todos los sentidos que esta sencilla historia tiene para todos nosotros.
Érase una vez una ciudad en la que todos vivían en paz y armonía. Nadie pasaba hambre, los niños iban a la escuela y crecían felices, la violencia era algo inimaginable y todas las formas de vida eran respetadas y amadas.
En un ambiente tan idílico, la tecnología prosperaba rápidamente, dando lugar a inventos capaces de mejorar todavía más el nivel de vida de aquellas personas.
Un día, llegó al mercado un nuevo invento desarrollado por unos ingenieros de la ciudad sumamente innovadores. Era un casco. Pero no uno cualquiera. Este casco poseía unos nanocircuitos que conectaban directamente con el córtex cerebral del individuo. Sin ningún tipo de molestia, permitían al usuario diseñar una realidad a su antojo en su cerebro y el casco la reproducía como si fuera la auténtica realidad.
A la gente aquel invento les pareció sumamente divertido. Podían imaginarse tumbados en una playa tomando el sol en una tarde tormentosa. Estar en lugares como los fondos marinos o el espacio exterior. Y mil cosas más.
Como la economía se mantenía estable en aquel lugar, todos los ciudadanos podían permitirse comprar un casco. Poco a poco, pasó a ser un aparato tecnológico básico, y todos acabaron por tener uno. Hasta los niños más pequeños lo tenían, pues el material del que estaba compuesto el casco era un biopolímero especial que se adaptaba al posible crecimiento del cráneo.
Al principio los cascos se ponían durante poco tiempo. Pero algo tan maravilloso suele provocar excesos. La gente estaba tan a gusto con los cascos que pronto dejaron de quitárselos. Y así, llegó el día en el que la ciudad parecía una base de astronautas.
Seguían realizando las mismas actividades, claro. Comían, dormían, trabajaban. Pero cada uno lo hacía desde la realidad que reflejaba su casco. Todos veían lo que querían ver, oían lo que querían oír, sentían lo que querían sentir.
Y en ocasiones esto los hacía más infelices, porque a veces nuestras mentes se vuelven oscuras y todo nos parece aterrador, frío y gris.
Pasaron años, bastantes años. Y estas gentes continuaron sumergidas en sus mundos particulares. Ya no eran tan felices. Ya no eran una sociedad preocupada por el bienestar común. De hecho, apenas recordaban la existencia de los demás.
Olvidaron por completo la naturaleza: los campos, los bosques cercanos, el río que rodeaba la ciudad, incluso las mascotas. Todo fue abandonado a su suerte. Lo mismo ocurrió con las infraestructuras de la ciudad.
Un día, un chico de apenas dieciocho años corría por la calle. Llevaba un casco, viejo ya, en la cabeza. Su nombre era Aryan, pero poco importaba, pues hacía mucho tiempo que nadie recordaba su existencia.
Aryan estaba sumido en su propia realidad. Una realidad que, en esos momentos, lo llenaba de desasosiego y temor. Huía, tenía que huir de aquellos tenebrosos seres que lo perseguían en la oscuridad. Podía sentir el aliento fétido que emanaba de sus fauces y sus malévolos ojos rojos clavados en él.
Tropezó con un árbol, un robusto árbol que había logrado crecer en la calle principal, abriéndose paso a través de los desgastados adoquines. Se oyó un crujido, seguido de ese sonido que hacen las cosas al resquebrajarse.
Cuando Aryan se levantó, su casco cayó, hecho pedazos por culpa de aquella caída.
El descubrimiento de lo que sucedía casi lo dejó en estado de shock por unos instantes. No lograba comprender...
Pero era joven y despierto, y una vez liberado del casco recordó, lo recordó todo...
Su infancia feliz, emocionante y sin miedos...
Aquel regalo de cumpleaños que al principio era tan divertido y que todo el mundo tenía...
Ensimismado en los recuerdos de aquella vida antes de los sueños y las pesadillas, caminó por aquellas calles que por fin veía como eran en realidad.
Y de pronto paró en seco. Se había dado cuenta de algo. Algo muy importante.
El resto de los habitantes de la ciudad seguían llevando los cascos.
Decidido, corrió hasta su casa. No le fue difícil encontrar lo que buscaba.
La caja de herramientas de su padre seguía en el garaje, en el mismo lugar que solía dejarla cuando él era un crío y lo miraba mientras trabajaba. La única diferencia era la capa de polvo que la cubría tras tantos años de abandono.
Sacó el martillo, con una sonrisa iluminando su rostro.
Iba a romper, uno por uno, todos los cascos que hubiese en su ciudad, para así devolver, por fin, ese mundo maravilloso que él ya podía sentir a todos los que un día lo habían perdido.
Se nota que la mayoría viene de mí, que son más mis sentimientos que los del cuento original. Espero que hayáis captado el mensaje. Puede que los cascos no sean físicos en este mundo, pero ahí están, en nuestras mentes, impidiéndonos ver las cosas tal y como son. Si necesitáis un martillo, no dudéis en llamarme. Aquí estoy.
Ese toque tan personal que le has dado a la historia simplemente me encanta.
ResponderEliminarYo necesito un buen martillazo en la cabeza, simplemente porque mi realidad me consume día a día, necesito un martillazo que me haga ver la belleza de lo que tengo a mi alrededor y dejar de sumergirme en mi propia realidad de oscuridad y tinieblas.
¿Me prestas el martillo? :)
Sabes que me encanta tu blog irene(L)
ResponderEliminarAtte:
@MarcosGlez43