Se estaba haciendo tarde.
El sol,
como cada día, poco a poco iba escondiéndose tras las aguas, obligándonos al
inexorable cambio de luz a oscuridad, con la promesa velada de devolvérnosla a
la mañana siguiente…
Una promesa que nunca sabremos si se cumplirá siempre.
Azkan miró la ida y venida de las
olas a la escasa luz del crepúsculo, disfrutando de la belleza del momento… O
intentándolo.
Dos meses habían pasado ya, y su
vida aún no había recuperado la belleza, ni la felicidad.
Todo había sido sustituido
por los gritos de dolor, la sangre en el suelo, los ruidos de las sirenas y del
helicóptero de salvamento.
Un profundo pesar lo invadió.
¿Lágrimas?
Ojalá. Ya no le quedaban.
Sólo desesperanza.
El amor, la alegría de tu día a
día… Cosas que no valoras tanto como deberías, que crees que no desaparecerán,
que aunque a veces te pongas triste o se enfaden contigo, el amor y la
felicidad regresarán pronto…
… hasta que la velada promesa de
regresar se rompe.
Se quedó así, sentado.
Intentando que el sonido de las
olas chocando contra la orilla, yendo y viniendo, apagase las voces de su
cabeza.
Intentando quedar vacío, porque
ya no podía aspirar a nada más.
Intentando olvidar.
Intentando no sentir nunca más.
¿Cuánto tiempo pasó? ¿Minutos?
¿Horas quizá? Lo cierto es que es irrelevante… La plasticidad del tiempo nunca
dejará de ser sorprendente.
Pero Azkan terminó por
levantarse, cansado de no lograr su objetivo.
Y comenzó a pasear.
Aunque fuese noviembre, no
llevaba zapatos,
y dejaba que las frías aguas acariciasen sus pies desnudos,
con la necia ilusión de sentir que aún había algo de vida en él.
Y entonces lo oyó. Era un sonido
diferente.
No eran sirenas,
no eran las hélices de un helicóptero,
no eran los
gritos de dolor que lo acompañaban en su oscuridad.
Pero pese a no conocer el sonido,
sabía muy bien lo que quería decir.
Era el sonido del dolor y la
frustración.
Aceleró, sin pensarlo, en
dirección al sonido. No tardó en verla.
Una ballena bramaba desoladamente
mientras movía sus aletas fútilmente para regresar al agua.
Se acercó a ella.
Para ser una
ballena, era pequeña, quizá una cría, del tamaño de un monovolumen.
La miró,
pensando, imaginando cómo se sentiría, la confusión de haber sido arrastrada
por las corrientes hacia un medio hostil, la frustración de saber que no podrás
hacer nada, la certeza de cuál es el final inevitable de tu historia.
Los bramidos del animal, en un
completo estado de pánico, lo sacaron de su ensimismamiento. No era momento
para divagar.
Mirándose los brazos, comprendió
que él solo no podría ayudar a la pequeña ballena.
No tenía la fuerza
suficiente para moverla, ni medios para llevarla a la profundidad necesaria
como para que se pudiese alejar nadando a su lugar.
“Oh, vaya, conozco esta
sensación”, pensó, mientras sentía como si le arrancaran la piel del pecho a
tiras.
“Frustración, se ve que te he
molado, porque cada vez vienes a visitarme más a menudo”.
Una media sonrisa sarcástica
deformada por el dolor se formó en su rostro. Apretó el puño derecho, y, armando
con fuerza el brazo, lo estrelló contra su pómulo con toda la potencia que
pudo.
Uno de los nudillos le había hecho una pequeña herida, de la que caían
unas gotas de roja sangre que se limpió con el dorso de la mano.
Mirándola, soltó una carcajada.
-Vaya, parece
ser que sigo vivo, después de todo.
Volvió a mirar hacia las olas,
tratando de hallar una forma de salvar a aquella criatura desamparada.
Tardó
menos de diez segundos en echar a correr hacia dicha salvación.
Justo el tiempo
que tardó en darse cuenta de la intermitente y rítmica forma en la que el faro
arrojaba su luz sobre aquel mundo de oscuridad.
“Es curioso” se dijo, con su
media sonrisa otra vez en el rostro mientras corría todo lo rápido que le
permitían sus piernas. “Es curioso el hecho de que salvar a otro me haya
permitido salvarme a mí mismo”.
Una lágrima brilló en su mejilla.
La promesa no se había incumplido después de todo…
sólo había sido la noche más
prolongada de su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario