Miró por última vez al claro entre los sauces, todavía en escala de grises por la ausencia de luz.
A veces un camino se acaba, y tenemos que coger otro para seguir avanzando.
Con un beso y un ligero gesto con los dedos, dejó caer la rosa negra que llevaba en su mano izquierda. Momento de partir.
Alzaría el vuelo, lejos, muy lejos. No podemos protestar sin abrir boca y labios, y no podemos volar sin alzar los pies del suelo.
El recuerdo de los besos en su piel cambiaba las cosas… pero sólo levemente.
“Ella no está ya junto a mí, y aunque estuviese, no permitiría que siguiese aquí, prisionera de mis sentimientos.”
Las cadenas que nos atan a veces son invisibles, entretejidas, como creadas por un extraño hechizo lanzado por un habilidoso mentalista. Y esto es mucho peor que si estuviesen hechas de hierro.
Se calienta la piel con su recuerdo mientras ahueca sus grises alas.En su interior, sabe que no podría echarla de menos, ya que nunca dejaron de estar juntas. Ni siquiera ahora.
“Me enseñaste tantas cosas… Y a no olvidar otras.”
Una sonrisa fugaz se instala en su rostro, dejando a la vista unos dientes blancos y ligeramente afilados.
“Esa es una de las cosas que jamás olvidaré, preciosa. Que las sonrisas calientan corazones.”
Cogió impulso con un suspiro. Se adentró en el cielo que comenzaba a iluminarse gracias a las luces del alba, sin un rumbo pero con la certeza de que en algún lugar acabaría.
No hay hueco para la tristeza en una vida que nos abre miles de puertas…
Aprender, aceptar, dejar marchar.
Alzar el vuelo... volar sin mirar atrás.
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