domingo, 21 de octubre de 2012

El secreto de los árboles

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que los seres humanos no se consideraban los amos y señores del universo, y trataban como iguales a los peces, a los pájaros, a los majestuosos leones y las delicadas mariposas. Incluso a los árboles.

Pero esto último no es del todo cierto...

Respetaban a los árboles porque los consideraban más importantes que ellos mismos.
Y los árboles eran sus consejeros. Acudían a ellos para pedirlees ayuda, y ellos respondían.
Sí, los árboles hablaban, porque no tenían motivos para no hacerlo.

Pero no todos los árboles era iguales, no lo son ahora y nunca lo han sido. Los pinos eran humildes; los robles infundían respeto; los cipreses, tristes; los sauces, gráciles; las encinas, sencillas y perseverantes. No quiere decir que cada árbol fuera sólo de una forma, solamente que su principal virtud (porque todas, lo parezcan o no, son virtudes) era ésa en concreto.

Una niña morena paseaba un día entre los árboles. Ella estaba triste, y los árboles lo notaban y se sentían tristes, como ella. Agachaban las ramas, intentando abrazarla, darle consuelo. Pero ella parecía no percatarse de lo que sucedía a su alrededor, y siguió caminando sin molestarse en retirar las lágrimas que bañaban sus mejillas.
Cada vez había menos árboles: se acercaba a una zona peligrosa, pues si no crecen los árboles en un lugar es por un buen motivo, dado que son unos seres muy sabios.

La niña pasó junto a un roble y éste se percató de lo que ella pretendía.
 - Pequeña, no lo hagas. ¿No ves lo absurdo que es? Piénsalo, por favor, piénsalo. Las cosas no deben acabar así.
- ¿Qué sabrás tú, roble? Tú lo tienes todo más fácil. Naciste con tus raíces. Creciste aquí, tienes tu lugar, ves el paso del tiempo sin tener que intervenir. Para mí las cosas no son así.-Las palabras se anudaron en su garganta. Pero pudo acabar.- No puedo seguir.

Siguió caminando, y un rosal le gritó:
- Preciosa, por favor, quédate conmigo. Sonríe, toma una de mis rosas.
- Tienen espinas, y las espinas hacen daño. Bastante dolor tengo ya.
- Claro que tienen espinas, pero eso no afecta a su belleza. Una rosa sigue siendo bonita y fragante a pesar de sus espinas. Es como la vida. La vida puede darte dolor pero no sólo es dolor. Busca la belleza y sonríe.
Sacudió la cabeza mirando al suelo cubierto de hojas.
- Lo intenté, rosal, lo intenté una y otra vez. Pero estoy cansada de intentarlo. ¿Para qué continuar? No tengo ningún motivo.

Echó a correr, porque los árboles le decían miles de palabras de consuelo, consejos, la hacían dudar de su determinación.
Con lágrimas en los ojos, llegó al borde del precipicio. Sonrió. Por fin iba a acabar con todo. Tomó aire y, con paso firme, caminó hasta el borde más externo, hasta que sus pies pisaron el aire y su cuerpo se precipitó al abismo.

Caía, caía, caía.

Notó un tirón y su caída paró de repente. Abrió los ojos.
Su cuerpo estaba atrapado en una enredadera, una sencilla y frágil enredadera que había echado raíces en la pared del precipicio.

La niña rompió a llorar, frustrada, y dejó caer las manos.
- ¿Por qué?¿Por qué lo has hecho? ¿Para qué me has salvado?
La pequeña enredadera dijo con su voz suave y pausada:
- Porque no debía ser así. Las cosas pueden irte mal, pero eres más fuerte de lo que crees. Parezco a punto de desprenderme, pero sin embargo mis raíces son fuertes. Y tú también eres así. Vuelve a casa, pequeña, y recuerda siempre mis palabras.

Dicho esto, elevó sus ramas y la depositó, sana y salva, en el borde del precipicio.

Cuenta la leyenda que esa niña iba todos los días al borde del precipicio a hablar con la enredadera, y ésta le dijo las palabras precisas que la hicieron seguir adelante con una sonrisa por bandera.
La niña se hizo mujer, formó una familia y fue feliz con su vida.

Todos sabemos que los árboles no hablan.
No lo hacen porque los hombres dejaron de escucharlos, así que nada tenían que decirles.
Pero unos pocos descubren con sorpresa el secreto de los árboles. Estos pocos ven cosas que otros dejarás pasar de largo, ciegos a ellas.
Nos limitamos a considerarnos superiores y creer que todo lo que decimos es la única verdad. Ya no escuchamos. Ya no vemos que no existe una única verdad.

Por suerte, los árboles no nos olvidan, y siguen esperando nuestras palabras.

...

- Mamá, ¿por qué me cuentas todo esto?
- Porque cariño, tú eres una de esas privilegiadas. Como yo, como tu abuela. Como aquella niña pequeña.

No hay comentarios:

Publicar un comentario