Hoy las tinieblas se apoderan de la noche. No hay estrellas. No hay luna. Solo un negro cielo sobre mi cabeza. El viento viene frío, muy frío, juega con mi pelo y me produce un escalofrío al pasar por mi nuca.
Nadie me hace compañía. Veo casas con las luces apagadas, comercios con persianas echadas. Un perro callejero aparece, me huele los zapatos y sigue su camino. Tampoco a él le importa mi presencia.
Recorro las calles, no me preocupo, sonrío al viento mientras canto; al principio a susurros, luego a toda voz. Porque en momentos así, cuando el mundo duerme, encuentro mi lugar en él. Noto que formo parte, noto que mi cuerpo no acaba en la punta de mis dedos sino que se extiende a cada hoja, a cada ráfaga de viento, a las gotas de los charcos que aún empapan las aceras.
Por eso sonrío mientras camino. La oscuridad no me asusta, es mi amiga, nos apoyamos mutuamente. Pobre oscuridad, tan desconocida y temida por el mundo que ahora duerme. Sólo unos pocos sabemos entenderla y amarla como se merece. Porque es tan digna de cariño como el sol, aunque casi nadie se dé cuenta de ello.
Le sonrío a mi amiga y sigo caminando. Canto y bailo ligeramente, pero sin perturbar su belleza con mis poco ortodoxos pasos. Le cuento mis penas y mis alegrías. Dejo que me abrace cuando no puedo más y que seque mis lágrimas con su viento o las camufle con las gotas del rocío. Y soy yo, yo misma, porque de nada serviría ocultarle a ella cómo soy. Ella lo sabe, porque me conoce desde la primera vez que salí a su encuentro, una niña pequeña que aún no la entendía y le tenía miedo por las historias que le contaban sus mayores, una niña curiosa que ni entonces era capaz de creer algo que no hubiera sido capaz de comprobar, una niña que encontró la luz en la oscuridad.
Noto una luz sobre mi cabeza. Miro hacia arriba y no puedo evitar sonreír. El viento ha movido las nubes dejando al descubierto por unos instantes la luna llena de esta última noche de septiembre. Como siempre, nada es como lo pintan, y si buscas una lucecita la vas a encontrar siempre.
Y no se me ocurre una más bella que la que mi amiga acaba de mostrarme para que me haga compañía de camino a casa.
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