miércoles, 7 de enero de 2015

Mefistófeles.

¿Qué cómo es mi alma dices?
Marchita, caduca, 
una sombra de una sombra.
Dicen que los ojos son las ventanas al alma,
y es verdad: 
la mía siempre se deja ver en la negrura de mis pupilas.
Las vetas carmesí no deben confundirte:
la sangre me mantiene vivo,
pero no con vida.

¿Qué cómo es mi alma?
¿Por qué me lo preguntas?
Hace tiempo que me convertí en demonio
y se supone que es algo de lo que carecemos.
Si es que acaso existe...
yo jamás las he visto.

Conozco tus preguntas aunque no las pronuncies.
¿Por qué eres tan cruel?
¿Por qué te ocultas tras una máscara?
¿Por qué no nos cuentas qué te pasa?
Y a todas ellas respondo a mi manera, 
lo que viene a ser, con otra pregunta.
¿Por qué...
¿Por qué no te mueres?

En esta tierra sobra tanta gente
y yo estoy tan harto
que, con una sola de mis maldiciones,
los eliminaría a todos de buen grado.
Tanto mártir a mi alrededor...
Cumpliré vuestro sueño de fuego eterno. 

No sé si tengo remedio
no sé si algún día dejaré de ser una sombra 
y volveré quien una vez fui,
no sé si mi vida está maldita o todo lo contrario.
Sólo sé que nada os debo 
y que gozaré de vuestra extinción.

No preguntes mi nombre;
no debes preguntar cosas que ya conoces.
Porque, en cierto modo, 
otro como yo también mora en tu interior, 
aunque no seas consciente del todo.
Soy la oscuridad, y como tal, no se me pone un nombre.
Porque ponerle nombre a algo es dejar de temerlo,
y a mí me temeréis siempre.

Aún me sorprendo de haber sido uno de los vuestros en otro tiempo.
Débiles. Mezquinos.
Escoria.
Y luego soy yo el demonio. 



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