sábado, 3 de enero de 2015

Luz de luciérnaga.

Sonríes.
La sonrisa ilumina el espacio.
Qué bien sienta el alivio.

A veces, le damos vueltas a todo,
tantas que nos llegamos a marear.
Qué innecesario.
Qué humano.

El ave gorjea,
se ríe por encima de nuestras cabezas.
Se ríe de la necedad ajena.
No te importa, pues ya acabó.
Ríes con ella:
el miedo dejó de tenerte presa.

Sí, ya sabes, ese miedo,
a perder algo que apenas estás descubriendo.
Ese miedo,
a no ser suficiente,
sólo por ser diferente.

Quieres gritarle al mundo tu alegría,
quieres que todos la sientan.
Quieres volar, lanzarte al vacío,
rozar con tus dedos la hierba
y remontar entonces el vuelo.

Aunque los prejuicios no son de tu agrado
han estado ahí, a cada paso,
frenándote, asegurándote rechazo,
sólo porque la mayoría
de gente normal lo haría.

Pero no.
Esta vez no.

Te lo mereces.
Te los mereces.
Y ellos también
te merecen.

La felicidad viene y va
pero nunca nos abandona;
no del todo.
El truco es buscarla,
o quizá sólo invocarla
pero sin perseguirla.
Como al rastro en la hierba.
Como a las luciérnagas.





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