domingo, 11 de enero de 2015

Capítulo dos.

Dejó la escuela joven. Le habría gustado decir que fue una decisión basada en razones lógicas e inteligentes. No fue así.
A los diecisiete la mayoría de muchachos no están en sus cabales, y Gary no era una excepción.
Estuvo un año vagando sin hacer nada en particular por las calles, o pasando las horas muertas en su cuarto, sin un sueño, sin un objetivo imposible de esos que hacen rodar a las personas cuando todo lo demás falla. Su rostro expresaba la pasividad de quienes han muerto en vida... salvo por sus ojos. En ellos, aún estaba la fiereza de la tormenta.
Curiosamente, aquella tormenta no fue percibida por él, sino por Tony.
Sonrió. Diez meses habían pasado desde aquel extraño encuentro, y su vida no había vuelto a ser la misma.

-¿Cómo te llamas, niño? 
-No soy ningún niño-replicó con sequedad, sin prestar atención a lo intimidante de aquella figura-y mi nombre es algo que no te interesa en absoluto, ambos lo sabemos. 
Una ronca y sonora carcajada surgió de la garganta del desconocido, que le tendió la mano. 
-Yo soy Antonio, pero llámame Tony. Y sí, tienes razón. No me interesa tu nombre, sino tu persona, lo que puedes ofrecer. Me caes bien. Te llamaré Storm-dijo, mirándole a los ojos. 
Se encontró estrechando la mano de aquel tipo. La curiosidad, una curiosidad que llevaba mucho tiempo sin experimentar, le dominaba. Él carecía del filtro de locura que el resto de los mortales denominamos sentido común, aunque sería más correcto llamarlo miedo.
-Tengo algo que ofrecerte, Storm. Pero sé que aceptarás incluso antes de proponértelo.

Sacudió la cabeza, borrando las volutas de humo de los recuerdos que flotaban a su alrededor. Odiaba darle la razón a alguien que no fuese él mismo. Pero aquel desconocido, ahora su compañero de oficio, la había tenido, pues no dudó ni un instante al aceptar la oferta.
Maldito Tony. El italiano era un hombre taimado, escurridizo, egoísta. El reflejo de la inmoralidad de toda una época, un llamamiento a pasiones más propias de edades pasadas. Todo un ejemplo a seguir.

El trabajo que inicialmente le producía aprensión ahora era el motor de su día a día. Le gustaba lo que hacían. Ellos eran la representación de la justicia en la corrupta decadencia corrupta de su siglo: su propia justicia.
La única justicia posible.

Se alegraba de no vivir ya con su padre biológico. Estaba harto de su mirada vidriosa, con las pupilas puntiformes, pues siempre andaba colocado. Qué asco le daba la heroína. Pero no guardaba ni un sólo sentimiento de cariño hacia aquel que un día le dio la mitad de su material genético. Que se matase de sobredosis si quería. No sería el primer progenitor que se dejaba morir en manos de la droga.
Menos mal que no tenía hermanos... no soportaría tener que cuidar a alguien más a parte de sí mismo.
Llevaba compartiendo apartamento con Tony un par de meses. Sin duda, era una opción mejor.

El sonido del tono de su teléfono móvil sobre la estridencia de la ciudad lo sacó de sus pensamientos.
-Hablando del diablo-musitó antes de cogerlo. Tony estaba al otro lado de la línea.
-¿Has cumplido el trabajo?
-Por supuesto. Joe está acojonado. Tranquilo. Será todo lo ludópata que quieras, pero pagará. Vaya que si pagará.
-Me alegra oír eso. Cambiando de tema, ¿por dónde andas? Se me ha abierto el apetito.
-Por el centro, cerca de la estación de tren. Podríamos ir a comer al restaurante de Feng –sugirió- Hace mucho que no le vemos, y su comida siempre está deliciosa.
-Oh, venga, no me jodas. Sabes que estoy harto de la comida china –se oyó un bufido al otro lado del auricular. Sabía de sobra que el joven quería ir por la camarera vietnamita. Jóvenes y hormonas, qué combinación.- Mejor lo hablamos cuando llegue. Nos vemos en la estación dentro de veinte o treinta minutos.
El pitido del teléfono le indicó que había colgado sin tan siquiera despedirse. Era el estilo de su compañero. Mientras guardaba el teléfono, su estómago emitió un sonoro rugido. No se había dado cuenta de estar tan hambriento. Por otro lado, la intimidación siempre le daba algo de hambre.

Mientras se apoyaba contra un pilar a esperar se rio, y lo hizo en voz alta, ganándose algunas miradas de desaprobación con ello de las que ni fue consciente. Era gracioso que en menos de un año hubiese cambiado tanto. Antes sólo era un bravucón, un bueno para nada que vivía asustado de su propio mundo. Por suerte, se acabó.
Pasó los dedos por las puntas abiertas y enredadas de su larga melena, en una manifestación de impaciencia.
En ciertas ocasiones, Gary se preguntaba si echaba de menos a aquel muchacho que un día fue. Pero no era una de esas ocasiones.

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