martes, 14 de abril de 2015

Capítulo tres

Reconocería esa voz en cualquier parte.
-Un día de estos te quedarás calvo, chaval.
-¿Cuántas veces tengo que decirte que no me llames así?-la sonrisa se le escapó, a pesar del tono irritado de su voz.
-Lo que tú digas, chaval. Bueno, me muero de hambre. Creo que con este hambre hasta podré soportar la bazofia china de Feng-le guiñó un ojo.-Vamos, que a tu edad deberías follar más.
-Tony, tío, que sabes que no es por eso. 
-Ajá. Ya. Claro. Vamos anda –le soltó una palmada en el hombro, riéndose visiblemente de él.

La fachada roja y dorada estaba ya bastante desgastada, y un gran grafitti ensuciaba la pared lateral con una frase fascista que nadie se había molestado en borrar: las palabras se las llevaba el viento, pero ante la más mínima amenaza, lamentarían haber nacido. Así funcionaban las cosas en aquel barrio. 
Abrieron las puertas de madera, que crujieron levemente. Apenas habían ocupadas un par de mesas, alejadas entre sí. Era un día flojo, y aquello se respiraba en la atmósfera del local, relajada, medio muerta. 
Se sentaron en la mesa que hacía esquina con la cocina. Siempre que podían se sentaban allí: tenían perfecta perspectiva de la puerta principal, de la trasera y de la zona de cocinas. Nunca era el momento para bajar la guardia. 
Nada más sentarse, Storm la vio, con el uniforme del local, negro y rojo, ajustado, de falda corta. Lan no tendría ni quince años, pero con la ropa y el maquillaje apropiados parecía toda una dama de compañía. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Menos mal que sentado era fácil disimular una erección. 

Quizá no fuera la muchacha más bonita que se había cruzado. De hecho, ahora que lo pensaba, estaba convencido de que no lo era. Pero tenía algo especial.
Quizá sólo fuese su sonrisa, amable, opaca, que le hacía desear saber qué ocultaba detrás, aunque estaba convencido de que él era el causante de la misma. Ah, el ego y la juventud, qué bien se llevaban.
-Por el amor de todas las diosas, queda con ella y haced el amor de una jodida vez-nada más decirlo, Tony comenzó a reír de su propio juego de palabras. 
Un leve rubor asomó en el pálido rostro de Storm. Sabía que podría hacerlo, pero… ¿era lo que deseaba realmente?
Quizá.

Levantó la mano cuando estuvo en su campo de visión para que ella se acercase a su mesa.
-Hola chicos. Hacía tiempo que no os veía-su voz era aguda pero agradable, y su sonrisa se hizo más amplia al tiempo que sacaba del delantal una diminuta libreta de bordes desgastados.- ¿Qué vais a tomar?
Pidieron algo sustancioso y barato del menú. Antes de que la jovencita se fuese, Tony la agarró del brazo. Aunque lo hizo con suavidad, ella no pudo evitar sobresaltarse.
-¿Cómo está tu tío?
Suspiró aliviada mientras contestaba desasiéndose educadamente del agarre del italiano.
-Oh, bien, está en el reservado, como de costumbre.-Mirando a su alrededor, se acercó y bajó la voz.- Hoy tenemos alguna cosilla interesante ahí detrás, pero, siendo sincera, no os lo recomiendo. Daban mala espina… no sé si me entendéis.
Storm asintió para que se relajase. Claro que darían mala espina. Exactamente como ellos, aunque la joven omitiese dicho detalle.
-Gracias preciosa, vete, tranquila.-dijo Tony, haciendo un gesto con la mano. 

Cuando se alejó lo suficiente, Storm comenzó a hablar.
-No estaría mal jugar un poco, ¿no crees?
-Ni hablar. Demasiado justo voy esta temporada como para apostar, especialmente con tipos que sean más chungos que yo.
-Estás viejo, Tony.
-Puede. La vejez tiene alguna que otra cosa buena, aparte de las canas-se pasó una mano por el pelo, sonriendo.- Me encantan estas canas. Son la prueba de que voy ganándole la partida a esta mierda de mundo.
Aquello le arrancó una carcajada.
-Serás vejestorio.
-O tú un niño, Storm, o tú un niño. Y, por cierto, veo a través de esa cabeza tuya, así que dos consejos: primero, cómprate unas gafas de sol; segundo, olvida lo que estás pensando hacer. 
-Oh, venga-bufó y sacudió la cabeza.-Ni que fueses mi padre. 
-No, no lo soy, pero como no pagues el alquiler no dudaré en volarte la sesera.-hizo un gesto con la mano.-Mientras duermes, unos cuantos tiros, pam, pam, pam. Dicho esto, ya tú mismo, chaval.
Storm iba a contestarle, pero Lan llegó con dos platos hasta arriba de comida, así que prefirió callar. 
La comida era más importante que su contestación, que podía esperar.

Acabó deprisa, y en cuanto lo hizo su mente volvió a la puerta entreabierta tras las cortinillas rojas y doradas. Tony lo miró con cara de pocos amigos.
-Recuerda la última vez. 
-Yo voy, tú haz lo que te dé la gana.
Dicho esto, apuró la cerveza oriental que tenía delante y se levantó. Al entrar en el reservado, sonidos y olores se incrementaron, sumergiéndolo en un ambiente muy diferente al anterior. Sonrió. Puede que la comida de Feng no fuese la más recomendable de aquella ciudad, pero, sin lugar a dudas, sus apuestas eran inmejorables. Echó un vistazo a las mesas donde se veía hombres jugar póker, ajedrez chino y mahjong. Las caras no le eran familiares. La mayoría al menos. Feng, sentado en la mesa más al fondo, le hizo una señal de reconocimiento con la mano, invitándole a acercarse.
Las palabras sobraban con el asiático rechoncho, al menos allí. Feng sabía lo que quería, así que le metió en la partida. Una vez lo hizo, el gesto amable inicial fue sustituido por su aspecto amenazador habitual. Así era el juego, así debía ser y así sería siempre. 

Tony jugueteaba con los palillos, ligeramente hastiado. Si no había tenido hijos nunca era por algo, y no tenía ganas de hacerse responsable de nadie. Anotó en su listado mental no volver a compartir piso con alguien a quien ni siquiera le crecía suficiente vello púbico.
Miró el reloj que colgaba de la pared. Casi eran las siete de la tarde, y en el restaurante sólo quedaban él y Lan, fregando unos vasos tras la barra. La muchacha tenía que estar deseando que se fuesen y, francamente, él también. Tenía ganas de descansar. En su trabajo, había aprendido que no debía desaprovechar los momentos muertos: podía suceder que después echases de menos no haber descansado cuando tuviste tiempo.
Mientras se planteaba si acercarse para decirle a Storm que se marchaba, un estruendo procedente del reservado inundó el restaurante. Lan, automáticamente, se escondió bajo la barra en posición fetal, como si ya hubiese vivido aquello más veces. Tony, por el contrario, se limitó a mirar desconcertado el sonido mientras se llevaba una mano al arma y buscaba cubierta. 
“Por qué siempre acabamos en problemas, joder”
Se preparó para desenfundar y apuntar, pero la persona que atravesó a toda velocidad aquella puerta era su compañero.
-¡Corre!
-¿Pero qué…?
-¡Tony, que corras, joder!
Menos mal que decidió hacerle caso sin esperar a las explicaciones, porque en caso contrario quizá no habrían tenido tanta suerte y los disparos que silbaron alrededor de sus cuerpos hubieran acabado en ellos. 

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