sábado, 27 de diciembre de 2014

Capítulo uno.

Desde que tenía uso de conciencia, recordaba haber llevado siempre un arma blanca consigo. El mundo era hostil, no cabía duda, pero el muchacho también, seguramente por haberse formado en él. Era un joven de apenas veinte años con una vida, por decirlo de algún modo, que alguien arrojó al retrete mientras aún era un niño, para tirar después de la cadena con una cínica sonrisa. 

Cuando se veía reflejado en los escaparates, comprendía por qué la gente se asustaba con sólo mirarle. Pálido, demacrado, los ojos rojos ya de forma crónica, a partes iguales por la polución, la falta de sueño y una tendencia natural. Y eso sin contar las múltiples cicatrices en su cuello y sus manos. Su atuendo no ayudaba: solía vestir vaqueros rasgados y camiseta negra, con botas militares y cazadora de cuero a juego. El negro era su color, quizá como metáfora vital. 
Su aspecto, en resumidas cuentas, lo convertía en la persona que nos hace apretar el paso, la persona que nuestra razón nos hace evitar de forma sistemática. 

Aquella mañana, Storm se dirigía a su bar favorito. No nos confundamos: no iba a pasárselo bien. Aunque alguna vez lograba divertirse en aquel infierno, no sucedía así en la mayoría de ocasiones, y esa no iba a ser una de ellas. Nunca mezclaba negocios con diversión, y tenía una cuenta pendiente con Joe, el propietario.
Crujió los nudillos de forma inconsciente, asustando a la quinceañera de pelo azul metálico que pasada a su lado, bebiendo una lata de lo que fuese, seguramente alguna bebida energética que estuviese de moda aquellos días. 

“Vuelve al colegio, mocosa” dijo para sí, sin dedicarle a la muchacha más que una mirada de rabia. “Créeme: al final, te arrepentirás si sigues por ese camino”.
Pero pronto se olvidó de ella y de sí mismo, pues había llegado a su destino.

El letrero de neón desgastado apenas brillaba con las luces del día. Tosió: del local parecía salir una gran cantidad de humo. Ya eran ganas de matarse de forma cara y asquerosa. Bufó. Desde que en el año 2097 se retiró la prohibición de fumar en locales y otros lugares públicos, la vida era un poco más asquerosa. Subiéndose un poco el pañuelo que llevaba al cuello con el fin de que la tos remitiese, entró al garito. 
Estaba lleno, como de costumbre. No importaba que fuese un miércoles a mediodía. 
Ignorando las miradas de reojo sobre su figura, se dirigió a la desgastada barra. Un hombre que ya superaba los cincuenta secaba con un trapo las jarras de cristal. Al levantar la vista y verle, le sonrió, como quien sonríe a un viejo conocido. 

-Hacía tiempo que no te veía, Storm.
-Buenas. ¿Cómo te va todo, Joe? -Al contrario que el barman, él no sonreía.
Se encogió de hombros. Era lo habitual: en aquellos tiempos, nadie podía afirmar tan a la ligera que las cosas fuesen bien. 
-¿Qué te pongo?
-Cualquier cerveza me sirve, como siempre.
Abrió el grifo, dejando que el líquido ocre llenase una jarra, goteando espuma por los bordes. Se la puso delante, y Storm le pegó un largo trago, echando la cabeza hacia atrás levemente. Al sentirse saciado, la dejó con un golpe seco. 
-Joe, sabes por qué he venido.

La sonrisa perenne desapareció súbitamente del rostro del hombre, sustituida por una expresión temerosa. Cuando habló, lo hizo bajando discretamente la voz. 
-Necesito más tiempo…
-Sabes tan bien como yo que no les gusta esperar. Y a mí tampoco.-Alargando el brazo, le cogió del cuello de la camisa, hablándole tan de cerca que podía sentir su temblor sobre su propia piel.-Volveré la semana que viene, y más te vale haber cumplido tu parte del trato. No me gustaría tener que matarte, ¿entiendes? 
Unos cuantos curiosos habían dirigido la vista hacia ellos, así que le soltó, casi haciendo que cayese contra el expositor de botellas de detrás de la barra por la inercia. Aquello le hizo sonreír por primera vez en la mañana. Era gracioso ver algo tan patético. 
Tiró unas monedas a la barra, marchándose por donde había venido. 
-Nos vemos la próxima semana-musitó entre dientes, sumergiéndose con un portazo en el bullicio de la hora punta.

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