jueves, 7 de mayo de 2015

Hojas secas.

La mirada perdida a veces mira algo.
Eso hago, nada más;
sólo las miro,
quieta, sin prisa.
El tiempo se agotará al mismo ritmo,
así que... ¿por qué no?
De todas formas,
como ellas,
ya estamos muriendo.

Susurran al viento,
cuentan esas historias que nunca importaron,
que no importarán a nadie,
pero que deben ser contadas.
Un susurro que me hace cerrar los ojos,
que provoca que se me escape un suspiro.
Probablemente un día los eche de menos.

Las ideas, buenas o malas, acaban doliendo;
por eso descubrí que lo mío no era el ingenio,
solo la autodestrucción.
Ver pasar las hojas caducas,
sentirme tan solo una de ellas,
sentirme parte de algo por una vez,
aunque sea en el fin de su existencia.
Me vendieron una vida demasiado complicada.
Sé que me vendieron una mentira,
pero eso ya no importa:
aunque pueda ser más sencilla,
no me quedan fuerzas para vivirla.

Y mi grito huye con el viento,
ese mismo que se llevó los susurros secretos
de mis cobrizas compañeras.
¿A qué estoy esperando?
Ojalá lo supiera,
aunque creo que espero en vano,
y no suelo equivocarme.
Ojalá hoy lo hiciera.
Ojalá un lugar al que volver
con más compañía que la de estos árboles,
que la de las hojas secas.
No fui así, alguna vez.
Ojalá nunca fuera.
Ojalá sólo no ser,
ojalá la inexistencia.
Ojalá ser sólo un árbol y ver caer mis hojas secas.
Porque, si así fuese,
sabría que, tarde o temprano,
volvería a tenerlas.

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