sábado, 12 de diciembre de 2015

El gatito comunista

Me llaman Stalin, no sé muy bien por qué. Creo que a mi dueño le pareció gracioso que yo, siendo un gato blanco y de tan suave pelaje, con cara de no haber roto nunca un plato, tuviese el nombre de uno de los grandes de la historia contemporánea. Quizá es por eso también que en mi collar hay una insignia con una hoz y un martillo y mi cajón de arena tiene una inscripción en la que dice “Revisionismo”.

Pero sea por lo que sea, yo no me quejo. Me parece un nombre bonito, y es un dueño muy majo, de vez en cuando me da leche y a veces me lleva a ver mundo y a sentir los vientos rojos de cambio en los bigotes cuando nos reunimos en el local de su partido, que no tengo muy claro ahora mismo si es legal o no, pero supongo que no, porque más de una vez nos ha tocado salir corriendo al oír llegar a la policía.

De hecho es muy probable que tenga que ver con el motivo por el cual esta mañana, al oír tocar a la puerta y llamarle por su nombre completo, mi dueño tragó saliva con temor. Menos mal que cuando abrió la puerta me tiré furioso a la cara de uno de esos tipos de uniforme y eso le dio tiempo a salir corriendo sin que el otro pudiese reaccionar.

Ahora estoy solo en el salón, esperando a que regrese, pero no sé cuándo lo hará. Espero que tenga suerte y que no se cruce con más tipos de uniforme, que mis uñas no son tan afiladas como para descuartizar a las malas personas. 

jueves, 12 de noviembre de 2015

Ingreso de un loco cualquiera.

12-11-15. 23:20. Servicio de Urgencias. Dra. IGB. 
INFORME DE INGRESO.  

Varón blanco no identificado, 25 años de edad. Camisa rota, zapatos desgastados, mirada vidriosa. 

Llegó en mi guardia a las 21:15 con un estado confusional leve, diciendo que estaba perdido. A la primera exploración neurológica se constató una franca dificultad para afirmar si estaba despierto o seguía dormido. Al parecer, según declaró, llevaba mucho tiempo así. 
Su voz era ronca, agotada, triste. 

El motivo de consulta fue una intoxicación etílica leve-moderada (pupilas dilatadas, aliento etílico, sueños dichos en voz alta con demasiada facilidad para no haberme visto nunca), aunque si soy sincera, no sé si la culpa de sus dolencias la tenía el alcohol o simplemente se lo había ido haciendo la vida. No es que hubiese muchos años de diferencia entre nosotros, pero era patente quién había salido más perjudicado.

Apariencia de gravedad, con palidez franca y ojeras en las que se perdía la cuenta de las noches sufridas. La exploración física demostró la existencia de un corazón roto tras soportar innumerables heridas de forma crónica. Suspiros frecuentes, pero su causa no parecía ser una dolencia física.

Se le remitió de forma urgente a la unidad de cirugía torácica. Recuerdo que me sonreía desde la camilla al ver mi preocupación y tenacidad, antes de que comenzase el sueño de la anestesia. 
"Doctora, yo ya estoy muerto, pero gracias por intentar encontrarme una salida".

La operación ha ido bien. Aunque dañado, ese corazón es fuerte, apenas ha necesitado de mi ayuda. Ahora esperamos a que despierte. Necesita descansar, pero creo que se recuperará pronto.
Quiero que lo haga. 
Porque no sé quien es, pero sé lo que es. 
Es otro como yo, un loco cualquiera, cansado de todo, de vagar de aquí para allá, de las decepciones, de las mentiras. Alguien fuerte, pero no tanto como le gustaría. 

Y también sé algo más: merece la oportunidad de cambiar de vida. 

domingo, 8 de noviembre de 2015

El astrólogo capaz

No entiendo por qué siempre tienen que venir a molestarme. De verdad. Vale, en parte es comprensible: estos escépticos modernos no respetan nada, ni siquiera el poder de los astros.
Soy el mejor astrólogo de Berlín, y es al mismo tiempo mi mayor motivo de mi orgullo y la causa de muchos quebraderos de cabeza.
Desde hace unos años no hay día que pase sin que mi casa se vea afectada por actos vandálicos, mi bandeja de correo repleta de ataques-infantiles y no tanto-a mi persona, y mis paseos vespertinos alterados por abucheos de algún berlinés que, sin lugar a dudas, sabe quién soy.

Y todo porque pensé que no podía ocultarle a la población la profecía que me dieron Aries y Capricornio, indicando que si no modificábamos nuestros actos los polos se derretirían y la vida sería imposible en este planeta. Desagradecidos.

Pero bueno, al menos tengo tomates gratis cuando no se rompen al chocar contra la fachada, y he empezado a construir una barca. 

jueves, 7 de mayo de 2015

Hojas secas.

La mirada perdida a veces mira algo.
Eso hago, nada más;
sólo las miro,
quieta, sin prisa.
El tiempo se agotará al mismo ritmo,
así que... ¿por qué no?
De todas formas,
como ellas,
ya estamos muriendo.

Susurran al viento,
cuentan esas historias que nunca importaron,
que no importarán a nadie,
pero que deben ser contadas.
Un susurro que me hace cerrar los ojos,
que provoca que se me escape un suspiro.
Probablemente un día los eche de menos.

Las ideas, buenas o malas, acaban doliendo;
por eso descubrí que lo mío no era el ingenio,
solo la autodestrucción.
Ver pasar las hojas caducas,
sentirme tan solo una de ellas,
sentirme parte de algo por una vez,
aunque sea en el fin de su existencia.
Me vendieron una vida demasiado complicada.
Sé que me vendieron una mentira,
pero eso ya no importa:
aunque pueda ser más sencilla,
no me quedan fuerzas para vivirla.

Y mi grito huye con el viento,
ese mismo que se llevó los susurros secretos
de mis cobrizas compañeras.
¿A qué estoy esperando?
Ojalá lo supiera,
aunque creo que espero en vano,
y no suelo equivocarme.
Ojalá hoy lo hiciera.
Ojalá un lugar al que volver
con más compañía que la de estos árboles,
que la de las hojas secas.
No fui así, alguna vez.
Ojalá nunca fuera.
Ojalá sólo no ser,
ojalá la inexistencia.
Ojalá ser sólo un árbol y ver caer mis hojas secas.
Porque, si así fuese,
sabría que, tarde o temprano,
volvería a tenerlas.

lunes, 20 de abril de 2015

Capítulo cuatro.

-¿Qué coño ha pasado ahí dentro, Storm?

Tony recuperaba el aliento en un callejón, cerca de los muelles. El alquitrán de sus pulmones le estaba pasando factura una vez más. Se planteó si sería buena idea dejar el hábito, pero aquel pensamiento como vino se fue. No había dejado de fumar al comenzar a compartir piso, y no lo haría ahora. Cada uno se mataba como quería; ésa era su idea.
-Casi gano un montón de pasta.-murmuró el muchacho con rabia, más para sí mismo que para otra persona.
-Pero serás imbécil.
Era algo bien sabido que en aquel antro de juego ilegal sólo ganaba quien le interesaba a la banca, y estaba bastante claro que a Storm no se lo iban a permitir. No obstante, algo le hizo ahorrarse el comentario. 
Seguramente vio un poco de aquella parte de sí mismo que habría preferido relegar completamente al olvido. 

-Se habrán quedado con tu cara-le recordó escuetamente.
Tras un momento de reflexión, Storm respondió, sólo con una leve duda en su tono. 
-Saben para quién trabajamos.
"Cómo puedes ser tan crío a veces, de verdad". Procuró que el enfado no se le notase demasiado al hablar. Mostrarse de hielo siempre era una buena estrategia.
-Eso te protege de la ira de Feng, pero no tengo muy claro con qué gente nos has buscado problemas.-se lo pensó mejor, añadiendo algo más.- Con un poco de suerte, ese gordo cabrón les habrá hablado del jefe. Empieza a rezar para que así sea, chaval.

Buscó en el bolsillo de su chaqueta el paquete de tabaco. Vacío. Maldijo por lo bajo, contrariado.
-Ah, y a ver si sabes cómo volver a casa desde aquí. Por supuesto, si hay que pillar transporte pagas tú, ya que tienes tan buena fortuna.
Storm hizo un gesto con la mano, restándole importancia. Se había ganado la pulla, no lo iba a negar. Pero tampoco se arrepentía de sus actos aquel día. Sólo había una cosa de la que no podía dejar de arrepentirse, y no habría ninguna otra. Jamás. 
El pequeño Gary ya tuvo suficiente con aquello, y por eso lo tenía en unas vacaciones indefinidas en las bases del hipocampo. 

La música electrónica rompió la densa atmósfera entre ambos. Tony tenía una extraña pasión por grupos de otro tiempo. Había escuchado el tema muchas veces debido a esto: una canción con aproximadamente 100 años y poco conocida, Keep Hope Alive. 
Pero eso no era lo importante, sino que Tony la usaba como tono de llamada. 

Escuchó a su compañero asentir y contestar con monosílabos. Tras un par de minutos, colgó el aparato y le miró.
-Tú. Espabila. Tenemos trabajo.
Aquello no le gustó.
-No acepto trabajos sin cobrar los anteriores.-dijo con un tono arrogante.
-Sí, chaval, lo que tú digas...-se rió con ganas.- ¿Crees que, justamente hoy, estás como para ponerte exquisito?
Escupió al suelo. 
"Maldita sea".
-Más vale que saquemos bastante dinero de éste, Tony, más vale.
Una pícara sonrisa se formó en los labios del italiano.
-Tranquilo. Las diosas siempre están de mi parte-dijo, dando unas palmadas sobre su chaqueta.-Pero si necesitamos una ayudita, siempre quedarán estos-añadió, crujiéndose los nudillos.

Storm sonrió. Sus ojos brillaban con entusiasmo y malicia. 
Qué bien le caía aquel tipo. Cada día mejor. 
Pensó que tal vez la suerte, al final, se pusiese de su lado antes de que llegase el día siguiente. 

Ingenuo. 

martes, 14 de abril de 2015

Capítulo tres

Reconocería esa voz en cualquier parte.
-Un día de estos te quedarás calvo, chaval.
-¿Cuántas veces tengo que decirte que no me llames así?-la sonrisa se le escapó, a pesar del tono irritado de su voz.
-Lo que tú digas, chaval. Bueno, me muero de hambre. Creo que con este hambre hasta podré soportar la bazofia china de Feng-le guiñó un ojo.-Vamos, que a tu edad deberías follar más.
-Tony, tío, que sabes que no es por eso. 
-Ajá. Ya. Claro. Vamos anda –le soltó una palmada en el hombro, riéndose visiblemente de él.

La fachada roja y dorada estaba ya bastante desgastada, y un gran grafitti ensuciaba la pared lateral con una frase fascista que nadie se había molestado en borrar: las palabras se las llevaba el viento, pero ante la más mínima amenaza, lamentarían haber nacido. Así funcionaban las cosas en aquel barrio. 
Abrieron las puertas de madera, que crujieron levemente. Apenas habían ocupadas un par de mesas, alejadas entre sí. Era un día flojo, y aquello se respiraba en la atmósfera del local, relajada, medio muerta. 
Se sentaron en la mesa que hacía esquina con la cocina. Siempre que podían se sentaban allí: tenían perfecta perspectiva de la puerta principal, de la trasera y de la zona de cocinas. Nunca era el momento para bajar la guardia. 
Nada más sentarse, Storm la vio, con el uniforme del local, negro y rojo, ajustado, de falda corta. Lan no tendría ni quince años, pero con la ropa y el maquillaje apropiados parecía toda una dama de compañía. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Menos mal que sentado era fácil disimular una erección. 

Quizá no fuera la muchacha más bonita que se había cruzado. De hecho, ahora que lo pensaba, estaba convencido de que no lo era. Pero tenía algo especial.
Quizá sólo fuese su sonrisa, amable, opaca, que le hacía desear saber qué ocultaba detrás, aunque estaba convencido de que él era el causante de la misma. Ah, el ego y la juventud, qué bien se llevaban.
-Por el amor de todas las diosas, queda con ella y haced el amor de una jodida vez-nada más decirlo, Tony comenzó a reír de su propio juego de palabras. 
Un leve rubor asomó en el pálido rostro de Storm. Sabía que podría hacerlo, pero… ¿era lo que deseaba realmente?
Quizá.

Levantó la mano cuando estuvo en su campo de visión para que ella se acercase a su mesa.
-Hola chicos. Hacía tiempo que no os veía-su voz era aguda pero agradable, y su sonrisa se hizo más amplia al tiempo que sacaba del delantal una diminuta libreta de bordes desgastados.- ¿Qué vais a tomar?
Pidieron algo sustancioso y barato del menú. Antes de que la jovencita se fuese, Tony la agarró del brazo. Aunque lo hizo con suavidad, ella no pudo evitar sobresaltarse.
-¿Cómo está tu tío?
Suspiró aliviada mientras contestaba desasiéndose educadamente del agarre del italiano.
-Oh, bien, está en el reservado, como de costumbre.-Mirando a su alrededor, se acercó y bajó la voz.- Hoy tenemos alguna cosilla interesante ahí detrás, pero, siendo sincera, no os lo recomiendo. Daban mala espina… no sé si me entendéis.
Storm asintió para que se relajase. Claro que darían mala espina. Exactamente como ellos, aunque la joven omitiese dicho detalle.
-Gracias preciosa, vete, tranquila.-dijo Tony, haciendo un gesto con la mano. 

Cuando se alejó lo suficiente, Storm comenzó a hablar.
-No estaría mal jugar un poco, ¿no crees?
-Ni hablar. Demasiado justo voy esta temporada como para apostar, especialmente con tipos que sean más chungos que yo.
-Estás viejo, Tony.
-Puede. La vejez tiene alguna que otra cosa buena, aparte de las canas-se pasó una mano por el pelo, sonriendo.- Me encantan estas canas. Son la prueba de que voy ganándole la partida a esta mierda de mundo.
Aquello le arrancó una carcajada.
-Serás vejestorio.
-O tú un niño, Storm, o tú un niño. Y, por cierto, veo a través de esa cabeza tuya, así que dos consejos: primero, cómprate unas gafas de sol; segundo, olvida lo que estás pensando hacer. 
-Oh, venga-bufó y sacudió la cabeza.-Ni que fueses mi padre. 
-No, no lo soy, pero como no pagues el alquiler no dudaré en volarte la sesera.-hizo un gesto con la mano.-Mientras duermes, unos cuantos tiros, pam, pam, pam. Dicho esto, ya tú mismo, chaval.
Storm iba a contestarle, pero Lan llegó con dos platos hasta arriba de comida, así que prefirió callar. 
La comida era más importante que su contestación, que podía esperar.

Acabó deprisa, y en cuanto lo hizo su mente volvió a la puerta entreabierta tras las cortinillas rojas y doradas. Tony lo miró con cara de pocos amigos.
-Recuerda la última vez. 
-Yo voy, tú haz lo que te dé la gana.
Dicho esto, apuró la cerveza oriental que tenía delante y se levantó. Al entrar en el reservado, sonidos y olores se incrementaron, sumergiéndolo en un ambiente muy diferente al anterior. Sonrió. Puede que la comida de Feng no fuese la más recomendable de aquella ciudad, pero, sin lugar a dudas, sus apuestas eran inmejorables. Echó un vistazo a las mesas donde se veía hombres jugar póker, ajedrez chino y mahjong. Las caras no le eran familiares. La mayoría al menos. Feng, sentado en la mesa más al fondo, le hizo una señal de reconocimiento con la mano, invitándole a acercarse.
Las palabras sobraban con el asiático rechoncho, al menos allí. Feng sabía lo que quería, así que le metió en la partida. Una vez lo hizo, el gesto amable inicial fue sustituido por su aspecto amenazador habitual. Así era el juego, así debía ser y así sería siempre. 

Tony jugueteaba con los palillos, ligeramente hastiado. Si no había tenido hijos nunca era por algo, y no tenía ganas de hacerse responsable de nadie. Anotó en su listado mental no volver a compartir piso con alguien a quien ni siquiera le crecía suficiente vello púbico.
Miró el reloj que colgaba de la pared. Casi eran las siete de la tarde, y en el restaurante sólo quedaban él y Lan, fregando unos vasos tras la barra. La muchacha tenía que estar deseando que se fuesen y, francamente, él también. Tenía ganas de descansar. En su trabajo, había aprendido que no debía desaprovechar los momentos muertos: podía suceder que después echases de menos no haber descansado cuando tuviste tiempo.
Mientras se planteaba si acercarse para decirle a Storm que se marchaba, un estruendo procedente del reservado inundó el restaurante. Lan, automáticamente, se escondió bajo la barra en posición fetal, como si ya hubiese vivido aquello más veces. Tony, por el contrario, se limitó a mirar desconcertado el sonido mientras se llevaba una mano al arma y buscaba cubierta. 
“Por qué siempre acabamos en problemas, joder”
Se preparó para desenfundar y apuntar, pero la persona que atravesó a toda velocidad aquella puerta era su compañero.
-¡Corre!
-¿Pero qué…?
-¡Tony, que corras, joder!
Menos mal que decidió hacerle caso sin esperar a las explicaciones, porque en caso contrario quizá no habrían tenido tanta suerte y los disparos que silbaron alrededor de sus cuerpos hubieran acabado en ellos. 

domingo, 11 de enero de 2015

Capítulo dos.

Dejó la escuela joven. Le habría gustado decir que fue una decisión basada en razones lógicas e inteligentes. No fue así.
A los diecisiete la mayoría de muchachos no están en sus cabales, y Gary no era una excepción.
Estuvo un año vagando sin hacer nada en particular por las calles, o pasando las horas muertas en su cuarto, sin un sueño, sin un objetivo imposible de esos que hacen rodar a las personas cuando todo lo demás falla. Su rostro expresaba la pasividad de quienes han muerto en vida... salvo por sus ojos. En ellos, aún estaba la fiereza de la tormenta.
Curiosamente, aquella tormenta no fue percibida por él, sino por Tony.
Sonrió. Diez meses habían pasado desde aquel extraño encuentro, y su vida no había vuelto a ser la misma.

-¿Cómo te llamas, niño? 
-No soy ningún niño-replicó con sequedad, sin prestar atención a lo intimidante de aquella figura-y mi nombre es algo que no te interesa en absoluto, ambos lo sabemos. 
Una ronca y sonora carcajada surgió de la garganta del desconocido, que le tendió la mano. 
-Yo soy Antonio, pero llámame Tony. Y sí, tienes razón. No me interesa tu nombre, sino tu persona, lo que puedes ofrecer. Me caes bien. Te llamaré Storm-dijo, mirándole a los ojos. 
Se encontró estrechando la mano de aquel tipo. La curiosidad, una curiosidad que llevaba mucho tiempo sin experimentar, le dominaba. Él carecía del filtro de locura que el resto de los mortales denominamos sentido común, aunque sería más correcto llamarlo miedo.
-Tengo algo que ofrecerte, Storm. Pero sé que aceptarás incluso antes de proponértelo.

Sacudió la cabeza, borrando las volutas de humo de los recuerdos que flotaban a su alrededor. Odiaba darle la razón a alguien que no fuese él mismo. Pero aquel desconocido, ahora su compañero de oficio, la había tenido, pues no dudó ni un instante al aceptar la oferta.
Maldito Tony. El italiano era un hombre taimado, escurridizo, egoísta. El reflejo de la inmoralidad de toda una época, un llamamiento a pasiones más propias de edades pasadas. Todo un ejemplo a seguir.

El trabajo que inicialmente le producía aprensión ahora era el motor de su día a día. Le gustaba lo que hacían. Ellos eran la representación de la justicia en la corrupta decadencia corrupta de su siglo: su propia justicia.
La única justicia posible.

Se alegraba de no vivir ya con su padre biológico. Estaba harto de su mirada vidriosa, con las pupilas puntiformes, pues siempre andaba colocado. Qué asco le daba la heroína. Pero no guardaba ni un sólo sentimiento de cariño hacia aquel que un día le dio la mitad de su material genético. Que se matase de sobredosis si quería. No sería el primer progenitor que se dejaba morir en manos de la droga.
Menos mal que no tenía hermanos... no soportaría tener que cuidar a alguien más a parte de sí mismo.
Llevaba compartiendo apartamento con Tony un par de meses. Sin duda, era una opción mejor.

El sonido del tono de su teléfono móvil sobre la estridencia de la ciudad lo sacó de sus pensamientos.
-Hablando del diablo-musitó antes de cogerlo. Tony estaba al otro lado de la línea.
-¿Has cumplido el trabajo?
-Por supuesto. Joe está acojonado. Tranquilo. Será todo lo ludópata que quieras, pero pagará. Vaya que si pagará.
-Me alegra oír eso. Cambiando de tema, ¿por dónde andas? Se me ha abierto el apetito.
-Por el centro, cerca de la estación de tren. Podríamos ir a comer al restaurante de Feng –sugirió- Hace mucho que no le vemos, y su comida siempre está deliciosa.
-Oh, venga, no me jodas. Sabes que estoy harto de la comida china –se oyó un bufido al otro lado del auricular. Sabía de sobra que el joven quería ir por la camarera vietnamita. Jóvenes y hormonas, qué combinación.- Mejor lo hablamos cuando llegue. Nos vemos en la estación dentro de veinte o treinta minutos.
El pitido del teléfono le indicó que había colgado sin tan siquiera despedirse. Era el estilo de su compañero. Mientras guardaba el teléfono, su estómago emitió un sonoro rugido. No se había dado cuenta de estar tan hambriento. Por otro lado, la intimidación siempre le daba algo de hambre.

Mientras se apoyaba contra un pilar a esperar se rio, y lo hizo en voz alta, ganándose algunas miradas de desaprobación con ello de las que ni fue consciente. Era gracioso que en menos de un año hubiese cambiado tanto. Antes sólo era un bravucón, un bueno para nada que vivía asustado de su propio mundo. Por suerte, se acabó.
Pasó los dedos por las puntas abiertas y enredadas de su larga melena, en una manifestación de impaciencia.
En ciertas ocasiones, Gary se preguntaba si echaba de menos a aquel muchacho que un día fue. Pero no era una de esas ocasiones.

miércoles, 7 de enero de 2015

Mefistófeles.

¿Qué cómo es mi alma dices?
Marchita, caduca, 
una sombra de una sombra.
Dicen que los ojos son las ventanas al alma,
y es verdad: 
la mía siempre se deja ver en la negrura de mis pupilas.
Las vetas carmesí no deben confundirte:
la sangre me mantiene vivo,
pero no con vida.

¿Qué cómo es mi alma?
¿Por qué me lo preguntas?
Hace tiempo que me convertí en demonio
y se supone que es algo de lo que carecemos.
Si es que acaso existe...
yo jamás las he visto.

Conozco tus preguntas aunque no las pronuncies.
¿Por qué eres tan cruel?
¿Por qué te ocultas tras una máscara?
¿Por qué no nos cuentas qué te pasa?
Y a todas ellas respondo a mi manera, 
lo que viene a ser, con otra pregunta.
¿Por qué...
¿Por qué no te mueres?

En esta tierra sobra tanta gente
y yo estoy tan harto
que, con una sola de mis maldiciones,
los eliminaría a todos de buen grado.
Tanto mártir a mi alrededor...
Cumpliré vuestro sueño de fuego eterno. 

No sé si tengo remedio
no sé si algún día dejaré de ser una sombra 
y volveré quien una vez fui,
no sé si mi vida está maldita o todo lo contrario.
Sólo sé que nada os debo 
y que gozaré de vuestra extinción.

No preguntes mi nombre;
no debes preguntar cosas que ya conoces.
Porque, en cierto modo, 
otro como yo también mora en tu interior, 
aunque no seas consciente del todo.
Soy la oscuridad, y como tal, no se me pone un nombre.
Porque ponerle nombre a algo es dejar de temerlo,
y a mí me temeréis siempre.

Aún me sorprendo de haber sido uno de los vuestros en otro tiempo.
Débiles. Mezquinos.
Escoria.
Y luego soy yo el demonio. 



sábado, 3 de enero de 2015

Luz de luciérnaga.

Sonríes.
La sonrisa ilumina el espacio.
Qué bien sienta el alivio.

A veces, le damos vueltas a todo,
tantas que nos llegamos a marear.
Qué innecesario.
Qué humano.

El ave gorjea,
se ríe por encima de nuestras cabezas.
Se ríe de la necedad ajena.
No te importa, pues ya acabó.
Ríes con ella:
el miedo dejó de tenerte presa.

Sí, ya sabes, ese miedo,
a perder algo que apenas estás descubriendo.
Ese miedo,
a no ser suficiente,
sólo por ser diferente.

Quieres gritarle al mundo tu alegría,
quieres que todos la sientan.
Quieres volar, lanzarte al vacío,
rozar con tus dedos la hierba
y remontar entonces el vuelo.

Aunque los prejuicios no son de tu agrado
han estado ahí, a cada paso,
frenándote, asegurándote rechazo,
sólo porque la mayoría
de gente normal lo haría.

Pero no.
Esta vez no.

Te lo mereces.
Te los mereces.
Y ellos también
te merecen.

La felicidad viene y va
pero nunca nos abandona;
no del todo.
El truco es buscarla,
o quizá sólo invocarla
pero sin perseguirla.
Como al rastro en la hierba.
Como a las luciérnagas.