El pequeño roedor daba vueltas, distraído, en su rueda.
No había nada que pensar, nada que temer, nada de lo que preocuparse. Sólo estaban la rueda y él, y el tiempo. Y daba vueltas, vueltas y más vueltas.
No se percató del sonido que auguraba el desastre hasta que fue demasiado tarde y la rueda -su rueda, su motivo para seguir, el eje de la jaula en la que vivía- se salió de su lugar y cayó, aplastándole la patita y quedando en posición horizontal.
Si hubo alguna vez una expresión que recogiera toda la pena del mundo, fue la que reflejaba la cara del ratoncito.
Apenas era consciente del dolor de la patita, porque la desolación de haber roto su rueda era mucho más fuerte, ocupaba todos sus pensamientos ratoniles.
¿Qué iba a hacer a partir de ahora? ¿Cómo iba a poder vivir sin su rueda? ¿Cómo?
Pensó, frustrado, en alguna forma de repararla. Pero era un ratón con una mente muy clara, cosa rara en humanos aunque más habitual en ratones, y se dio cuenta muy pronto de que era inútil. Era demasiado pequeño para poder colocar de nuevo la rueda en su sitio. Ni siquiera tenía la capacidad de sacar su patita de debajo de ésta... Y ya se estaba empezando a amoratar.
Lo que no sabía era que si quería podría salir de allí abajo con un pequeño esfuerzo y salir de la jaula, cuya pared se había roto al caer la rueda dejando un huequecito del tamaño suficiente para él.
No lo sabía porque el orificio había quedado en un ángulo que no era visible desde la posición en la que estaba.
Y el pequeño roedor, desolado, tomó la peor decisión que podía tomar... Se rindió. Desde una profunda parte de su mente surgió una mancha oscura dispuesta a nublarle el juicio y hundirlo en la miseria. Porque somos nosotros mismos, y nadie más, los causantes de nuestras peores pesadillas.
"¿Qué pasaría si lo intentas?
¿Acaso tienes algo mejor que hacer?
No me puedo creer que vayas a coger la opción fácil y cobarde de rendirte sin tan siquiera intentar cambiar la situación. Tú no eres así".
Era una vocecita desde su cabeza la que le hablaba. No era capaz de ver que llevaba razón, que tenía que luchar, que no todo estaba perdido si actuaba a tiempo.
Pero al menos le hizo volver a pensar por un breve instante.
Y en ese preciso instante utilizó toda su fuerza ratoniana para liberar su patita de la enorme rueda que la apresaba.
Estiró, estiró, estiró... y cuando ya estaba agotado... la patita comenzó a resbalar con su sudor... y de repente, quedó libre.
Magullado, agotado, pero libre.
Libre para empezar a buscar otros motivos para existir que no fueran esa rueda, ya inservible.
Libre para saltar por el agujero.
Libre para ser todo lo que podía ser, para hacer todo lo que en su vida de roedor podría hacer si no le faltaban las fuerzas para intentarlo.
domingo, 23 de diciembre de 2012
lunes, 3 de diciembre de 2012
Un momento de silencio
Voces.
Voces que gritan, que ríen, que no callan.
Voces que te rodean.
Voces que dicen cosas que no entiendes.
Voces que no hablan contigo, que sólo hacen ruido.
Un ruido tan familiar que a veces ni eres consciente de él: murmullo continuo que evita que escuches la locura vertiginosa de tus pensamientos.
Silencio.
De repente, silencio.
Voces que callan.
Todas.
¿Todas?
No.
La tuya no calla.
Grita en tu cabeza, que parece a punto de estallar.
Te pones música a todo volumen para no oírla, para aislarte en tu ruido, en tus sonidos familiares, esos sonidos que te reconfortan.
Pero llega un momento en el que acaba.
Un momento de silencio.
Todos los días tenemos un momento de silencio.
Y es en ese momento en el que aceptamos y calmamos nuestra voz…
O nuestra voz nos enloquece, deprime y asfixia.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Fortaleza
Esa canción, otra vez esa maldita canción sonaba en sus oídos, no desaparecía. Y ella, con ojos llorosos, resistiéndose a llorar, ocultaba su cara bajo la capucha echada de su sudadera verde aguamarina.
Sí, la sudadera unas tres tallas grande, era poco femenina y hacía que pareciera un bicho raro. Pero en esa sudadera intentaba ocultarse del mundo para que la tristeza no la encontrara.
Sus intentos habían sido inútiles.
La tristeza se aproximaba poco a poco, despacio pero constantemente. La notaba aproximarse, podía sentir ese punzante dolor en el pecho.
Unas formas sinuosas y serpenteantes la seguían. Puede que fueran imaginaciones suyas, que esas cosas no existieran en realidad.
Pero que tu razón no acepte la realidad no quiere decir que no sea real.
Ya lo creo que era real.
La tristeza iba a por ella.
Le gustaba, siempre le ha gustado acechar a la espera de corazones sensibles y con amor para todo el mundo.
Disfruta apagando su color a base de lágrimas de pena, frustración y dolor.
Así es ella.
Pero Luna conseguía escapar, al final siempre secaba sus lágrimas y con el calor de su sonrisa volvía a tener fuerza para seguir. Era un ser mágico, al fin y al cabo.
No se acababa con ella tan fácilmente.
La tristeza siempre ha sido una mala perdedora. Nunca acepta una derrota.
Cada vez iba con más fuerza hacia ella. Deseaba conquistar su alma, que no quedara ni una pizca de alegría en su ser.
Esta vez había una diferencia.
La tristeza iba ganando.
Luna se desplomó en el suelo de asfalto de la calle, sucio y húmedo por el rocío nocturno. No se le veían los ojos, pero sí las mejillas bañadas por las lágrimas. Temblaba, temblaba sin poder parar.
Se abrazó las rodillas con las manos, en un intento de sentirse más segura.
Lo único que consiguió fue llorar de dolor... Se había raspado las manos con el asfalto al caer. Y estaban enrojecidas, dolían y escocían.
Le daba igual. Dolor físico, eso no era nada en comparación con el otro dolor, ese dolor profundo que pasa desapercibido desde el exterior.
Las formas oscuras se acercaban, llevando consigo el frío.
No era el frío agradable que despejaba su mente en los malos momentos.
Era el frío de la falta de amor, de la ausencia de alegría, de la inexistencia de felicidad.
La parte real de Luna que quedaba se reveló.
"No va a acabar así. No. No pondrás las cosas en bandeja a la puta tristeza. NO, NO Y NO".
Un fugaz resplandor iluminó el rostro de Luna. Demasiado fugaz como para hacerla levantarse. Pero volvía a sentirse un poco capaz de vencer.
No era la más fuerte del mundo. Pero sólo perdería la lucha cuando lo diera todo por perdido.
-No vas a poder si te empeñas en hacerlo sola, ¿sabes?
Levantó la cabeza, aturdida. El ambiente había cambiado. Ya no sentía ese frío creciendo a su alrededor e introduciéndose en su pecho.
Un chico le sonreía dulcemente. Sus ojos marrones mostraban algo que a Luna le resultaba familiar. Muy familiar. Algo que veía, al menos antes veía, todos los días al mirarse al espejo.
Era amor.
Sus ojos transmitían ese amor sencillo y puro que siempre había estado en los de ella.
Él le tendió la mano.
-Levanta, apóyate en mí ahora que no tienes fuerzas y levántate de nuevo.
Sin saber lo que decir, cogió su mano, reprimiendo una mueca de dolor cuando su mano herida tocó la de él.
Pero el chico lo notó.
-No te reprimas. Te duele. Exprésalo, no lo dejes adentro, porque lo que necesita salir te destruye por dentro si no lo sacas afuera. Yo estoy aquí y no me voy a ninguna parte. Estoy aquí para escucharte.
La abrazó mientras lloraba y le contaba lo que la atormentaba. La siguió abrazando mientras caminaban y ella sonreía.
La tristeza se había marchado.
Miró de reojo al chico, sonrió y lo abrazó con fuerza.
"Sé que no soy fuerte, nunca lo he sido. Pero no lo necesito. La gente como tú es mi fuerza".
Cuando la tristeza volviera, estaría preparada. Aunque no fuera suya, tenía la fortaleza necesaria para seguir luchando, con una sonrisa en el rostro y amor en la mirada.
Sí, la sudadera unas tres tallas grande, era poco femenina y hacía que pareciera un bicho raro. Pero en esa sudadera intentaba ocultarse del mundo para que la tristeza no la encontrara.
Sus intentos habían sido inútiles.
La tristeza se aproximaba poco a poco, despacio pero constantemente. La notaba aproximarse, podía sentir ese punzante dolor en el pecho.
Unas formas sinuosas y serpenteantes la seguían. Puede que fueran imaginaciones suyas, que esas cosas no existieran en realidad.
Pero que tu razón no acepte la realidad no quiere decir que no sea real.
Ya lo creo que era real.
La tristeza iba a por ella.
Le gustaba, siempre le ha gustado acechar a la espera de corazones sensibles y con amor para todo el mundo.
Disfruta apagando su color a base de lágrimas de pena, frustración y dolor.
Así es ella.
Pero Luna conseguía escapar, al final siempre secaba sus lágrimas y con el calor de su sonrisa volvía a tener fuerza para seguir. Era un ser mágico, al fin y al cabo.
No se acababa con ella tan fácilmente.
La tristeza siempre ha sido una mala perdedora. Nunca acepta una derrota.
Cada vez iba con más fuerza hacia ella. Deseaba conquistar su alma, que no quedara ni una pizca de alegría en su ser.
Esta vez había una diferencia.
La tristeza iba ganando.
Luna se desplomó en el suelo de asfalto de la calle, sucio y húmedo por el rocío nocturno. No se le veían los ojos, pero sí las mejillas bañadas por las lágrimas. Temblaba, temblaba sin poder parar.
Se abrazó las rodillas con las manos, en un intento de sentirse más segura.
Lo único que consiguió fue llorar de dolor... Se había raspado las manos con el asfalto al caer. Y estaban enrojecidas, dolían y escocían.
Le daba igual. Dolor físico, eso no era nada en comparación con el otro dolor, ese dolor profundo que pasa desapercibido desde el exterior.
Las formas oscuras se acercaban, llevando consigo el frío.
No era el frío agradable que despejaba su mente en los malos momentos.
Era el frío de la falta de amor, de la ausencia de alegría, de la inexistencia de felicidad.
La parte real de Luna que quedaba se reveló.
"No va a acabar así. No. No pondrás las cosas en bandeja a la puta tristeza. NO, NO Y NO".
Un fugaz resplandor iluminó el rostro de Luna. Demasiado fugaz como para hacerla levantarse. Pero volvía a sentirse un poco capaz de vencer.
No era la más fuerte del mundo. Pero sólo perdería la lucha cuando lo diera todo por perdido.
-No vas a poder si te empeñas en hacerlo sola, ¿sabes?
Levantó la cabeza, aturdida. El ambiente había cambiado. Ya no sentía ese frío creciendo a su alrededor e introduciéndose en su pecho.
Un chico le sonreía dulcemente. Sus ojos marrones mostraban algo que a Luna le resultaba familiar. Muy familiar. Algo que veía, al menos antes veía, todos los días al mirarse al espejo.
Era amor.
Sus ojos transmitían ese amor sencillo y puro que siempre había estado en los de ella.
Él le tendió la mano.
-Levanta, apóyate en mí ahora que no tienes fuerzas y levántate de nuevo.
Sin saber lo que decir, cogió su mano, reprimiendo una mueca de dolor cuando su mano herida tocó la de él.
Pero el chico lo notó.
-No te reprimas. Te duele. Exprésalo, no lo dejes adentro, porque lo que necesita salir te destruye por dentro si no lo sacas afuera. Yo estoy aquí y no me voy a ninguna parte. Estoy aquí para escucharte.
La abrazó mientras lloraba y le contaba lo que la atormentaba. La siguió abrazando mientras caminaban y ella sonreía.
La tristeza se había marchado.
Miró de reojo al chico, sonrió y lo abrazó con fuerza.
"Sé que no soy fuerte, nunca lo he sido. Pero no lo necesito. La gente como tú es mi fuerza".
Cuando la tristeza volviera, estaría preparada. Aunque no fuera suya, tenía la fortaleza necesaria para seguir luchando, con una sonrisa en el rostro y amor en la mirada.
domingo, 21 de octubre de 2012
El secreto de los árboles
Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que los seres humanos no se consideraban los amos y señores del universo, y trataban como iguales a los peces, a los pájaros, a los majestuosos leones y las delicadas mariposas. Incluso a los árboles.
Pero esto último no es del todo cierto...
Respetaban a los árboles porque los consideraban más importantes que ellos mismos.
Y los árboles eran sus consejeros. Acudían a ellos para pedirlees ayuda, y ellos respondían.
Sí, los árboles hablaban, porque no tenían motivos para no hacerlo.
Pero no todos los árboles era iguales, no lo son ahora y nunca lo han sido. Los pinos eran humildes; los robles infundían respeto; los cipreses, tristes; los sauces, gráciles; las encinas, sencillas y perseverantes. No quiere decir que cada árbol fuera sólo de una forma, solamente que su principal virtud (porque todas, lo parezcan o no, son virtudes) era ésa en concreto.
Una niña morena paseaba un día entre los árboles. Ella estaba triste, y los árboles lo notaban y se sentían tristes, como ella. Agachaban las ramas, intentando abrazarla, darle consuelo. Pero ella parecía no percatarse de lo que sucedía a su alrededor, y siguió caminando sin molestarse en retirar las lágrimas que bañaban sus mejillas.
Cada vez había menos árboles: se acercaba a una zona peligrosa, pues si no crecen los árboles en un lugar es por un buen motivo, dado que son unos seres muy sabios.
La niña pasó junto a un roble y éste se percató de lo que ella pretendía.
- Pequeña, no lo hagas. ¿No ves lo absurdo que es? Piénsalo, por favor, piénsalo. Las cosas no deben acabar así.
- ¿Qué sabrás tú, roble? Tú lo tienes todo más fácil. Naciste con tus raíces. Creciste aquí, tienes tu lugar, ves el paso del tiempo sin tener que intervenir. Para mí las cosas no son así.-Las palabras se anudaron en su garganta. Pero pudo acabar.- No puedo seguir.
Siguió caminando, y un rosal le gritó:
- Preciosa, por favor, quédate conmigo. Sonríe, toma una de mis rosas.
- Tienen espinas, y las espinas hacen daño. Bastante dolor tengo ya.
- Claro que tienen espinas, pero eso no afecta a su belleza. Una rosa sigue siendo bonita y fragante a pesar de sus espinas. Es como la vida. La vida puede darte dolor pero no sólo es dolor. Busca la belleza y sonríe.
Sacudió la cabeza mirando al suelo cubierto de hojas.
- Lo intenté, rosal, lo intenté una y otra vez. Pero estoy cansada de intentarlo. ¿Para qué continuar? No tengo ningún motivo.
Echó a correr, porque los árboles le decían miles de palabras de consuelo, consejos, la hacían dudar de su determinación.
Con lágrimas en los ojos, llegó al borde del precipicio. Sonrió. Por fin iba a acabar con todo. Tomó aire y, con paso firme, caminó hasta el borde más externo, hasta que sus pies pisaron el aire y su cuerpo se precipitó al abismo.
Caía, caía, caía.
Notó un tirón y su caída paró de repente. Abrió los ojos.
Su cuerpo estaba atrapado en una enredadera, una sencilla y frágil enredadera que había echado raíces en la pared del precipicio.
La niña rompió a llorar, frustrada, y dejó caer las manos.
- ¿Por qué?¿Por qué lo has hecho? ¿Para qué me has salvado?
La pequeña enredadera dijo con su voz suave y pausada:
- Porque no debía ser así. Las cosas pueden irte mal, pero eres más fuerte de lo que crees. Parezco a punto de desprenderme, pero sin embargo mis raíces son fuertes. Y tú también eres así. Vuelve a casa, pequeña, y recuerda siempre mis palabras.
Dicho esto, elevó sus ramas y la depositó, sana y salva, en el borde del precipicio.
Cuenta la leyenda que esa niña iba todos los días al borde del precipicio a hablar con la enredadera, y ésta le dijo las palabras precisas que la hicieron seguir adelante con una sonrisa por bandera.
La niña se hizo mujer, formó una familia y fue feliz con su vida.
Todos sabemos que los árboles no hablan.
No lo hacen porque los hombres dejaron de escucharlos, así que nada tenían que decirles.
Pero unos pocos descubren con sorpresa el secreto de los árboles. Estos pocos ven cosas que otros dejarás pasar de largo, ciegos a ellas.
Nos limitamos a considerarnos superiores y creer que todo lo que decimos es la única verdad. Ya no escuchamos. Ya no vemos que no existe una única verdad.
Por suerte, los árboles no nos olvidan, y siguen esperando nuestras palabras.
- Mamá, ¿por qué me cuentas todo esto?
- Porque cariño, tú eres una de esas privilegiadas. Como yo, como tu abuela. Como aquella niña pequeña.
Pero esto último no es del todo cierto...
Respetaban a los árboles porque los consideraban más importantes que ellos mismos.
Y los árboles eran sus consejeros. Acudían a ellos para pedirlees ayuda, y ellos respondían.
Sí, los árboles hablaban, porque no tenían motivos para no hacerlo.
Pero no todos los árboles era iguales, no lo son ahora y nunca lo han sido. Los pinos eran humildes; los robles infundían respeto; los cipreses, tristes; los sauces, gráciles; las encinas, sencillas y perseverantes. No quiere decir que cada árbol fuera sólo de una forma, solamente que su principal virtud (porque todas, lo parezcan o no, son virtudes) era ésa en concreto.
Una niña morena paseaba un día entre los árboles. Ella estaba triste, y los árboles lo notaban y se sentían tristes, como ella. Agachaban las ramas, intentando abrazarla, darle consuelo. Pero ella parecía no percatarse de lo que sucedía a su alrededor, y siguió caminando sin molestarse en retirar las lágrimas que bañaban sus mejillas.
Cada vez había menos árboles: se acercaba a una zona peligrosa, pues si no crecen los árboles en un lugar es por un buen motivo, dado que son unos seres muy sabios.
La niña pasó junto a un roble y éste se percató de lo que ella pretendía.
- Pequeña, no lo hagas. ¿No ves lo absurdo que es? Piénsalo, por favor, piénsalo. Las cosas no deben acabar así.
- ¿Qué sabrás tú, roble? Tú lo tienes todo más fácil. Naciste con tus raíces. Creciste aquí, tienes tu lugar, ves el paso del tiempo sin tener que intervenir. Para mí las cosas no son así.-Las palabras se anudaron en su garganta. Pero pudo acabar.- No puedo seguir.
Siguió caminando, y un rosal le gritó:
- Preciosa, por favor, quédate conmigo. Sonríe, toma una de mis rosas.
- Tienen espinas, y las espinas hacen daño. Bastante dolor tengo ya.
- Claro que tienen espinas, pero eso no afecta a su belleza. Una rosa sigue siendo bonita y fragante a pesar de sus espinas. Es como la vida. La vida puede darte dolor pero no sólo es dolor. Busca la belleza y sonríe.
Sacudió la cabeza mirando al suelo cubierto de hojas.
- Lo intenté, rosal, lo intenté una y otra vez. Pero estoy cansada de intentarlo. ¿Para qué continuar? No tengo ningún motivo.
Echó a correr, porque los árboles le decían miles de palabras de consuelo, consejos, la hacían dudar de su determinación.
Con lágrimas en los ojos, llegó al borde del precipicio. Sonrió. Por fin iba a acabar con todo. Tomó aire y, con paso firme, caminó hasta el borde más externo, hasta que sus pies pisaron el aire y su cuerpo se precipitó al abismo.
Caía, caía, caía.
Notó un tirón y su caída paró de repente. Abrió los ojos.
Su cuerpo estaba atrapado en una enredadera, una sencilla y frágil enredadera que había echado raíces en la pared del precipicio.
La niña rompió a llorar, frustrada, y dejó caer las manos.
- ¿Por qué?¿Por qué lo has hecho? ¿Para qué me has salvado?
La pequeña enredadera dijo con su voz suave y pausada:
- Porque no debía ser así. Las cosas pueden irte mal, pero eres más fuerte de lo que crees. Parezco a punto de desprenderme, pero sin embargo mis raíces son fuertes. Y tú también eres así. Vuelve a casa, pequeña, y recuerda siempre mis palabras.
Dicho esto, elevó sus ramas y la depositó, sana y salva, en el borde del precipicio.
Cuenta la leyenda que esa niña iba todos los días al borde del precipicio a hablar con la enredadera, y ésta le dijo las palabras precisas que la hicieron seguir adelante con una sonrisa por bandera.
La niña se hizo mujer, formó una familia y fue feliz con su vida.
Todos sabemos que los árboles no hablan.
No lo hacen porque los hombres dejaron de escucharlos, así que nada tenían que decirles.
Pero unos pocos descubren con sorpresa el secreto de los árboles. Estos pocos ven cosas que otros dejarás pasar de largo, ciegos a ellas.
Nos limitamos a considerarnos superiores y creer que todo lo que decimos es la única verdad. Ya no escuchamos. Ya no vemos que no existe una única verdad.
Por suerte, los árboles no nos olvidan, y siguen esperando nuestras palabras.
...
- Porque cariño, tú eres una de esas privilegiadas. Como yo, como tu abuela. Como aquella niña pequeña.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Héroes
Luna sonrió mirando al horizonte. Estaba tranquila, sola junto a su árbol favorito del cauce seco del río. Se estaba haciendo de día, pero el amanecer es una de esas cosas que la gente nunca tiene tiempo de apreciar (o ganas, depende). Pero a ella le encantaba.
Una sombra salió de las ramas bajas del árbol directa a ella. Un gatito atigrado, de ojos grises, acababa de despertarse y soltó un maullidito acercándose a Luna. No era un gatito fuera de lo corriente, pero le hizo sonreír. Porque lo que aparentemente no es especial resulta serlo. Acercó distraída su mano al animal, que dejó que le tocara la cabeza. Algo le había gustado de Luna, por suerte.
-Buenos días, pequeño-dijo Luna.-Me alegro de que hayas aparecido, así me harás compañía un ratito, ¿verdad?
Siguió mirando al horizonte. Y sin previo aviso una figura extraña cruzó el cielo. Enfocando la vista, se dio cuenta de que era una forma humana. Sonrió, estupefacta.
-Mira, es un superhéroe, como esos que salen en los cómics… Qué curioso. Así que regresan a casa cuando nadie podría observarlos… En cierto modo los entiendo. –Pasó la mano por el lomo del gatito.- Debe ser duro dedicar tu vida a ayudar a los demás y que todos te conozcan, que todos sepan quién eres.
Luna se estiró y tomó aire profundamente. Aquella noche no había sido la más agradable de su vida, pero el día estaba empezando bien.
-Te contaré un secreto, pero es un secreto. No se lo dirás a nadie, ¿verdad?
El felino puso las orejas tiesas y la miró. Parecía entenderla. Una fugaz sonrisa pasó por el rostro de la joven antes de continuar hablando.
>>Conocí a un superhéroe hace poco. No llevaba capa ni antifaz, de hecho, era de lo más corriente, como nosotros, pequeño. Lo confundí con alguien como yo, con un alma perdida a la que tal vez podría acompañar y ayudar a encontrarse. Pero anoche descubrí lo que era realmente. ¿Por qué? Porque en cierto modo me salvó. Nunca he visto un héroe de esos que tanto habitan en libros, cómics y películas. Pero seguro que este héroe con apariencia humana no tiene nada que envidiarles.
>>Los héroes existen. Por suerte.
Y Luna se levantó sonriendo a regresar al mundo real, al mundo rutinario en el que la belleza no era valorada salvo por unos pocos.
No todos los superhéroes se ponen un disfraz y salvan al mundo de catástrofes a gran escala, haciendo gala de unos espectaculares superpoderes. Tampoco tienen todos un nombre fácil de recordar y corear con júbilo.
Bajo la dulce sombra del anonimato se esconden los mayores superhéroes.
Puede que no maten monstruos y no acaben con supervillanos psicópatas. Pero salvan vidas. Aparecen cuando los necesitas, dispuestos a todo por salvarte, tanto físicamente como a un nivel más profundo.
Sí, los hay que salvan tu alma, y esos son los que más cuesta distinguir.
Los héroes anónimos de lo invisible.
La mayoría de veces tan invisibles que ni ellos mismos ven lo que son.
No todos los ángeles –porque para mí estos héroes son ángeles- carecen de cuerpo. Por suerte, los hay entre nosotros. Porque por muy bien que estemos, por muy fuertes que nos consideremos, todos necesitamos ser salvados de vez en cuando.
Esto es sencillamente un agradecimiento a todos esos bellos seres que han invertido algo de su valioso tiempo en salvarme, en ser mis héroes. Aunque sólo haya sido salvarme de una pequeña caída, de pasar una noche acosada por mis sentimientos o de ese monstruo que habita en mi interior y que a veces se descontrola y sólo se dedica a destruir –a los demás y a mí misma.
En serio, no sé qué os lleva a hacerlo, pero estáis a mi alrededor, a donde quiera que mire, os da igual la distancia… En Lorca, en León o en la puerta de al lado de mi habitación…
A todos vosotros va este mensaje.
Gracias. Os quiero. De verdad.
Os abrazaría si pudiera, si me dejáis hacerlo en algún momento.
Pero no será suficiente. No sé si os podré devolver lo que me habéis dado, porque yo no soy como vosotros.
Yo no soy una heroína.
Pero os quiero, y no creo que el amor sea una fuerza poco poderosa. Vosotros la aprovecháis mejor que yo, cierto. Pero bueno, yo no sé casi nada.
Aunque una cosa sí que sé: me hacéis sentir bien, mejor persona de lo que soy, reconfortada. Me hacéis más feliz.
Y nunca os lo agradeceré lo suficiente.
Una vez más… Gracias.
♥
lunes, 1 de octubre de 2012
Oscuridad
Hoy las tinieblas se apoderan de la noche. No hay estrellas. No hay luna. Solo un negro cielo sobre mi cabeza. El viento viene frío, muy frío, juega con mi pelo y me produce un escalofrío al pasar por mi nuca.
Nadie me hace compañía. Veo casas con las luces apagadas, comercios con persianas echadas. Un perro callejero aparece, me huele los zapatos y sigue su camino. Tampoco a él le importa mi presencia.
Recorro las calles, no me preocupo, sonrío al viento mientras canto; al principio a susurros, luego a toda voz. Porque en momentos así, cuando el mundo duerme, encuentro mi lugar en él. Noto que formo parte, noto que mi cuerpo no acaba en la punta de mis dedos sino que se extiende a cada hoja, a cada ráfaga de viento, a las gotas de los charcos que aún empapan las aceras.
Por eso sonrío mientras camino. La oscuridad no me asusta, es mi amiga, nos apoyamos mutuamente. Pobre oscuridad, tan desconocida y temida por el mundo que ahora duerme. Sólo unos pocos sabemos entenderla y amarla como se merece. Porque es tan digna de cariño como el sol, aunque casi nadie se dé cuenta de ello.
Le sonrío a mi amiga y sigo caminando. Canto y bailo ligeramente, pero sin perturbar su belleza con mis poco ortodoxos pasos. Le cuento mis penas y mis alegrías. Dejo que me abrace cuando no puedo más y que seque mis lágrimas con su viento o las camufle con las gotas del rocío. Y soy yo, yo misma, porque de nada serviría ocultarle a ella cómo soy. Ella lo sabe, porque me conoce desde la primera vez que salí a su encuentro, una niña pequeña que aún no la entendía y le tenía miedo por las historias que le contaban sus mayores, una niña curiosa que ni entonces era capaz de creer algo que no hubiera sido capaz de comprobar, una niña que encontró la luz en la oscuridad.
Noto una luz sobre mi cabeza. Miro hacia arriba y no puedo evitar sonreír. El viento ha movido las nubes dejando al descubierto por unos instantes la luna llena de esta última noche de septiembre. Como siempre, nada es como lo pintan, y si buscas una lucecita la vas a encontrar siempre.
Y no se me ocurre una más bella que la que mi amiga acaba de mostrarme para que me haga compañía de camino a casa.
miércoles, 29 de agosto de 2012
Gummy bears (hug)
Todas las veces que veo ositos de gominola, todas, me acuerdo irremediablemente de mi angelito.
Me acuerdo del día en que decidí agregarlo al Skype después de una eternidad siguiéndolo. Me acuerdo de cuando me puse de acuerdo con Alberto para mandarle un bonito regalo de cumpleaños. Me acuerdo del día en que me planté yo sola, a punto de enviar el regalo, en la tienda de chucherías de mi pueblo.
Sí, me acuerdo de estar parada frente a todas esas deliciosas chuches, pensando en cuál sería lo bastante dulce para él. Ninguna lo era suficiente... Hasta que vi esa bolsa de ositos de gominola. Parecía que me estaban esperando.
Porque cuando pienso en ositos me viene a la cabeza algo adorable, cariñoso, dulce, con corazón muy grande y una capacidad de amar tremenda. Además, y esto es culpa de mi tremenda adicción a hablar, chatear y todo eso, no puedo evitar pensar en el emoticono que más me gusta de Skype. Sí, os hablo del " (hug) " que es un osito mandando un abrazo.
Me acuerdo de que lo puse en una bolsita granate a juego con el resto del regalo. Y me acuerdo de la ilusión con la que mandé el paquete.
Además, le dije en voz baja a esa cajita verde antes de dejarla en Correos: "No me falles pequeña, tu misión es muy importante, tienes que llegar a tu destino". Debí de ser muy amable, pues llegó antes de lo imaginado por ninguno de los tres implicados.
Y a día de hoy, también podré recordar con todo esto el hecho de que lo consideres lo mejor que te ha pasado en todo el verano, chiquitín.
Pero como vuelvas a llorar por algo así tendré que ir a secarte las lágrimas y a hacer el payaso un rato para que te rías de mí, ¿entendido?
(hug)
Me acuerdo del día en que decidí agregarlo al Skype después de una eternidad siguiéndolo. Me acuerdo de cuando me puse de acuerdo con Alberto para mandarle un bonito regalo de cumpleaños. Me acuerdo del día en que me planté yo sola, a punto de enviar el regalo, en la tienda de chucherías de mi pueblo.
Sí, me acuerdo de estar parada frente a todas esas deliciosas chuches, pensando en cuál sería lo bastante dulce para él. Ninguna lo era suficiente... Hasta que vi esa bolsa de ositos de gominola. Parecía que me estaban esperando.
Porque cuando pienso en ositos me viene a la cabeza algo adorable, cariñoso, dulce, con corazón muy grande y una capacidad de amar tremenda. Además, y esto es culpa de mi tremenda adicción a hablar, chatear y todo eso, no puedo evitar pensar en el emoticono que más me gusta de Skype. Sí, os hablo del " (hug) " que es un osito mandando un abrazo.
Me acuerdo de que lo puse en una bolsita granate a juego con el resto del regalo. Y me acuerdo de la ilusión con la que mandé el paquete.
Además, le dije en voz baja a esa cajita verde antes de dejarla en Correos: "No me falles pequeña, tu misión es muy importante, tienes que llegar a tu destino". Debí de ser muy amable, pues llegó antes de lo imaginado por ninguno de los tres implicados.
Y a día de hoy, también podré recordar con todo esto el hecho de que lo consideres lo mejor que te ha pasado en todo el verano, chiquitín.
Pero como vuelvas a llorar por algo así tendré que ir a secarte las lágrimas y a hacer el payaso un rato para que te rías de mí, ¿entendido?
(hug)
lunes, 13 de agosto de 2012
Estrellas fugaces
No pude pedir mis deseos a las estrellas fugaces el sábado. Entre las nubes y la desconfianza de mi madre no me fue posible.
Pero, ¿sabéis qué? Alguien muy especial lo ha hecho por mí.
Y me parece un detallazo muy pero que muy bonito y digno de un abrazo gigantesco... Porque sí, porque soy su abrazadora número uno y porque es un encanto.
Lo único es que me cabrea que no me diga los deseos que ha pedido para mí. Estoy enfurrunchada, jum. Pero no es gran cosa, se me pasará pronto. :)
Puede que yo hubiera pedido a las estrellas que un chico estupendo me quisiera, o que mi madre me dejara de guardar todo ese rencor injustificado. O ser guapa y no estar tan gorda, por muy superficial que suene (no creo que lo hubiera pedido, pero es posible).
Pero nunca habría pedido algo tan grande como lo que ya tengo.
¿Qué es eso que tengo sin merecerlo? A personas como este encanto en mi vida. Hay tantas que me dan ganas de comprar un paquete de 500 folios para escribir sus nombres y decirles todas esas cosas por las que les agradezco que estén en mi vida. Sé que no los merezco, que no he hecho nada salvo complicar aún más sus vidas, pero estoy agradecida de que estén en mi vida. Muy agradecida.
Tú eres uno de ellos. Tú que siempre que puedes estás ahí, animándome, haciéndome sonreír con las cosas más absurdas imaginables. Tú que te sonrojas cuando te digo encanto.
Tú eres una de mis estrellas fugaces.
Todos vosotros sois mis estrellas fugaces, y no tenéis nada que envidiar a las del sábado en la noche.
Mis preciosas estrellas fugaces.
PD: Sé que te hace sentir incómodo que escriba algo sobre ti, pero tenía que hacerlo. No te enfades conmigo.
Personas increíbles.
Take my hand and come with me.
A veces las personas no nos abren su alma de buenas a primeras. De hecho, es lo que suele suceder. Incluso hay personas que están a tu lado toda tu vida y a las que no llegas a conocer nada más que en su superficie.
Hay personas que aprenden a ocultar su alma, a esconder sus secretos para que nadie, ni siquiera los más observadores, puedan encontrarlos en sus ojos.
A la mayoría les parecen fríos, distantes, personas que no quieren llamar la atención y que no son demasiado importantes. Los más crueles puede que los ataquen por ser diferentes. Pero a mí no me engañan.
Porque yo sé que aunque no vea su alma está ahí, que tarde o temprano veré pruebas de su existencia y que será un alma más pura y bella de lo habitual.
Un alma extraordinaria.
Y es en el momento en el que estas personas se sinceran y plasman su esencia cuando mi corazón no puede abarcar mis emociones. Porque algo tan sencillo como un par de canciones pueden significarlo todo, pueden contarte en apenas siete minutos los mayores miedos, tristezas, alegrías y sentimientos de una persona.
Una vez más siento que han confiado demasiado en mí. No sé lo que vio para confiarme estas cosas conociéndome de apenas cinco o seis días.
Una vez más siento que no soy digna de ello, que no me lo merezco.
Espero no fallarte. Porque fallarte sería algo muy doloroso para mí.
Beyond night and day. Beyond heaven and hell.
A veces las personas no nos abren su alma de buenas a primeras. De hecho, es lo que suele suceder. Incluso hay personas que están a tu lado toda tu vida y a las que no llegas a conocer nada más que en su superficie.
Hay personas que aprenden a ocultar su alma, a esconder sus secretos para que nadie, ni siquiera los más observadores, puedan encontrarlos en sus ojos.
A la mayoría les parecen fríos, distantes, personas que no quieren llamar la atención y que no son demasiado importantes. Los más crueles puede que los ataquen por ser diferentes. Pero a mí no me engañan.
Porque yo sé que aunque no vea su alma está ahí, que tarde o temprano veré pruebas de su existencia y que será un alma más pura y bella de lo habitual.
Un alma extraordinaria.
Y es en el momento en el que estas personas se sinceran y plasman su esencia cuando mi corazón no puede abarcar mis emociones. Porque algo tan sencillo como un par de canciones pueden significarlo todo, pueden contarte en apenas siete minutos los mayores miedos, tristezas, alegrías y sentimientos de una persona.
Una vez más siento que han confiado demasiado en mí. No sé lo que vio para confiarme estas cosas conociéndome de apenas cinco o seis días.
Una vez más siento que no soy digna de ello, que no me lo merezco.
Espero no fallarte. Porque fallarte sería algo muy doloroso para mí.
Beyond night and day. Beyond heaven and hell.
jueves, 14 de junio de 2012
Una luz en la oscuridad
Todo estaba oscuro. La atmósfera, cargada de malas vibraciones, le oprimía el pecho y apenas la dejaba respirar. Sentía su pulso en las sienes y la carótida a una velocidad vertiginosa. Estaba nerviosa, asustada, la ansiedad se había adueñado de ella. Estaba quieta y se daba cuenta de que en realidad no dejaba de temblar, aunque fuera de esa forma tan sutil que sólo ella es capaz de notar.
Una luz. Pequeña, titubeante. Luz de las que suele pasar desapercibidas, a veces hasta para ella, que siempre se ha fijado en las luces, quedando asombrada por su brillo, único y diferente. Pero en esas circunstancias ninguna luz escaparía a su mirada.
La luz se convirtió en su guía. Le dio consuelo mientras todo lo demás la angustiaba. Ella recordó que aún quedaban motivos para sonreír, como siempre había pensado. La luz pasó a ser parte de esas pequeñas cosas que hacían más feliz su existencia.
Poco a poco las circunstancias cambiaron. Desaparecieron las tinieblas, la tensión y los motivos de miedo y duda. Todo sin que ella se diera cuenta de nada, pues su atención era toda de esa luz que la había encontrado cuando se perdió en la oscuridad.
A pesar de ello, pronto notó el cambio. Su luz, su pequeña y adorable luz, resultó no ser solo luz.
No era una llama solitaria.
Sonrió.
¿Cómo no se había dado cuenta de que esa llama era propiedad de una persona, como ella?
Y por primera vez vio al chico que había permanecido anónimo en las tinieblas, pero que no la había dejado perderse.
La sonrisa motivada por semejante descubrimiento se le borró al percibir una profunda tristeza en esos dulces ojos marrones.
- ¿Por qué estás triste?
- Ya no me necesitas. Ahora me abandonarás para siempre, seguirás tu camino donde lo dejaste. Sé que no tengo derecho a quedarme contigo. Pero no puedo evitar sentirme triste.
Ella recuperó su sonrisa. ¿Acaso él no se había dado cuenta de lo que suponía para ella? ¿Creía que lo dejaría, así, sin más? En ese breve periodo de tiempo él había hecho muchísimo por ella. En su interior crecía la certeza de que, si él no se negaba, no lo abandonaría jamás, de que lo quería en su vida, lo quería junto a ella pasara lo que pasase.
Él por fin consiguió que el balbuceo nervioso se convirtiera en una frase que ella pudo entender.
- ¿Por qué sonríes?
- Porque no me separaré nunca de ti.
Y se abrazaron, se abrazaron intensamente. Con amor.
El amor es un sentimiento puro y sencillo, que adopta muchas formas. Ellos no sabían cuál sería suya. Amigos, casi hermanos, pareja, ¿qué más daba? Seguirían unidos, seguirían guiándose mutuamente. Ninguno de los dos se perdería nunca más.
Aquel día las personas que se dan cuenta de hasta los más pequeños detalles notaron un cambio. Los colores eran más brillantes. El sol, más calido y acogedor. Las sonrisas asomaban antes en las caras de la gente.
Porque cuando dos luces se juntan brillan de tal manera que nadie puede perderse en las tinieblas.
Una luz. Pequeña, titubeante. Luz de las que suele pasar desapercibidas, a veces hasta para ella, que siempre se ha fijado en las luces, quedando asombrada por su brillo, único y diferente. Pero en esas circunstancias ninguna luz escaparía a su mirada.
La luz se convirtió en su guía. Le dio consuelo mientras todo lo demás la angustiaba. Ella recordó que aún quedaban motivos para sonreír, como siempre había pensado. La luz pasó a ser parte de esas pequeñas cosas que hacían más feliz su existencia.
Poco a poco las circunstancias cambiaron. Desaparecieron las tinieblas, la tensión y los motivos de miedo y duda. Todo sin que ella se diera cuenta de nada, pues su atención era toda de esa luz que la había encontrado cuando se perdió en la oscuridad.
A pesar de ello, pronto notó el cambio. Su luz, su pequeña y adorable luz, resultó no ser solo luz.
No era una llama solitaria.
Sonrió.
¿Cómo no se había dado cuenta de que esa llama era propiedad de una persona, como ella?
Y por primera vez vio al chico que había permanecido anónimo en las tinieblas, pero que no la había dejado perderse.
La sonrisa motivada por semejante descubrimiento se le borró al percibir una profunda tristeza en esos dulces ojos marrones.
- ¿Por qué estás triste?
- Ya no me necesitas. Ahora me abandonarás para siempre, seguirás tu camino donde lo dejaste. Sé que no tengo derecho a quedarme contigo. Pero no puedo evitar sentirme triste.
Ella recuperó su sonrisa. ¿Acaso él no se había dado cuenta de lo que suponía para ella? ¿Creía que lo dejaría, así, sin más? En ese breve periodo de tiempo él había hecho muchísimo por ella. En su interior crecía la certeza de que, si él no se negaba, no lo abandonaría jamás, de que lo quería en su vida, lo quería junto a ella pasara lo que pasase.
Él por fin consiguió que el balbuceo nervioso se convirtiera en una frase que ella pudo entender.
- ¿Por qué sonríes?
- Porque no me separaré nunca de ti.
Y se abrazaron, se abrazaron intensamente. Con amor.
El amor es un sentimiento puro y sencillo, que adopta muchas formas. Ellos no sabían cuál sería suya. Amigos, casi hermanos, pareja, ¿qué más daba? Seguirían unidos, seguirían guiándose mutuamente. Ninguno de los dos se perdería nunca más.
Aquel día las personas que se dan cuenta de hasta los más pequeños detalles notaron un cambio. Los colores eran más brillantes. El sol, más calido y acogedor. Las sonrisas asomaban antes en las caras de la gente.
Porque cuando dos luces se juntan brillan de tal manera que nadie puede perderse en las tinieblas.
Relato ficticio inspirado en la canción de Tierra Santa con el mismo título y en mis vivencias de los últimos días. Puede que exagere, pero a mí no me lo parece, no tiendo a exagerar, me limito a lo que veo. Espero que te guste, que os guste aunque no lo entendáis.
sábado, 9 de junio de 2012
Felicidad.
Se compone de pequeños momentos. Para mí es muchas cosas.
Es ver sonreír a alguien que estaba triste.
Es escuchar música y que te llegue al corazón.
Es hacer locuras por el placer de hacerlas.
Jugar con mi perra.
Cantar a voz en grito y provocar la lluvia.
Charlar durante horas y no aburrirte.
Tener un montón de fotos horribles que te hacen recordar días increíbles.
Mirar las estrellas una noche despejada.
Un abrazo sincero.
Poder sacarle algo positivo a cualquier situación.
...
...
Eso y todo lo que se te ocurra.
jueves, 7 de junio de 2012
Venazos de secuestradora
¿Quién me consigue una botellita?
NOTA: Si me conseguís un trapo a juego, así, para completar el lote, sería un puntazo.
miércoles, 6 de junio de 2012
Pre-selectivo
Si las rectas se cruzan, están en distintos planos. Catabolismo... cata es la mala, así que catabolismo destruye y obtiene energía, y el anabolismo es bueno y construye necesitando energía. La espontaneidad de una reacción va en función de la energía libre de Gibbs. Coherencia, adecuación y cohesión son tres propiedades fundamentales de todo texto. El imperativo categórico de Kant dice que no hemos de tratar a los demás como meros medios sino como fines. Unemployment, crisis, cope with.
Breve resumen de la engorrosa mezcla de conceptos que tengo en el interior de mi cabeza.
La introducción de mi mente al caos no es dulce. Tendré suficiente si es reversible, como la desnaturalización de las proteínas si no dura mucho tiempo...
PFF NI ESCRIBIR PUEDO SIN ESTAR CADA VEZ PEOR, NI ESO.
Breve resumen de la engorrosa mezcla de conceptos que tengo en el interior de mi cabeza.
La introducción de mi mente al caos no es dulce. Tendré suficiente si es reversible, como la desnaturalización de las proteínas si no dura mucho tiempo...
PFF NI ESCRIBIR PUEDO SIN ESTAR CADA VEZ PEOR, NI ESO.
IIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII
Your tears don't fall, they crash around me.
lunes, 4 de junio de 2012
Quién me lo iba a decir.
¿Quién me lo iba a decir?
¿Quién?
Lo que no puede ser, no puede ser. El corazón es caprichoso. Suele enamorarse de personas que no comparten el sentimiento. Nunca imaginé que yo sería algún día la que no compartiera el sentimiento, y no la enamoradiza.
Y ahora me siento culpable. Culpable de tus pesadillas, de tus lágrimas, de todas esas cosas. Y frustrada porque no puedo hacer nada, porque yo no puedo modificar mis sentimientos, ni hacia ti ni hacia nadie.
Pongo la lista de reproducción de todas esas canciones en YouTube. Mi sonrisa aparece, pero ya no es la sonrisa alegre que me surgía cada vez que hablaba contigo. Ahora es una sonrisa resignada, porque sé que lo que necesitas es alejarte de mí, alejarte mucho de mí.
En realidad, lo acepto. Soy una persona muy egoísta, pero no tanto como para que me preocupen más mis deseos que tu bienestar. Quizá no debía de escribir esto. Pero necesitaba hacerlo. Porque no puedo contarle a nadie cómo me siento ahora, porque nadie lo entendería y yo no podía aguantarlo en mi interior mucho más tiempo.
Me gustaría creer que algún día volverás, que podrá todo ser como antes. Me gustaría.
No quiero hacerme ilusiones. Así que prefiero no pensar nada. Al menos sé que si desapareces para siempre de mi vida no será tan duro de asimilar, y si algún día vuelves me llevaré una alegría tremenda.
Sabes bien que yo siempre acabo todo lo que te escribo con esas dos palabras al final, pero ahora pienso que no debería decírtelas, aunque las siga queriendo decir. Porque puede que te provoquen más dolor.
Y no te mereces sufrir por nadie, y mucho menos por una tía tan insignificante como yo.
...
Sonríe. Vive. Olvídame si es lo que deseas. Pero no olvides que eres increíble y que si crees en ti llegarás a donde quieras llegar.
ERES ESPECIAL. TE MERECES ALGO ESPECIAL.
¿Quién?
Lo que no puede ser, no puede ser. El corazón es caprichoso. Suele enamorarse de personas que no comparten el sentimiento. Nunca imaginé que yo sería algún día la que no compartiera el sentimiento, y no la enamoradiza.
Y ahora me siento culpable. Culpable de tus pesadillas, de tus lágrimas, de todas esas cosas. Y frustrada porque no puedo hacer nada, porque yo no puedo modificar mis sentimientos, ni hacia ti ni hacia nadie.
Pongo la lista de reproducción de todas esas canciones en YouTube. Mi sonrisa aparece, pero ya no es la sonrisa alegre que me surgía cada vez que hablaba contigo. Ahora es una sonrisa resignada, porque sé que lo que necesitas es alejarte de mí, alejarte mucho de mí.
En realidad, lo acepto. Soy una persona muy egoísta, pero no tanto como para que me preocupen más mis deseos que tu bienestar. Quizá no debía de escribir esto. Pero necesitaba hacerlo. Porque no puedo contarle a nadie cómo me siento ahora, porque nadie lo entendería y yo no podía aguantarlo en mi interior mucho más tiempo.
Me gustaría creer que algún día volverás, que podrá todo ser como antes. Me gustaría.
No quiero hacerme ilusiones. Así que prefiero no pensar nada. Al menos sé que si desapareces para siempre de mi vida no será tan duro de asimilar, y si algún día vuelves me llevaré una alegría tremenda.
Sabes bien que yo siempre acabo todo lo que te escribo con esas dos palabras al final, pero ahora pienso que no debería decírtelas, aunque las siga queriendo decir. Porque puede que te provoquen más dolor.
Y no te mereces sufrir por nadie, y mucho menos por una tía tan insignificante como yo.
...
Sonríe. Vive. Olvídame si es lo que deseas. Pero no olvides que eres increíble y que si crees en ti llegarás a donde quieras llegar.
ERES ESPECIAL. TE MERECES ALGO ESPECIAL.
domingo, 20 de mayo de 2012
Tierra y fuego
La distancia mataba a Sara y Luna. No podían soportarlo. Deseaban volver a aquél mágico lugar en el que habían pasado tantos buenos ratos, a aquella mágica casita junto a la cala abandonada.
Cuando descubres como canalizar la magia de tu interior, la naturaleza se vuelve una extensión de tu cuerpo, tanto que vivir alejado de ella es como ser un unicornio al que le han serrado su cuerno.
Si por ellas hubiese sido, nunca habrían abandonado aquel lugar. Bueno, tal vez sí, para regresar a las tierras que veía Luna en sueños, para volver a los bosques de la cornisa cantábrica, sus orígenes. Nunca había estado allí en realidad, pero en Luna había algo de meiga, tal y como delataban los destellos verdiazulados en su pelo oscuro, o su capacidad de dominio sobre los animales y la clarividencia de sus sueños.
Pero Sara necesitaba superar sus miedos en el mundo exterior, en ese cruel mundo que la había maltratado y menospreciado durante tantos años, tantos dolorosos años... Ahora que gracias a Luna-su reflejo luminoso, su apoyo cuando iba a caer al abismo-había recuperado sus ganas de vivir, luchar y sonreír, era el momento. Por eso estaba tan lejos, porque estaba luchando, defendiendo sus ideales en el mundo que un día la hizo odiarse y desear la muerte.
Y Luna tenía también tareas pendientes. Quería cumplir su sueño: dominar su don para la curación y utilizarlo para ayudar a todas las personas que estuviera en su mano ayudar.
Pero la conexión entre las dos brujas era muy fuerte, tan fuerte que ninguna abandonaba totalmente la mente de la otra. Por ello podían mantener conversaciones telepáticas de vez en cuando.
Conversaciones como la de aquella tarde de viento en la que el cielo se había nublado y unas tímidas gotas impactaban contra el suelo, lágrimas de unas nubes tristes.
-Sara, estoy tan alejada de la naturaleza que ya ni sé cuál es mi elemento.
-Yo creo que tu elemento es la tierra, porque, según yo lo veo, los tierra son personas que aman a los demás por naturaleza, viven en armonía con todo lo que les rodea, en su corazón la violencia la repelen, son fieles a sus amigos, jamás harían daño a alguien a no ser que sea en defensa propia y aman, aman con toda su alma.
-Tantos cumplidos en una palabra tan sencilla... ¿Te he dicho hoy que te quiero?
-No, no lo habías dicho-la sonrisa de Sara era hasta perceptible telepáticamente.-Y tú, ¿cuál crees que es mi elemento?
-Fuego, sin ninguna duda.
-¿Por qué?
-Porque eres pura pasión. Tienes mucho poder en tu interior. Un poder que puede ser usado bien y dar calor y consuelo, ser el motor de muchas cosas, pero que puede acabar por destruirte a ti y a los que te quieren. Algo de lo que tú eres consciente... No temas tu poder, porque el que se quema es el que se acerca al fuego con miedo. Abrázalo y canalízalo hacia lo que tú quieres. Serás alguien muy grande algún día, lo sé.
-Creo que hoy yo tampoco te que dicho que te quiero.
Así pasaron mucho rato, tal vez horas, tal vez toda la tarde. Las nubes se disiparon y los últimos rayos del sol iluminaron la tarde, para dar paso a una bellísima noche de luna llena.
Sara sonrió, sonrió como llevaba días sin hacerlo. Porque Luna era su razón para seguir cuando las fuerzas la abandonaban, y aquella tarde, precisamente aquella tarde, sin ella podría haber cometido la mayor locura de toda su vida.
Y Luna, a más de quinientos kilómetros de distancia, miró al cielo salpicado de estrellas y le devolvió la sonrisa, porque nada la hacía sentir mejor que saber que su compañera de hechizos y vivencias era feliz, donde quiera que estuviese.
Cuando descubres como canalizar la magia de tu interior, la naturaleza se vuelve una extensión de tu cuerpo, tanto que vivir alejado de ella es como ser un unicornio al que le han serrado su cuerno.
Si por ellas hubiese sido, nunca habrían abandonado aquel lugar. Bueno, tal vez sí, para regresar a las tierras que veía Luna en sueños, para volver a los bosques de la cornisa cantábrica, sus orígenes. Nunca había estado allí en realidad, pero en Luna había algo de meiga, tal y como delataban los destellos verdiazulados en su pelo oscuro, o su capacidad de dominio sobre los animales y la clarividencia de sus sueños.
Pero Sara necesitaba superar sus miedos en el mundo exterior, en ese cruel mundo que la había maltratado y menospreciado durante tantos años, tantos dolorosos años... Ahora que gracias a Luna-su reflejo luminoso, su apoyo cuando iba a caer al abismo-había recuperado sus ganas de vivir, luchar y sonreír, era el momento. Por eso estaba tan lejos, porque estaba luchando, defendiendo sus ideales en el mundo que un día la hizo odiarse y desear la muerte.
Y Luna tenía también tareas pendientes. Quería cumplir su sueño: dominar su don para la curación y utilizarlo para ayudar a todas las personas que estuviera en su mano ayudar.
Pero la conexión entre las dos brujas era muy fuerte, tan fuerte que ninguna abandonaba totalmente la mente de la otra. Por ello podían mantener conversaciones telepáticas de vez en cuando.
Conversaciones como la de aquella tarde de viento en la que el cielo se había nublado y unas tímidas gotas impactaban contra el suelo, lágrimas de unas nubes tristes.
-Sara, estoy tan alejada de la naturaleza que ya ni sé cuál es mi elemento.
-Yo creo que tu elemento es la tierra, porque, según yo lo veo, los tierra son personas que aman a los demás por naturaleza, viven en armonía con todo lo que les rodea, en su corazón la violencia la repelen, son fieles a sus amigos, jamás harían daño a alguien a no ser que sea en defensa propia y aman, aman con toda su alma.
-Tantos cumplidos en una palabra tan sencilla... ¿Te he dicho hoy que te quiero?
-No, no lo habías dicho-la sonrisa de Sara era hasta perceptible telepáticamente.-Y tú, ¿cuál crees que es mi elemento?
-Fuego, sin ninguna duda.
-¿Por qué?
-Porque eres pura pasión. Tienes mucho poder en tu interior. Un poder que puede ser usado bien y dar calor y consuelo, ser el motor de muchas cosas, pero que puede acabar por destruirte a ti y a los que te quieren. Algo de lo que tú eres consciente... No temas tu poder, porque el que se quema es el que se acerca al fuego con miedo. Abrázalo y canalízalo hacia lo que tú quieres. Serás alguien muy grande algún día, lo sé.
-Creo que hoy yo tampoco te que dicho que te quiero.
Así pasaron mucho rato, tal vez horas, tal vez toda la tarde. Las nubes se disiparon y los últimos rayos del sol iluminaron la tarde, para dar paso a una bellísima noche de luna llena.
Sara sonrió, sonrió como llevaba días sin hacerlo. Porque Luna era su razón para seguir cuando las fuerzas la abandonaban, y aquella tarde, precisamente aquella tarde, sin ella podría haber cometido la mayor locura de toda su vida.
Y Luna, a más de quinientos kilómetros de distancia, miró al cielo salpicado de estrellas y le devolvió la sonrisa, porque nada la hacía sentir mejor que saber que su compañera de hechizos y vivencias era feliz, donde quiera que estuviese.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Recuerdos. El cuento de los cascos.
Este cuento no es original mío. Recuerdo que alguien me lo contó muy de pasada con once años. Por tanto, no es una simple copia. Es fruto de la combinación de mis recuerdos y de mi forma íntima y personal de escribir. Espero que os guste, y que sepáis interpretar todos los sentidos que esta sencilla historia tiene para todos nosotros.
Érase una vez una ciudad en la que todos vivían en paz y armonía. Nadie pasaba hambre, los niños iban a la escuela y crecían felices, la violencia era algo inimaginable y todas las formas de vida eran respetadas y amadas.
En un ambiente tan idílico, la tecnología prosperaba rápidamente, dando lugar a inventos capaces de mejorar todavía más el nivel de vida de aquellas personas.
Un día, llegó al mercado un nuevo invento desarrollado por unos ingenieros de la ciudad sumamente innovadores. Era un casco. Pero no uno cualquiera. Este casco poseía unos nanocircuitos que conectaban directamente con el córtex cerebral del individuo. Sin ningún tipo de molestia, permitían al usuario diseñar una realidad a su antojo en su cerebro y el casco la reproducía como si fuera la auténtica realidad.
A la gente aquel invento les pareció sumamente divertido. Podían imaginarse tumbados en una playa tomando el sol en una tarde tormentosa. Estar en lugares como los fondos marinos o el espacio exterior. Y mil cosas más.
Como la economía se mantenía estable en aquel lugar, todos los ciudadanos podían permitirse comprar un casco. Poco a poco, pasó a ser un aparato tecnológico básico, y todos acabaron por tener uno. Hasta los niños más pequeños lo tenían, pues el material del que estaba compuesto el casco era un biopolímero especial que se adaptaba al posible crecimiento del cráneo.
Al principio los cascos se ponían durante poco tiempo. Pero algo tan maravilloso suele provocar excesos. La gente estaba tan a gusto con los cascos que pronto dejaron de quitárselos. Y así, llegó el día en el que la ciudad parecía una base de astronautas.
Seguían realizando las mismas actividades, claro. Comían, dormían, trabajaban. Pero cada uno lo hacía desde la realidad que reflejaba su casco. Todos veían lo que querían ver, oían lo que querían oír, sentían lo que querían sentir.
Y en ocasiones esto los hacía más infelices, porque a veces nuestras mentes se vuelven oscuras y todo nos parece aterrador, frío y gris.
Pasaron años, bastantes años. Y estas gentes continuaron sumergidas en sus mundos particulares. Ya no eran tan felices. Ya no eran una sociedad preocupada por el bienestar común. De hecho, apenas recordaban la existencia de los demás.
Olvidaron por completo la naturaleza: los campos, los bosques cercanos, el río que rodeaba la ciudad, incluso las mascotas. Todo fue abandonado a su suerte. Lo mismo ocurrió con las infraestructuras de la ciudad.
Un día, un chico de apenas dieciocho años corría por la calle. Llevaba un casco, viejo ya, en la cabeza. Su nombre era Aryan, pero poco importaba, pues hacía mucho tiempo que nadie recordaba su existencia.
Aryan estaba sumido en su propia realidad. Una realidad que, en esos momentos, lo llenaba de desasosiego y temor. Huía, tenía que huir de aquellos tenebrosos seres que lo perseguían en la oscuridad. Podía sentir el aliento fétido que emanaba de sus fauces y sus malévolos ojos rojos clavados en él.
Tropezó con un árbol, un robusto árbol que había logrado crecer en la calle principal, abriéndose paso a través de los desgastados adoquines. Se oyó un crujido, seguido de ese sonido que hacen las cosas al resquebrajarse.
Cuando Aryan se levantó, su casco cayó, hecho pedazos por culpa de aquella caída.
El descubrimiento de lo que sucedía casi lo dejó en estado de shock por unos instantes. No lograba comprender...
Pero era joven y despierto, y una vez liberado del casco recordó, lo recordó todo...
Su infancia feliz, emocionante y sin miedos...
Aquel regalo de cumpleaños que al principio era tan divertido y que todo el mundo tenía...
Ensimismado en los recuerdos de aquella vida antes de los sueños y las pesadillas, caminó por aquellas calles que por fin veía como eran en realidad.
Y de pronto paró en seco. Se había dado cuenta de algo. Algo muy importante.
El resto de los habitantes de la ciudad seguían llevando los cascos.
Decidido, corrió hasta su casa. No le fue difícil encontrar lo que buscaba.
La caja de herramientas de su padre seguía en el garaje, en el mismo lugar que solía dejarla cuando él era un crío y lo miraba mientras trabajaba. La única diferencia era la capa de polvo que la cubría tras tantos años de abandono.
Sacó el martillo, con una sonrisa iluminando su rostro.
Iba a romper, uno por uno, todos los cascos que hubiese en su ciudad, para así devolver, por fin, ese mundo maravilloso que él ya podía sentir a todos los que un día lo habían perdido.
Se nota que la mayoría viene de mí, que son más mis sentimientos que los del cuento original. Espero que hayáis captado el mensaje. Puede que los cascos no sean físicos en este mundo, pero ahí están, en nuestras mentes, impidiéndonos ver las cosas tal y como son. Si necesitáis un martillo, no dudéis en llamarme. Aquí estoy.
Érase una vez una ciudad en la que todos vivían en paz y armonía. Nadie pasaba hambre, los niños iban a la escuela y crecían felices, la violencia era algo inimaginable y todas las formas de vida eran respetadas y amadas.
En un ambiente tan idílico, la tecnología prosperaba rápidamente, dando lugar a inventos capaces de mejorar todavía más el nivel de vida de aquellas personas.
Un día, llegó al mercado un nuevo invento desarrollado por unos ingenieros de la ciudad sumamente innovadores. Era un casco. Pero no uno cualquiera. Este casco poseía unos nanocircuitos que conectaban directamente con el córtex cerebral del individuo. Sin ningún tipo de molestia, permitían al usuario diseñar una realidad a su antojo en su cerebro y el casco la reproducía como si fuera la auténtica realidad.
A la gente aquel invento les pareció sumamente divertido. Podían imaginarse tumbados en una playa tomando el sol en una tarde tormentosa. Estar en lugares como los fondos marinos o el espacio exterior. Y mil cosas más.
Como la economía se mantenía estable en aquel lugar, todos los ciudadanos podían permitirse comprar un casco. Poco a poco, pasó a ser un aparato tecnológico básico, y todos acabaron por tener uno. Hasta los niños más pequeños lo tenían, pues el material del que estaba compuesto el casco era un biopolímero especial que se adaptaba al posible crecimiento del cráneo.
Al principio los cascos se ponían durante poco tiempo. Pero algo tan maravilloso suele provocar excesos. La gente estaba tan a gusto con los cascos que pronto dejaron de quitárselos. Y así, llegó el día en el que la ciudad parecía una base de astronautas.
Seguían realizando las mismas actividades, claro. Comían, dormían, trabajaban. Pero cada uno lo hacía desde la realidad que reflejaba su casco. Todos veían lo que querían ver, oían lo que querían oír, sentían lo que querían sentir.
Y en ocasiones esto los hacía más infelices, porque a veces nuestras mentes se vuelven oscuras y todo nos parece aterrador, frío y gris.
Pasaron años, bastantes años. Y estas gentes continuaron sumergidas en sus mundos particulares. Ya no eran tan felices. Ya no eran una sociedad preocupada por el bienestar común. De hecho, apenas recordaban la existencia de los demás.
Olvidaron por completo la naturaleza: los campos, los bosques cercanos, el río que rodeaba la ciudad, incluso las mascotas. Todo fue abandonado a su suerte. Lo mismo ocurrió con las infraestructuras de la ciudad.
Un día, un chico de apenas dieciocho años corría por la calle. Llevaba un casco, viejo ya, en la cabeza. Su nombre era Aryan, pero poco importaba, pues hacía mucho tiempo que nadie recordaba su existencia.
Aryan estaba sumido en su propia realidad. Una realidad que, en esos momentos, lo llenaba de desasosiego y temor. Huía, tenía que huir de aquellos tenebrosos seres que lo perseguían en la oscuridad. Podía sentir el aliento fétido que emanaba de sus fauces y sus malévolos ojos rojos clavados en él.
Tropezó con un árbol, un robusto árbol que había logrado crecer en la calle principal, abriéndose paso a través de los desgastados adoquines. Se oyó un crujido, seguido de ese sonido que hacen las cosas al resquebrajarse.
Cuando Aryan se levantó, su casco cayó, hecho pedazos por culpa de aquella caída.
El descubrimiento de lo que sucedía casi lo dejó en estado de shock por unos instantes. No lograba comprender...
Pero era joven y despierto, y una vez liberado del casco recordó, lo recordó todo...
Su infancia feliz, emocionante y sin miedos...
Aquel regalo de cumpleaños que al principio era tan divertido y que todo el mundo tenía...
Ensimismado en los recuerdos de aquella vida antes de los sueños y las pesadillas, caminó por aquellas calles que por fin veía como eran en realidad.
Y de pronto paró en seco. Se había dado cuenta de algo. Algo muy importante.
El resto de los habitantes de la ciudad seguían llevando los cascos.
Decidido, corrió hasta su casa. No le fue difícil encontrar lo que buscaba.
La caja de herramientas de su padre seguía en el garaje, en el mismo lugar que solía dejarla cuando él era un crío y lo miraba mientras trabajaba. La única diferencia era la capa de polvo que la cubría tras tantos años de abandono.
Sacó el martillo, con una sonrisa iluminando su rostro.
Iba a romper, uno por uno, todos los cascos que hubiese en su ciudad, para así devolver, por fin, ese mundo maravilloso que él ya podía sentir a todos los que un día lo habían perdido.
Se nota que la mayoría viene de mí, que son más mis sentimientos que los del cuento original. Espero que hayáis captado el mensaje. Puede que los cascos no sean físicos en este mundo, pero ahí están, en nuestras mentes, impidiéndonos ver las cosas tal y como son. Si necesitáis un martillo, no dudéis en llamarme. Aquí estoy.
viernes, 4 de mayo de 2012
Chistes de viernes por la tarde
"Esto es un español que está en la parada del bus. llega un americano, y, como el bus no llega, empieza a charlar con el español.
- Disculpe, soy nuevo en España, ¿sería tan amable de solucionar unas dudas que tengo?
- Claro- dijo el español, aunque con cara de extrañeza.
- ¿Ustedes, los españoles, se comen todo el pan?
- Pues... sí. ¿Es que los americanos no?
- No, nosotros no, la molla "only", el resto lo juntamos, lo reciclamos, hacemos harina y se envía a España.
Y el americano continúa.
-¿Ustedes, los españoles, untan de mermelada el pan?
- Normalmente, ¿es que los americanos no?- A todo esto el español ya está cabreadillo.
- No, nosotros nos comemos la fruta fresca "only", y las semillas y cáscaras de sobra las reciclamos y hacemos mermelada que mandamos a España.
Y el español, entre que el americano tiene un aire de superioridad asqueroso y que no deja de rumiar un chicle con la boca abierta, le pregunta:
- ¿Y ustedes qué hacen con los condones después de usarlos?
- TIRARLOS, "OF COURSE"-dice el americano.
El español, abriendo mucho los ojos y haciéndose el sorprendido, dice:
- Oh, nosotros no, ¿sabe? Nosotros los reciclamos, hacemos chicles y los mandamos a Estados Unidos."
Este chiste lo escuché una vez. Y aunque está contado a mi manera, a mi extraña y particular manera, al parecer a una personita le ha hecho reír un poco en esta tarde de aburrimiento que allá por Barcelona está siendo tormentosa.
No sabes cuánto me alegro, preciosa.
domingo, 15 de abril de 2012
Fealdad.
Esta serie de argumentos han surgido esta tarde en una conversación con un amigo vía Tuenti. Para convencerle de que si digo que soy fea no lo considero algo negativo. Ser fea tiene muchas ventajas.
Y algunas de ellas son las siguientes.
1. La gente, de entrada, no se fija en ti. Eso te da bastante libertad para pasar desapercibido cuando quieres.
2. Si alguien se interesa por ti, sabes que no es por tu físico, así que solo puede ser por como eres.
3. Por poco que te arregles, enseguida se te nota.
4. No sientes esa obligación de estar siempre "supermonísima de la muerte", de hecho no lo estás nunca, pero eso es algo secundario.
5. Aprendes a valorar más cualidades tuyas como tu inteligencia, imaginación, creatividad... vamos, las cosas que valen la pena.
6. Miras de otra forma a la gente. Tiendes a no pararte en el físico, intentas llegar a lo que hay en su interior.
7. Te ríes de tu aspecto físico. Te ríes mucho. Y te encanta que los demás se rían también. O al menos te da exactamente lo mismo que lo hagan.
8. Esta razón la he olvidado, maldita memoria de Dori. Uf. Pero era buena, que conste.
Y a éstas se puede añadir un largo etc, pero mi cabeza no da para más en este momento, porque soy una despistada y tal.
Así que, cariños de todas partes que sois tan encantadores y todas esas cosas, dejad de decirme que soy guapa. Es mentira, y no está bien decir mentiras inútiles. Y punto. No lo soy, así que dejad de decírmelo. Mil gracias de antemano.
PD: Los que no me crean es que no me han visto nunca, ni en persona ni en una foto siquiera.
Y algunas de ellas son las siguientes.
1. La gente, de entrada, no se fija en ti. Eso te da bastante libertad para pasar desapercibido cuando quieres.
2. Si alguien se interesa por ti, sabes que no es por tu físico, así que solo puede ser por como eres.
3. Por poco que te arregles, enseguida se te nota.
4. No sientes esa obligación de estar siempre "supermonísima de la muerte", de hecho no lo estás nunca, pero eso es algo secundario.
5. Aprendes a valorar más cualidades tuyas como tu inteligencia, imaginación, creatividad... vamos, las cosas que valen la pena.
6. Miras de otra forma a la gente. Tiendes a no pararte en el físico, intentas llegar a lo que hay en su interior.
7. Te ríes de tu aspecto físico. Te ríes mucho. Y te encanta que los demás se rían también. O al menos te da exactamente lo mismo que lo hagan.
8. Esta razón la he olvidado, maldita memoria de Dori. Uf. Pero era buena, que conste.
Y a éstas se puede añadir un largo etc, pero mi cabeza no da para más en este momento, porque soy una despistada y tal.
Así que, cariños de todas partes que sois tan encantadores y todas esas cosas, dejad de decirme que soy guapa. Es mentira, y no está bien decir mentiras inútiles. Y punto. No lo soy, así que dejad de decírmelo. Mil gracias de antemano.
PD: Los que no me crean es que no me han visto nunca, ni en persona ni en una foto siquiera.
miércoles, 4 de abril de 2012
Margaritas
Margaritas. Tan sencillas, tan comunes, tan sosas... sin aroma, de color blanco y poco destacables... crecen en cualquier parte, las chicas enamoradas no tienen otra cosa que hacer que deshojarlas, son pisoteadas, despreciadas o sencillamente ignoradas.
Son mis flores favoritas.
¿Por qué? Porque son puras y sinceras, un símbolo de humildad y aprecio sin artificios. Porque destacar no convierte algo en más bello o importante. Porque poca gente se da cuenta de lo que valen en realidad, lo que me lleva a identificarlas con algunas personas entre las que-para qué negarlo- me incluyo.
Y si alguien tiene un gesto tan sencillo como cortar una margarita diminuta y ofrecérmela con una sonrisa en el rostro, si alguien lo hace... no sé describirlo. Es pura alegría. Soy consciente de que ni por asomo pensará lo mismo que yo de ellas, pero el gesto se abre camino hacia mi interior y me llega al corazón.
Las coincidencias no existen, no pueden existir. Cuando hacemos algo y no sabemos el motivo, es porque actuamos conforme a nuestra intuición, una intuición que capta cosas de las que ni tan siquiera somos conscientes.
Adoro las margaritas. Las adoro.
Son mis flores favoritas.
¿Por qué? Porque son puras y sinceras, un símbolo de humildad y aprecio sin artificios. Porque destacar no convierte algo en más bello o importante. Porque poca gente se da cuenta de lo que valen en realidad, lo que me lleva a identificarlas con algunas personas entre las que-para qué negarlo- me incluyo.
Y si alguien tiene un gesto tan sencillo como cortar una margarita diminuta y ofrecérmela con una sonrisa en el rostro, si alguien lo hace... no sé describirlo. Es pura alegría. Soy consciente de que ni por asomo pensará lo mismo que yo de ellas, pero el gesto se abre camino hacia mi interior y me llega al corazón.
Las coincidencias no existen, no pueden existir. Cuando hacemos algo y no sabemos el motivo, es porque actuamos conforme a nuestra intuición, una intuición que capta cosas de las que ni tan siquiera somos conscientes.
Adoro las margaritas. Las adoro.
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