sábado, 27 de diciembre de 2014

Capítulo uno.

Desde que tenía uso de conciencia, recordaba haber llevado siempre un arma blanca consigo. El mundo era hostil, no cabía duda, pero el muchacho también, seguramente por haberse formado en él. Era un joven de apenas veinte años con una vida, por decirlo de algún modo, que alguien arrojó al retrete mientras aún era un niño, para tirar después de la cadena con una cínica sonrisa. 

Cuando se veía reflejado en los escaparates, comprendía por qué la gente se asustaba con sólo mirarle. Pálido, demacrado, los ojos rojos ya de forma crónica, a partes iguales por la polución, la falta de sueño y una tendencia natural. Y eso sin contar las múltiples cicatrices en su cuello y sus manos. Su atuendo no ayudaba: solía vestir vaqueros rasgados y camiseta negra, con botas militares y cazadora de cuero a juego. El negro era su color, quizá como metáfora vital. 
Su aspecto, en resumidas cuentas, lo convertía en la persona que nos hace apretar el paso, la persona que nuestra razón nos hace evitar de forma sistemática. 

Aquella mañana, Storm se dirigía a su bar favorito. No nos confundamos: no iba a pasárselo bien. Aunque alguna vez lograba divertirse en aquel infierno, no sucedía así en la mayoría de ocasiones, y esa no iba a ser una de ellas. Nunca mezclaba negocios con diversión, y tenía una cuenta pendiente con Joe, el propietario.
Crujió los nudillos de forma inconsciente, asustando a la quinceañera de pelo azul metálico que pasada a su lado, bebiendo una lata de lo que fuese, seguramente alguna bebida energética que estuviese de moda aquellos días. 

“Vuelve al colegio, mocosa” dijo para sí, sin dedicarle a la muchacha más que una mirada de rabia. “Créeme: al final, te arrepentirás si sigues por ese camino”.
Pero pronto se olvidó de ella y de sí mismo, pues había llegado a su destino.

El letrero de neón desgastado apenas brillaba con las luces del día. Tosió: del local parecía salir una gran cantidad de humo. Ya eran ganas de matarse de forma cara y asquerosa. Bufó. Desde que en el año 2097 se retiró la prohibición de fumar en locales y otros lugares públicos, la vida era un poco más asquerosa. Subiéndose un poco el pañuelo que llevaba al cuello con el fin de que la tos remitiese, entró al garito. 
Estaba lleno, como de costumbre. No importaba que fuese un miércoles a mediodía. 
Ignorando las miradas de reojo sobre su figura, se dirigió a la desgastada barra. Un hombre que ya superaba los cincuenta secaba con un trapo las jarras de cristal. Al levantar la vista y verle, le sonrió, como quien sonríe a un viejo conocido. 

-Hacía tiempo que no te veía, Storm.
-Buenas. ¿Cómo te va todo, Joe? -Al contrario que el barman, él no sonreía.
Se encogió de hombros. Era lo habitual: en aquellos tiempos, nadie podía afirmar tan a la ligera que las cosas fuesen bien. 
-¿Qué te pongo?
-Cualquier cerveza me sirve, como siempre.
Abrió el grifo, dejando que el líquido ocre llenase una jarra, goteando espuma por los bordes. Se la puso delante, y Storm le pegó un largo trago, echando la cabeza hacia atrás levemente. Al sentirse saciado, la dejó con un golpe seco. 
-Joe, sabes por qué he venido.

La sonrisa perenne desapareció súbitamente del rostro del hombre, sustituida por una expresión temerosa. Cuando habló, lo hizo bajando discretamente la voz. 
-Necesito más tiempo…
-Sabes tan bien como yo que no les gusta esperar. Y a mí tampoco.-Alargando el brazo, le cogió del cuello de la camisa, hablándole tan de cerca que podía sentir su temblor sobre su propia piel.-Volveré la semana que viene, y más te vale haber cumplido tu parte del trato. No me gustaría tener que matarte, ¿entiendes? 
Unos cuantos curiosos habían dirigido la vista hacia ellos, así que le soltó, casi haciendo que cayese contra el expositor de botellas de detrás de la barra por la inercia. Aquello le hizo sonreír por primera vez en la mañana. Era gracioso ver algo tan patético. 
Tiró unas monedas a la barra, marchándose por donde había venido. 
-Nos vemos la próxima semana-musitó entre dientes, sumergiéndose con un portazo en el bullicio de la hora punta.

jueves, 25 de diciembre de 2014

La niña que no tenía piernas.

La niña soñó que no tenía piernas. 
No había dolor, no había tristeza, lo único que no había eran piernas.
En el sueño, no recordaba haberlas tenido nunca. Estaba sola, y no parecía necesitarlas para nada, aunque claro, en el mundo de los sueños las posibilidades son infinitas. También en el mundo real, por supuesto, pero eso es algo que escapa a los ojos de todos aquellos que ya no son tan niños por dentro. 
La niña sólo era una niña y, aunque no tenía piernas, no se sentía incompleta. Ni tan siquiera conocía el significado de esta última palabra. 

Mientras soñaba, un niño apareció, o quizá estaba allí desde el principio y no lo vio hasta entonces. Él sí tenía piernas: largas y huesudas, como si hubiesen crecido demasiado deprisa, como si necesitasen un tiempo para adaptarse a su nueva condición. Eran un proyecto casi acabado de piernas. Se podía ver su potencial, pero, en aquel instante, eran grotescas.

Él la miró con desprecio. Ella, con extrañeza. 
Dile algo bonito, vamos, niño, pues es ella quien sueña. Pero no se lo dirás, y sólo la mirarás como si no fueses tú el que tiene un vacío por dentro que intenta ocultar por fuera. 
Intenta soñar un poco más, niño, es un consejo de alguien que no olvidó soñar y que una vez fue niña.

Aquel niño por donde vino se fue, y la niña lo olvidó. Siguió haciendo lo que se hace en los sueños: esto es, nada en particular. Y, cuando se aburrió, comenzó a caminar con las manos, riendo a cada paso. Su risa atrajo a pájaros de múltiples colores, pero estaban mudos, así que la única música con la que hacían coro a su risa era la producida por su revoloteo. Era inquietante. Era hermoso.

Cuando la niña despertó, no había aprendido nada del sueño, pese a recordarlo. Bueno. 
"Qué sueño tan raro" pensó, y, con un bostezo, los ojos se frotó. 
Como tantos otros cientos, el sueño fue olvidado. Pero, pese a todo, ahora permanece en vuestro recuerdo, hasta que decidáis deshaceros de él. Hasta que la niña no exista en vuestras mentes. 
Hasta entonces, disfrutad del sueño de la niña que no tenía piernas.

Deberías.

Despiertas.
Has tenido un sueño,
pero no lo recuerdas.
Una lágrima cae,
por tu mejilla rueda:
al parecer, estás triste.

¿Soñaste con ella?
Quizá así ha sido.
Ojalá no lo sea.

Demasiado tiempo pasado.
Deberías haberla olvidado.
¿Sigues con las lágrimas?
Deberías pasar página.

Deberías.

lunes, 22 de diciembre de 2014

0. Prólogo.

N.d.A.: La siguiente saga lleva por título "Rage" y la iré desarrollando en las próximas semanas. Aquí os dejo el prólogo. 

Los edificios se alzaban orgullosos, en un vano intento de alcanzar la tierra de los dioses. Qué criaturas tan necias, sus creadores. La oscura figura apretó el paso. 
Nunca le habían gustado las ciudades. Desde que era un niño había deseado volver a su tierra natal. Pero la vida no siempre había satisfecho sus deseos... y sentía el frío del sucio invierno metropolitano quemando su piel.
Trató de imaginar aquel mismo lugar décadas atrás. Eso le tranquilizó. El frío parecía haber desaparecido cuando llegó al solitario parque. 
Sacudió la cabeza mientras se sentaba sin pensarlo demasiado en el columpio de cadenas oxidadas, que crujió bajo su peso. Quizá si las ciudades cuidasen un poco más sus pulmones, hasta sería agradable respirar en ellas. Pero no era el caso.
Mientras dirigía su mirada a las plantas secas y amarillentas, pensó una vez más en aquello que respiraba.
El aire era una cruel mezcla de agonía, decadencia y muerte.

Aquella figura tenía un nombre, aunque nadie -vivo, al menos- lo recordase. Su nombre era Gary, pero podéis llamarle Storm. 
Y supongo que no seréis lo bastante educados como para ignorar las gotas de sangre fresca que caían del machete colgado a su cintura. 

viernes, 19 de diciembre de 2014

Atrapada

Cuatro paredes,
prisión eterna.
Como tantas otras veces
aquí sigues, alma desecha.

La llave, perdida,
escondida, robada,
no lo recuerdas.
Desesperada,
buscas la salida.
Pero tú cerraste esa puerta.
Nadie dijo que acertases.
Vive con las consecuencias.

Malvive,
muere,
resucita una vez más.
Yo no quise
pero tú puedes...
Espero que sigas viva al final.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Un nuevo comienzo.

Se encontraban limpiando las telarañas, moviendo muebles de sitio. Limpiaban la habitación en desuso que en otro tiempo había pertenecido a los padres de Pri, y que a partir de entonces sería la habitación de ellos dos.

Aunque Nat la estaba intentando obligar a permanecer sentada, ella insistía en ayudar, así que se rindió, dejándole las tareas de menor carga, puesto que, aunque los médicos habían dicho que no le pasaba nada, él no quería correr riesgos.
La besó en la mejilla cuando la pilló desprevenida, y se fue a la cocina sintiéndose un ninja pletórico.

Aquellos días se habían planteado marcharse de una ciudad con la que ya no tenían ningún vínculo y que sólo les había traído dolor. Además, estaba el temor a que los fantasmas volviesen a importunarlos, a tratar de hacerles la felicidad imposible.
Pero habían ido pasando los días, y el padre de Nathan no volvió a aparecer, y su amor parecía crecer a cada instante, si es que semejante cosa era posible. Así que, finalmente, habían decidido deshacerse de su pasado a la vez que del polvo y los trastos viejos, dispuestos a construir su futuro juntos. 
Ellos no tenían por qué escapar de nada.

Regresó a la habitación con un par de productos de limpieza, y le sonrió a la muchacha, que se acercó sonriente a darle un suave beso mientras acariciaba su melena. 

"Somos los dueños de nuestro propio destino, le pese a quien le pese."

***

Anael y Azrael, juntos de nuevo, sonreían. A falta de las palomitas, parecían los espectadores enamorados de una película con un buen final. Ambos eran unos románticos, aunque el ángel de la muerte intentarse ocultarlo. De hecho, la realidad era que se ponía incluso más tierno que su compañero de alas blancas.  


Contemplaron la escena, felices, igual que lo estaban cada vez que veían triunfar la bondad y la felicidad en el mundo, hasta que se sintieron satisfechos. 
Acto seguido, se giraron y alzaron el vuelo, rumbo al horizonte, rumbo a nuevas historias que necesitasen de su presencia.

Palabras enterradas.

Sin aliento, podía sentir como las paredes se aproximaban. Si no conseguía despertarla pronto, sin duda alguna se vería aplastado por ellas. 
Aunque inicialmente había sido reacio a llamar al hospital porque el mero hecho de dejarla sola el tiempo necesario para coger el teléfono le provocaba pánico, lo había hecho, sabiendo que a veces las circunstancias nos sobrepasan a todos, especialmente a los que, como él, se sentían personas insignificantes.

Estaba a la espera del servicio de urgencias, que parecía que no iba a llegar nunca, acunando el cuerpo de la muchacha contra el suyo. La zarandeaba con suavidad, tratando de despertarla. Cualquier observador interesado habría visto el terror que salía a través de sus pupilas, como si ninguna de sus pesadillas pudiese rivalizar con aquel momento.
Y es que Nathan tenía mucho miedo a perderla. 

Pri respiraba, pero su respiración era tan tenue que apenas elevaba su pecho, y sus latidos parecían el golpeteo sin esperanza de un preso contra una gruesa pared escuchados desde el lado contrario. Aunque a simple vista parecía que no tenía ninguna herida de gravedad, podía vislumbrar un pequeño hilo de sangre, muy fino, que caía de su nuca. 

No creía en ángeles ni demonios, nunca lo había hecho. Pero se encontró a sí mismo pidiendo ayuda si es que había alguien ahí a quien le importase lo que estaba pasando.
Sólo quería que le dijesen como mantenerla a su lado. 
Si acababa rompiéndose, sin duda también lo haría su alma. Porque sin ella, sentía que no merecería la pena lo demás. El vacío sería tan inmenso que no habría diferencia entre vivir y no hacerlo. Pues por ella se había alzado, y sin ella caía de nuevo.
Ahora, pese a tenerla entre sus brazos, notaba cómo caía a un lugar al que no sabía si sería capaz de llegar, por mucho que lo intentase. 

Sacudió la cabeza y su mirada se tornó firme. 
Aquello no iba a pasar. 

Recordó las lágrimas en su rostro cuando volvieron a encontrarse, y sintió como se sumaban, una a una, a la inundación de su alma. Aquella flor había sido capaz de convertir la fuerza destructora apresada en su interior en la belleza de una cascada en primavera. 
No podía dejar que su luz se apagase. Ni ahora ni nunca. 
Porque ella era especial. 
Porque las palabras que aún no había pronunciado enterraban algo en sus profundidades.

Vuelve, vuelve conmigo. Y si no puedes, te traeré de vuelta, porque la historia no se acaba aquí, no puedo permitirlo. No te vas a morir hoy. Porque quiero ver de nuevo tu sonrisa. Porque he decidido que estaré a tu lado cuando necesites un apoyo, y cuando no lo necesites.”  

Oyó el sonido de una sirena de ambulancia aproximándose, y suspiró. En aquel preciso instante, Prickle abrió los ojos y tosió con una mueca de dolor. 
La sostuvo nada más comenzó a toser, procurando que no se moviese mucho, por si alguna herida se ocultaba dispuesta a jugar una mala pasada de última hora.

Ella le miró, confusa, preguntándose qué había ocurrido, algo asustada, ya que lo último que recordaba era al hombre golpeándola. 
- ¿Nat, estás b...

No llegó a terminar la pregunta, y no lo haría jamás, porque Nathan la calló con un intenso beso en sus labios a modo de respuesta, mientras la abrazaba con ternura. 
Le susurró las palabras enterradas en su corazón, dispuesto por fin a dejarlas salir. 
- Te quiero, Prickle, te quiero.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Sangre.

Fueron unos días tranquilos. Tan tranquilos que llegaron a pensar que todos sus problemas se habían terminado.
Qué equivocados estaban.

Aunque el timbre que sonó no fue el de la entrada principal sino el de su piso, Pri no se extrañó. No estaba acostumbrada a recibir visitas, pero quizá algún vecino necesitaba algo de ella.
Al abrir la puerta, sin embargo, no vio a uno de sus vecinos, sino a un desconocido grande y desaliñado, con las pupilas dilatadas y una expresión entre perdida e iracunda. Al mirar a sus manos artríticas y llenas de pequeños cortes vio la botella vacía de una de ellas y comprendió.

Se dispuso a cerrar de un portazo, pero él fue más rápido, poniendo su brazo como palanca. Con pasos firmes pese a ser irregulares, se acercó a ella, cogiéndola por las clavículas con excesiva rudeza, dejando que la botella cayese al suelo, rodando con el sonido típico del vidrio contra el suelo.
El rostro de la muchacha se contrajo en una mueca de dolor mientras trataba de mantener la calma.
- ¿Dónde está mi hijo? - pese a tener entonación de pregunta, era obvio que se trataba de una amenaza.
- Aquí sólo vivo yo. Déjeme en paz.
Trató de girarse y desasirse del hombre, pero no lo consiguió, pues éste mostró los dientes, mareándola con el hedor de su aliento.
- Que me digas dónde está mi hijo, maldita perra. - sus manos cerraron el agarre y la cogieron por el cuello.

Pri quería gritar, pero no podía. ¿Por qué la suerte la había olvidado? ¿Nunca les iban a ir bien las cosas? Se estaba empezando a marear. No podía ser verdad. Nada tenía sentido. Aquél no podía ser el final después de todo lo que había pasado.

Nathan apareció por la puerta más lejana al recibidor. Había escuchado un extraño sonido y una conversación, así que había decidido acercarse a ver qué ocurría.
Sería imposible averiguar qué fue lo primero que le hizo darse cuenta de la situación, si su vista o patear la botella de whisky barato vacía, que rodó hacia las dos figuras hacia las que corrió de inmediato.
- ¡Suéltala!
Su padre, reconociendo su voz, había aflojado las manos por la distracción. Le propinó un puñetazo en la mandíbula con sonido a dientes rotos, y soltó a la joven, que cayó al suelo, tosiendo.

Intentó inclinarse a ayudarla, y recibió una patada en el costado antes de conseguir tan siquiera darle la mano.
"Maldita sea, Nat, deberías tener claro a estas alturas que no debes bajar la guardia".

Como si de una confirmación de su error se tratase, oyó el eco de un golpe seco. Se incorporó lo más rápido que pudo, y vio que Pri estaba inconsciente y tenía media cara enrojecida.
La locura se apoderó de su mente, y comenzó a golpear, una y otra vez, atacando sin pensar en nada más que en ella, dejando salir en cada golpe parte de la rabia acumulada durante años. Se cobraría el sufrimiento recibido.
Cuando recuperó un atisbo de cordura, se vio a sí mismo con una botella rota en la mano, de la que caían gotas de sangre, sangre que compartía con la figura tirada en el suelo que respiraba trabajosamente, sangre que su padre escupía mientras se apretaba el abdomen y trataba de quitarse los cristales de las heridas.
Se obligó a sí mismo a parar, cortándole el paso hacia cualquier otro lugar que no fuese la puerta.

Miró a Pri de reojo, sumamente preocupado. Pero para ayudarla antes tenía que zanjar aquello de una vez por todas. La fuerza y la ira que llevaban sus palabras habrían hecho temblar al más valeroso.

- Olvídate de mi existencia. Yo lo haré de la tuya. No quiero volver a ver nuestros caminos cruzarse... ten claro que si eso sucede uno de nosotros no saldrá con vida. No vuelvas a molestarnos, o tomaré represalias. Ahora vete, antes de que decida cobrarme en sangre todos tus crímenes.

El hombre no dijo nada, sólo le miró con terror, alejándose renqueando sobre la pared.
Una punzada de pena invadió al muchacho, pero se le pasó al ser consciente de que no se lo merecía. Nunca se lo había merecido.

Cuando vio que estaba fuera, cerró la puerta evitando pisar el reguero de gotas carmesí.
Se lanzó hacia Pri, todavía inconsciente.
"Espero que estés bien. Si no, nunca me lo perdonaré".

jueves, 27 de noviembre de 2014

Risas y silencios.

La canción de nana resonaba en sus oídos, reconciliando a la pequeña con el mundo, prometiéndole un lugar mejor a su despertar. No era necesario: Emily se conformaba con que no fuese a peor.
Pero aquella noche ni la dulce voz de su hermano mayor logró que se durmiese, así que cuando estuvo sola salió de bajo las mantas procurando no hacer ningún ruido y se sentó en la alfombra, junto a la ventana.
Sin saber muy bien qué hacer, sonrió y comenzó a rodar sobre  sí misma, volviéndose una pequeña croqueta.
Su risa infantil rompió el silencio por un momento, antes de acallarla para no despertar a nadie. 
Otra risa la acompañó. Era algo más grave y clara, como el sonido del agua en una cascada una mañana de invierno. 
La niña se incorporó, dirigiendo su mirada al ser que había sido causante del eco de su risa cuando se suponía que no había nadie más en el lugar.

El ángel parecía más sorprendido que ella. No estaba acostumbrado a aquellas cosas, pese a que le habían ocurrido en varias ocasiones a lo largo de los siglos.
Cuando se recuperó de la sorpresa, la mejor de sus sonrisas apareció en su rostro a modo de presentación. Tímidamente, la saludó con una mano.

Ella no parecía asustada, porque no lo estaba. Ya había visto cosas que no podía explicar, pero aquella era la primera vez que veía un ser así, con tanta belleza, con aquellas plumas. Le recordó a las estatuas del parque donde dormían los muertos, sólo que sin las malas vibraciones que le transmitían los rostros inexpresivos de aquellas figuras de piedra. 

Se acercó despacio y tocó las puntas de sus alas. Eran agradables al tacto.
- Es la primera vez que veo a alguien como tú... ¿Qué eres?-aventuró a preguntar, con curiosidad. 
Sin saber muy bien qué decir a semejante pregunta, decidió esquivarla con tono amable. 
¿Y tú qué crees que soy, Emily?
¿Cómo sabes mi nombre? -ahora sí que estaba muy sorprendida, pues no recordaba haberse presentado.
Enigmático, se limitó a responder: 
- Tú también sabes el nombre de todas las personas que te importan, ¿verdad?

Emily pareció comprender de pronto lo que era aquel desconocido, y abrió mucho los ojos. Corrió a abrazarse a sus piernas, pues ella aún tenía una estatura reducida y no llegaba demasiado alto. Se le humedecieron los ojos debido a lo que le había venido a la mente al reflexionar acerca de la naturaleza del ser de alas blancas. 
- ¿Mi hermanito se pondrá bien? Pareces bueno. Tú vienes del cielo, ¿a que sí? Tú debes saberlo. 

Anael se centró en el tacto de las manitas delicadas de la niña al tiempo que reflexionaba. 
"Qué curiosos sois los humanos. Siempre distinguiendo extremos. Blanco. Negro. Bueno. Malo. Cielo. Infierno. 
Lo cierto es que la mayoría de veces esos extremos son sólo constructos de vuestras mentes."

Pero sí que sabía la respuesta a la pregunta que ella le había hecho, independientemente de dónde viniese. Por eso calló y la cubrió con sus alas.

Emily lo entendió, y rompió a llorar. El ángel suspiró. 
Era joven y su alma brillaba, diamantina. Sanaría pronto, haciéndose más fuerte. Pero ahora le necesitaba, a él, a todo el amor del mundo. Por suerte, Anael siempre estaba con ella, a través de cada momento de su vida. 
Especialmente en los gestos de sus seres más preciados. 
Besó su cabeza, resbalando ante la suavidad de sus lisos cabellos. 
- Cuida mucho a tu mamá y a tu hermano, ¿vale?

Dicho esto la soltó mientras ella asentía, y se desvaneció, dejándola con las sombras del dormitorio como única compañía. 
Cuando fue consciente del silencio y decidió acostarse de nuevo, una voz sonó desde ninguna parte, haciéndola sonreír.
- Emily... no te olvides de darle un abrazo a David nada más despierte.

Fortaleza.

Sentados en el sofá, uno junto al otro, convirtieron aquella noche en un punto de inflexión en su historia. Y es que se merecían saber toda la verdad, por muy desagradable, dolorosa o triste que resultase.
A Nathan le costó empezar a hablar. Nunca había hablado aquello con nadie, al fin y al cabo. Pero con ella tenía que hacerlo. 
Sus palabras, indecisas al principio, fueron volviéndose más firmes cuando los recuerdos fueron acudiendo a él.

- Mi padre… Todos mis problemas giran en torno a él, por así decirlo. No sé si nos quiso alguna vez. Creo, y es una certeza probable, que sólo soy un error que lamentó toda su vida. 
Por mucho que lo intente, no recuerdo un solo día de mi vida en el que mi padre no bebiese. Pero sí recuerdo cuando empezaron las amenazas y peleas, que vinieron después. -hizo una pausa, pues le costaba continuar con algo así.- Ni te imaginas esa impotencia, Pri, ni te la imaginas. Sólo podía esconderme. No podía defender a quien más quería. Me sentí muy culpable por no haberla salvado.- su voz se tornó algo amarga cuando continuó.- Al menos el suicidio con pastillas te ahorra el dolor, así que quizá hasta fue lo mejor. 
Dicen que si te suicidas vas al infierno… pero  yo no creo que exista un infierno peor al que mi madre vivía.

Cerró los ojos un instante. Aquello estaba siendo más difícil de lo que había imaginado. Pero una vez comenzada, tenía que acabar de contar la pesadilla que eran sus recuerdos.
- De repente, estábamos solos. Él pareció intentar cambiar, intentar ser mejor persona. Pero no lo hizo.
No recuerdo exactamente cuándo dejó de pegarme… ¿Fue a los catorce? –frunció el ceño, como si tratase de recordar.- Sí, creo que tenía catorce años, quizá quince, pero la fecha es irrelevante. Lo que sé es que la agresión de aquella vez se me quedará grabada para siempre, tanto en el recuerdo como en el cuerpo-dijo, y acto seguido se levantó la camiseta, mostrando las cicatrices irregulares del abdomen que brillaban blanquinosas por la humedad de la zona fruto de las heridas más recientes.

Prickle no pudo evitar una exclamación ahogada. ¿Cómo no se había dado cuenta cuando le curó? Aquellas heridas no eran recientes, sino de bastante tiempo atrás. Mirando con los ojos muy abiertos, se fijó también en las muchas cicatrices más pequeñas en varias zonas. 
Una pregunta se formó en sus labios, pero Nat la respondió antes de que la formulase.

- No hay arma más peligrosa en las manos de un demente que una botella vacía. -percibiendo su preocupación, continuó para intentar que no se centrase en las heridas mientras se bajaba la camiseta.- Creo que ahí fue cuando me planté. Dije basta, y comencé a defenderme. Porque, simplemente, no podía tolerar sus actos. Tampoco los perdonaré.
Quise salir de allí. Pero yo conocía a gente en centros de menores. Y quizá sea cobarde o quizá consciente de mis debilidades, pero en el fondo de mi ser sabía que yo no sobreviviría en un lugar de aquella clase. Mi maltrecha alma moriría del todo si aquello sucedía.

Aunque sus argumentos no fuesen lógicos, Pri le entendía. Le pareció ver brillar en el firmamento nocturno una luz a través de la ventana. 
Aunque sólo fuese en su imaginación, en aquel momento Prickle percibió el rayo de sol en la lucha.

Se quedó mirando a Nathan, pensando unos instantes, y suspiró agachando la cabeza.
- Te comprendo mejor de lo que crees… especialmente a ella.

La miró, con un reflejo de terror en sus ojos, y le apretó una mano con fuerza mientras ella le contaba su sufrimiento, su agonía. Trató de permanecer sereno por ella, aunque las ganas de llorar y de asesinar a aquellas personas eran cada vez más fuertes en él.

Al acabar, la voz de Pri se quebró, y comenzó a llorar. Nat la abrazó y acunó en su pecho, con suavidad.
- Nat, te juro que intento superarlo, pero es más fuerte que yo. –dijo entre sollozos.- Recuerdo que el psicólogo lo llamó estrés postraumático. Llegué a pensar que se había borrado, pero era mentira.-apretó su camiseta en un puño mientras se añadía la rabia a sus lágrimas de dolor.- Era todo mentira.
Las palabras del muchacho sonaron dulces, pero firmes.
- No se borrará, pero tú te harás más fuerte. Te ayudaré, Pri, te ayudaré en todo lo que pueda.

Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire, hasta que la joven pareció calmarse un poco, y con una voz apenas audible añadió:
- Realmente me llamo Rose. Pero ella murió tras todo aquello. Nada queda de la rosa cuando la pisotean, por mucho que intentes reunir los pétalos.
Sin dejar de abrazarla, bajó la cabeza para que ella viese sus ojos, y sonrió, acariciándole suavemente la mejilla.
- Las espinas son fuertes y preciosas, digan lo que digan.

Y supieron quedarse en silencio, sin que fuese necesario decirse nada, hasta que ella se quedó dormida. Mientras la veía por fin descansar, sintió retornar aquel profundo deseo de deshacerse de todos los males que la atormentaban, así como la bilis reapareciendo entre sus dientes apretados.
No obstante, el calor y la rítmica respiración de la muchacha, fueron haciendo que, poco a poco, él también entrase en la tierra de los sueños.

[Anael, contemplando la escena desde el principio, cerró los ojos. Era duro recordar los acontecimientos como aquellos. También para él.
-No sé dónde llevó mi hermano a tu madre, pequeño, pero te aseguro que no al infierno. Su sufrimiento acabó. Haré lo posible por ayudaros a luchar para acabar con el vuestro-dijo para nadie, y siguió contemplándolos unos minutos antes de marcharse.]

Finales felices.

Tras un momento de duda en los telefonillos, el muchacho pulsó el timbre correcto, mordiéndose los labios, dudando una vez más. ¿Seguro que estaba bien aquello?
Pronto lo averiguaría.

- ¿Sí? - contestó una voz suave.
- Prickle…

Ella reconoció su voz de inmediato. Su rostro se oscureció y sus facciones se endurecieron al otro lado del auricular. 
- Fuera de aquí.-Sus palabras sonaban como acero contra la carne.
- Pri, escucha, lo siento… Escúchame.-La voz de Nathan era suplicante.
- No. Escúchame tú. No tienes la menor idea de por lo que he pasado por tu culpa. Te fuiste, ¿verdad? Pues ahora hazte cargo y no vuelvas. Nunca.
- Pero yo…
- No quiero más excusas de nadie. Estoy harta de recibirlas. Y total, ¿para qué? No os arrepentís nunca de vuestras acciones y yo empiezo a cansarme.

Nathan podía sentir cómo su garganta temblaba, así como su voz. No quería asumir aquella realidad, era demasiado dolorosa.
- Por favor. 
- Supongo que esto es un adiós, Nathan.

Pri colgó. Nat, desesperado, tocó de nuevo repetidas veces. No obtuvo ninguna respuesta. Conteniendo el nudo que le subía a la garganta, encogió los hombros y suspiró. Estaba hundido, pero aquel final era de esperar. No existían los finales felices, ni los cuentos de hadas. 
Se quedó un segundo mirando a la puerta para acto seguido darse la vuelta y no volver nunca la vista atrás.

Sumergiéndose de nuevo en la oscuridad de sus pensamientos, no fue capaz de oír el sonido estrepitoso proveniente de las escaleras del edificio. No obstante, el chirrido de las bisagras oxidadas de la puerta al abrirse captó su atención. Olvidando la promesa que se había hecho hacía apenas un instante, comenzó a volver la vista, más por acto reflejo que por cualquier otra razón. 

Aún no le había dado tiempo a girarse cuando ella le abrazó, y los hombros de la chaqueta comenzaron a humedecerse con sus lágrimas.
- No te vayas, por favor. Lo siento, lo siento, lo siento.
Ella le abrazaba con desesperación, como si temiese que se desvaneciese allí mismo, temblando. Nathan cerró los ojos y la estrechó entre sus brazos con fuerza. 
- No pensaba hacerlo. Es aquí donde quiero estar-susurró, acariciándole el pelo mientras contenía las lágrimas de alivio al descubrir que su final podría ser feliz. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Gato negro.

Un gato negro estaba tumbado en la hierba, aprovechando el calor que esta todavía conservaba como acúmulo de todo el día. Dormía plácidamente, y soñaba con cosas que seguramente escaparían a nuestra imaginación, aunque algo era seguro: no parecían agobiarle. Tan solo era un gatito dormilón y feliz.

Aún sumergido en sus sueños, levantó las orejas, notando un cambio en el ambiente. 
Sus ojos se tornaron una rendija mientras observaba cómo una figura descendía del cielo hasta poner los pies en la tierra húmeda. 
No movió un solo músculo hasta que la figura se aproximó. Entonces, se desperezó lentamente y se le acercó, ronroneando.

Él, por su parte, se agachó para rascarle la cabeza al pequeño y adorable animal.
- Hola, gatito. ¿Precioso anochecer, no crees?
El gato maulló, como si contestase afirmativamente, y Azrael no pude evitar sonreír.

Le encantaban los gatos. Especialmente los negros.
Aunque el color no le importaba mucho, a decir verdad.
Eran las connotaciones que los humanos les habían dado a esos animales a lo largo de la historia, y no otra cosa, lo que despertaba su simpatía.
En cierto modo, no podía dejar de encontrar cierta similitud entre ellos.

Azrael le percibió mucho antes de verle. Cogiendo al animal con delicadeza, se dirigió rápidamente al muchacho que caminaba indeciso en las proximidades. De tanta indecisión, parecía que caminase hacia atrás. Contuvo sus ganas de menear la cabeza y se limitó a observar mientras le dirigía suaves palabras al gato. 
- Fíjate pequeño. Este muchacho está actuando de una forma tan estúpida que ni es justificable por su juventud. En el fondo me da un poco de pena, pero no se lo digas. Supongo que sé lo que es tener a la indecisión por compañera. 

Acarició distraídamente el lomo del animal mientras lo sujetaba con su otro brazo.
- ¿Qué opinas? ¿Le damos un empujoncito?
El gato sólo le miró, y sus ojos brillaron antes de salir corriendo.

La cara de Nathan denotaba sorpresa cuando notó algo enredándose en sus tobillos y haciendo un suave sonido de motor. Era extraño: por lo general, los animales solían evitarle. No les caía bien. Especialmente a los gatos, que ya de por sí solían ser esquivos. Pero aquél era diferente y curiosamente encantador. 

Inclinándose, le acarició tras las orejas. Era muy suave. Cerró los ojos, y en la suavidad y sus sonidos tranquilos y amables encontró el recordatorio que había estado buscando inconscientemente. Sonrió. Siempre sienta bien saber que has tomado la decisión apropiada.

Siguió caminando, despidiéndose del pequeño, pero éste le seguía. Se rindió, y le dejó acompañarle en su camino.
- Acompáñale a casa, pequeño-susurró Azrael mientras alzaba el vuelo. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Pensamientos.

Tres días habían pasado desde que se fue, y, en esos tres días, Nathan se había convertido en un sin techo. Se limitaba a sobrevivir, pasando las mañanas en la biblioteca, comprando algo de comida barata con sus cada vez más escasos recursos econónimos, pasando la tarde dando tumbos sin rumbo fijo hasta dormir donde podía.

Seguía resistiéndose a volver a su casa, pese a que era la opción más fácil. Si había una ventaja en las borracheras era que su padre no se habría enterado de su regreso si era cuidadoso.
Pero su cabeza pedía a gritos un respiro. Necesitaba seguir separado de aquel ambiente tóxico.

Miró el calendario del móvil y suspiró. No podía seguir faltando tanto a clase. Pero era demasiado arriesgado. Con amargura en su garganta, pensó que, de todas formas, el estudio carecía de sentido. 
Había perdido el entusiasmo hacía mucho tiempo.
Ahora, lejos de la densa oscuridad de su hogar, podía pensar con más claridad, y pensaba en cosas que nunca había pensado, por extraño que pareciese. 
Todos tenemos que plantearnos ciertas cosas tarde o temprano. 
Hasta él.

No sabía quién era, ni qué pretendía hacer con su vida. Se sentía perdido, y no lo entendía, ya que no tenía un lugar a dónde ir. 
Al menos no hasta ahora.

Ella regresaba cada dos por tres a sus pensamientos. No lograba sacarla de su cabeza, ni tampoco de su corazón.
¿Por qué? Ahora que no estoy a tu lado, es como si me hubiesen quitado un trozo de mí que ni sabía que existía. 
Me gustaría que esto sólo fuese un mal sueño, y que al despertar estuviese otra vez en tu casa. 
Porque, me guste o no, lo comprenda o no, te echo de menos.”

Aunque lo intentaba negar con todas sus fuerzas, la realidad cada vez era más evidente. Aquella chica, Prickle, significaba algo para él, pese a que no tuviese sentido, pese a ser casi una completa desconocida.
Pensó en sus cabellos plateados, en cómo se iluminaba su rostro al sonreír, en la suavidad de sus manos. En su calidez. En su bondad. Al hacerlo, sintió de pronto una punzada intensa de culpabilidad perforando su pecho. Se la merecía, al menos eso pensaba su juez interior. Lo que le había hecho no estaba bien. 
Había respondido a todo aquel cariño de la peor forma posible, y lo sabía. 

Una parte de él quería regresar con ella, disculparse y no preocuparse de lo que sucedería al día siguiente. Pero no podía hacerlo. No después de haber actuado con aquella insensibilidad.
No importaba que lo hubiese hecho para protegerla de sí mismo. Los hechos eran los hechos, y tenía que acarrear con las consecuencias de sus decisiones.
No obstante, anhelaba volverla a ver.

“Pero la realidad es que no puedo imaginarme un mundo en el que los deseos se hagan realidad, y sé que no puedo volver, y me siento encerrado en la cárcel que he creado con mi propio aislamiento, con mis decisiones, que ahora temo que estuviesen equivocadas.”

Se frotó el rostro, con unas repentinas ganas de llorar que frenó mordiéndose los labios.
“Tengo miedo a que me odies. El miedo cada vez me da más miedo…”
Miró a su alrededor sin ver nada mientras seguía con su monólogo interior.
“No sé nada del mundo, ni de mí. Sólo sé que quiero volver a estar a tu lado.”

Se preguntó si se acordaría de él, y sacudió la cabeza. Seguramente ya le había olvidado. 
Cualquiera en su sano juicio olvidaría a semejante idiota. 
Pero, realmente, no quería que le hubiese olvidado.

***

Se sentó en el sofá, o más bien se dejó caer, sin pensar en nada, abatida. Tras tres días, ya no creía que regresase, por suerte o por desgracia. Ya estaba harta de pasar horas en aquel parque, persiguiendo la vana ilusión de que regresaría a donde se conocieron. 
Miraba las noticias con miedo, pensando que podría salir él en cualquier momento, y no para bien. 
“Noto el paso del tiempo sobre mi piel, lento, torturándome, porque en esos segundos no apareces.”

Una lágrima resbaló por su mejilla.
“Maldita sea, no sé cómo no te has acostumbrado de nuevo, Prickle, estúpida. No le importas nada a la gente, ya lo sabes. O te traicionan o te abandonan tarde o temprano, todos, sin excepción. No le deberías echar de menos.
Se miró la mano, pensando en lo que había sentido cuando le dio las gracias, y volvió a reñirse mentalmente por ello. 
“Estoy cansada de perder el tiempo esperando, esperando a que llegue el momento en el que vuelvas.”

Pero todavía miraba a aquel sofá nada más abrir la puerta, con la falsa esperanza de que él sonriese desde allí, justo como aquella noche.

***

Una pregunta se repetía una y otra vez en su cabeza.

“¿Debería intentarlo? ¿Debería volver?”

La pregunta le estuvo atormentando una hora, dos, tres, hasta que tomó, por fin, una decisión.
Se pasó los dedos por el pelo, nervioso. La idea no parecía prudente, y podía oler la catástrofe. 
Pero en su interior sabía que era la única opción.

Porque no era capaz de pensar en ningún lugar en el que Prickle desapareciese de sus pensamientos.  

sábado, 22 de noviembre de 2014

Causas perdidas.

La oscura melena se le pegaba a la piel, empapada de lluvia y sangre. Levantando su espada, asestaba cientos de golpes, uno tras otro, a sus enemigos, dejando un sinfín de muertos a su paso a los que sólo les quedaba una mirada vacía. 
El metálico brillo de su armadura había sido sustituido por la opacidad granate de la sangre propia y ajena. Era un color más apropiado para las circunstancias. Su capa ondeaba, rasgada, en el iracundo viento.

Escupió mientras miraba a su alrededor, sin bajar la guardia. 
Aquello estaba siendo una masacre.

Había sido un iluso, y eso en un comandante era imperdonable. Quizá si no hubiese estado tan cegado por su sed de venganza y la de su pueblo, se habría dado cuenta de que aquella batalla estaba perdida de antemano. 
Su orgullo tras la victoria obtenida en Asicya les había impedido ser realistas. No habían diseñado una estrategia adecuada. 
Se maldijo por enésima vez por su soberbia sin dejar de arremeter contra las tropas enemigas.

Pero de nada servía lamentar el pasado, pues no iba a cambiar el hecho de que ahora era demasiado tarde, y Sarrask y sus hombres pagaban las consecuencias.

Por un momento, al mirar a sus desesperados -y cada vez más escasos- hombres, consideró la retirada. Estaban cerca de los montes de Engar, y contaban con la ventaja de haberse criado en las montañas. Aunque malheridos, sabía que podrían escapar. 
También sería fácil rendirse, aunque nada les garantizaba la supervivencia si lo hacían, pero daba lo mismo.
Cualquier opción parecía más viable que continuar aquella lucha.

“Vive hoy para luchar mañana, hijo”. Las palabras de su padre permanecían en su memoria. Quizá debió escucharle más a menudo en otro tiempo.
Pero Sarrask no estaba hecho de la madera de los sabios, sino de la de los héroes.

Levantó los ojos, con la chispa centelleante de la determinación en ellos. Sonreía de forma amenazante, maníaca, con esa sonrisa que sólo los locos entienden. Con una carcajada, desgarró el vientre del oponente que venía hacia él por el flanco izquierdo, y acto seguido alzó su espada al cielo.
Si se rendía ahora, todo carecería de sentido.

- ¡Hijos de Albor, luchad!- su bramido llegó a todo hombre vivo, y respondieron con el clamor de quienes no abandonarán la batalla hasta el final. -¡Por la victoria!

Siguieron peleando por encima de cadáveres de ambos bandos. No importaba que fuese una causa perdida.
Luchaban por su honor, por su tierra, por su libertad, y eso no se podía detener tan fácilmente.

No tenía sentido vivir otro día si su honor moría allí. La muerte llegaría a ellos tarde o temprano, y sus cuerpos se pudrirían y serían comidos por las alimañas del subsuelo. 
Pero sin importar el final, seguirían existiendo.

El honor de los héroes prevalece en las historias, sin importar que luchasen por una causa perdida.

Las nubes se tornaban cada vez más oscuras en el cielo, augurando la proximidad de sus muertes. No les importó. Sarrask aún confiaba en que verían el sol brillar de nuevo para ellos, para su victoria.

Seguirían luchando hasta el final, y perder no entraba en sus planes.

***

Nathan cerró el libro, tragando saliva. Sus ojos lucían tristes, pero no iba a permitir a las lágrimas apoderarse de ellos.

Dejó el libro de nuevo en el estante y salió de la biblioteca en la que había pasado la mañana, al igual que los últimos dos días. En el fondo, no quería saber cómo acababa. 
No quería pensar en la posibilidad de que, al final de la historia, Sarrask no siguiese con vida.

También hubo en su interior un héroe que luchaba por causas perdidas, pero murió tiempo atrás. Le echaba mucho de menos.

Aunque, en el fondo, todavía estaba dispuesto a creer en la pequeña posibilidad de que aquella parte luchadora no estuviese muerta sino solamente perdida, esperando a que la encontrase. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Alas ensangrentadas.

Puso la cabeza hacia abajo y sacudió su cabello rubio en un intento de librarse de su rabia. 
Y es que, aunque Dan le quería mucho, ahora mismo estaba algo enfadado con Oliver. 
Se le pasaría enseguida, por supuesto, como siempre. Pero es que, aunque no creía en un dios, pensaba que tenía que existir algo más de lo que percibían con sus rudimentarios sentidos, y no le gustaba que su pareja juzgase de forma negativa eso. 
Estaba convencido de que existían seres que escapaban a su comprensión, seres más allá de su inteligencia. 

No obstante, también creía una cosa: aquellos seres, estuviesen donde estuviesen, no eran sus amigos.
“Los seres humanos siempre han estado solos, y siempre estarán solos”.

Por supuesto, no sintió el abrazo de aquellas plumosas alas desde su espalda, pero sonrió, y su humor mejoró ligeramente, planteándose disculparse en cuanto Oliver volviese de la universidad.

Anael soltó el abrazo y se marchó, contento.
No podía hacer más de lo que estaba haciendo, pero no se quejaba. 
El amor que conseguía hacer salir de sus corazones era más que suficiente como para sentirse satisfecho.

Las nubes eran densas y blancas, y el ángel se dirigió a una de ellas. Un recuerdo había reaparecido desde lo más profundo de su memoria, y quería rememorarlo en un lugar tranquilo. 
Aunque, por otro lado, también había sucedido en una nube como aquella, sólo que muchos años atrás.

Era duro no poder salvarlos a todos, siempre lo fue. Tener en sus manos el poder para sanar y ver tanto dolor autoinflingido, tanto rechazo a la belleza de todas las cosas, tanta muerte cuando no era su hora.... Todo era demasiado para él. 
Por eso estuvo aquella vez hace tanto tiempo sentado en una nube, arrancándose sus blancas plumas, una a una, dejando decenas, cientos de pequeñas heridas sangrantes en sus alas. Sin llorar, sin decir una sola palabra. Era su forma de rechazar su trabajo, ya que era de excesiva crueldad para un ser tan bondadoso.
Sólo quería dejar de ser un ángel, pues se sentía un completo inútil.

La luz sobre su ser disminuyó, pues una sombra se interponía entre ellos. Anael levantó la cabeza y, abatido, miró al ángel de túnica oscura. 
Nunca había hablado con el solitario ángel de la muerte. En su delirio autodestructivo, pensó que Azrael venía a llevárselo al otro lado. Pero, como bien habría recordado si hubiese estado lúcido, aquel lugar estaba vedado para ellos, incluso para su compañero, que sólo guiaba a las almas en una parte del camino.

Azrael se le acercó y puso las manos a unos centímetros de las heridas sangrantes. Una luz blanca irradió de ellas, haciendo que las heridas se cerraran, dejando unas alas ensangrentadas como única prueba de que habían existido alguna vez.

Muy serio, hizo algo que jamás volvería a hacer: se levantó la capucha, y miró a Anael directamente a los ojos. 
Sus palabras eran martillazos furiosos. 
- No te atrevas a volver a hacer algo así. Nunca, ¿me oyes? Nunca.- dejó escapar un leve gruñido.- Sólo porque algunos se nieguen a aceptarte no implica que tu trabajo sea inútil. Siéntete orgulloso de lo que eres, estúpido. – Miró hacia abajo, pensando en los seres que estaban a su cuidado, y su voz se suavizó, sonando más calmada.- Todo es amor, tú lo sabes mejor que nadie. ¿Qué sería de ellos sin tu vigía?

Anael siguió mirándole, perplejo ante la verdad en aquellas palabras, y se dio cuenta de algo más.
- Tienes razón. Todo es amor… También tú. Aunque nadie se dé cuenta.
Fingió no haber escuchado aquella última parte y le tendió una mano para ayudarle a levantarse. Anael la aceptó con una sonrisa. 
Una vez se incorporó, sin previo aviso, le abrazó.

- Azrael, eres mi hermano, aunque no lo creas.  

Ahora, tumbado allí, nadie adivinaría a qué se debía el tinte rosáceo que se apreciaba en amplias zonas de sus alas. 
Pensó en Azrael, a quién había llamado hermano desde entonces. Se preguntó dónde estaría.
A veces coincidían, a veces no, pero siempre se cuidarían mutuamente, a su manera.

Con un susurro de agradecimiento, se levantó de aquella nube, preparado para continuar.  

jueves, 20 de noviembre de 2014

Preocupaciones.

Como la mayoría de personas, no recordaría nunca lo que había soñado aquella noche. Pero no olvidaría la forma en la que despertó.
Una mano agitó suavemente su hombro, y al abrir los ojos se encontró envuelto en una cortina de cabellos blancos que refractaban el paso de la luz hasta su rostro.
“Ojalá despertar así siempre” pensó, conmovido.
Cuando se vio reflejada en sus pupilas, la muchacha sonrió.
- Venga, arriba, que el día te estaba esperando.

Al levantarse, Nathan lamentó haberlo hecho tan deprisa. Las heridas aún dolían. Bastante además. 
Ella le miró de reojo, sin que él lo notase, y no dijo nada al respecto. Era consciente de que tardaría unos tres o cuatro días en recuperarse del todo. 
Hasta entonces, lo último que necesitaba era pensar que inspiraba compasión o, peor aún, pena. 
Le costaba asumirlo, pero, si no había nada más en su mano, no le quedaba más remedio.

Aquel fue un extraño comienzo, aunque, en cierta manera, todos los comienzos lo son. 
Desayunaron como si se conociesen de siempre, como si no hubiese nada poco común en sus circunstancias. No se veían como dos extraños, y en esto la única opinión que importaba era la suya.

Bromeaban y hablaban de temas sin importancia, pero no podían evitar que, poco a poco, la realidad se cerniese sobre ellos. El silencio los fue envolviendo al tiempo que iban sintiéndola, como un yunque a punto de caer sobre sus frágiles cráneos.
Pri sacudió la cabeza. No podía dejar de lado el hecho de que necesitaban encontrar un remedio a su situación.

- Tenemos que hacer algo.-sus palabras sonaron débiles, reacias a aceptar la crudeza de la verdad.
Nathan suspiró, resignado. 
- Lo sé. Pero… antes de nada, quiero que sepas algo. -Nathan estaba muy serio, lo que la asustó. Aquellas palabras no auguraban nada bueno.-Creo que debes saberlo.
- Te escucho.-Fue cuanto acertó a decir. 
- Lo que me ha pasado tiene que ver con mi padre. No vivo una situación agradable, no te voy a mentir. Pero, ¿sabes? Pronto seré mayor de edad. Si ahora se enterasen de cómo es mi casa, acabaría en un centro de acogida, o algo así. -Sus palabras se volvieron aún más graves y duras, como si hablase una estatua de piedra y no una persona.- No me importa que me pase cualquier otra cosa. Pero eso no. Nunca. 

Se mordió la cara interior de la mejilla. Una vez más, la pared empujaba contra la espada, y no encontraba la forma de detenerla. Tras unos segundos, añadió una frase que quedó flotando en el aire. 
- De acuerdo. Pero no vamos a permitir que te haga más daño. 
Hubo un silencio, que de nuevo la muchacha rompió una vez tuvo estudiadas mentalmente varias opciones.
- ¿Algún otro pariente o amigo? Seguro que te apoyarán...
Nathan sacudió la cabeza con un gesto negativo. No había nadie, pero, aunque lo hubiese, no era una opción. No pensaba permitir eso. 
- No te preocupes. Volveré a casa y aguantaré. No falta tanto, seis meses pasan volando. -hizo un esfuerzo en que su sonrisa pareciese despreocupada, sin conseguirlo. 
- Nat, no, eso no. Quédate aquí. Hay otro dormitorio, aunque está algo sucio, pero podemos limpiarlo. -Pri sonaba tensa, pues no quería que él volviese a aquella situación. No soportaba el daño ajeno... pero era algo más.De verdad que no me importa que te quedes. Aunque suene extraño, siento que puedo confiar en ti.

Algo dentro de Nathan le impedía aceptar aquella oferta. Quizá era su parte orgullosa, o la protectora, o una combinación de ambas. Pero tenía claro algo: no se convertiría en el problema de nadie. Y mucho menos de alguien tan dulce. 
No obstante, su rostro mostró una tímida sonrisa. 
- No quiero ser una molestia, así que de momento no te preocupes por el otro dormitorio. Tu sofá es muy cómodo.
Pri sonrió, aliviada.
- Bueno, está bien, pero algo me dice que tarde o temprano tendremos que hacerlo. - parecía mucho más animada tras haber disipado aquella angustia creciente en su interior. 

El día transcurrió de una forma normal, tranquila. Sin preocupaciones, sin hacer nada especial, perdiendo el tiempo. Aunque a Nathan le extrañó bastante que Pri no tuviese que salir de casa un día entre semana. 
La miró, dándose cuenta de pronto de que no sabía nada de ella. 
¿Qué edad tendría? No parecía mayor que él. Sin embargo, vivía sola. No iba a clase, pero tampoco parecía tener que trabajar entre semana... Se preguntó qué se estaba perdiendo. 
Pero para él, el encanto de un misterio residía en gran parte en el hecho de ser algo desconocido, y no tenía prisa en dejar de disfrutarlo.

Cuando llegó la hora de dormir, ella le abrazó, sacándole los colores ligeramente. Suerte que la muchacha no pareció darse cuenta, porque no le gustaba nada que lo viesen así. Le hacía sentirse aún más vulnerable.
Pri se durmió, pero Nat no, pues había estado esperando ese momento. 
Cuando supo que Pri ya debía estar dormida, se levantó y, haciendo el menor ruido posible, se marchó, sin dejar una nota, sin ningún tipo de despedida. 

“Ojalá las cosas hubiesen sido de otra manera. Lo siento de verdad, pequeño ángel.” Cerró la puerta tras de sí, tragándose el nudo que se le había formado en la garganta. 

Quería pensar que la olvidaría fácilmente. Al mismo tiempo, quería equivocarse.
Pero eso no cambió el hecho de que se marchó, abandonando a la joven por la oscuridad, su antigua compañera. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Recuerdos.

Tumbada en su cama sin quitarse la ropa, miró al techo, intentando no pensar. Se había hecho toda una experta en mantener recuerdos a raya tras tanto tiempo. Aunque quizá no el más adecuado, era su método de seguir adelante. 
No obstante, a veces sus barreras se desmoronaban. Esas veces, apretaba los dientes mientras se intentaba obligar a resistir. 
No siempre lo conseguía. 

Todo acudía a ella a una velocidad vertiginosa, y los recuerdos reales se mezclaban con las emociones pasadas y presentes. A veces hasta se formaban imágenes, como las de aquella noche de catarsis. 
Con el insomnio por compañero nocturno, repasó una vez más el significado de aquella alucinación.

Recordaba que el suelo era rojo y morado, los colores en los que se apoyaba su interior, los colores del martirio, del ataque violento, de la vergüenza. 
Los dientes afilados de las nubes o de sus padres, que reían mientras mancillaban a su propia hija. 
"¿Tan divertido era para vosotros?"
Pegó un codazo a su almohada, hacia atrás, seguido de otro. Cómo se alegraba de que llevasen tanto tiempo en prisión. Si algo había aprendido, es que nadie es propiedad de nadie. Tampoco ella. 
Un padre no debería poseer a sus hijos.

Recordó que sus tíos -en otro tiempo también sus tutores a falta de unos padres competentes- se habían extrañado cuando, al cumplir los dieciocho, quiso volver a vivir en la casa. Pri pensó que así le resultaría más fácil hacer frente a aquellos horribles recuerdos. Se equivocaba.
Aunque no llegasen a la retina, los pájaros seguían dañándola, nutriéndose de sus males, fortaleciéndose en la tortura de su carne -y de su alma.
Pese a haber quemado todas las fotos, pese al tatuaje con el que había ocultado la cicatriz de su rostro, los recuerdos oscuros se negaban a dejarla ir. 
Se llevó la mano a la cara, y recorrió el contorno de su rosa negra, como había hecho cientos de veces. 
"Quizá haya perdido todos mis pétalos, pero me quedan las espinas". 

Giró su cuerpo y se tumbó sobre su costado, mirando a la puerta, cansada de no encontrar en la negrura del techo respuestas a las preguntas que jamás pronunciaría en voz alta. 

Un pequeño ronquido la sacó de sus pensamientos. 
Sonrió, sintiendo una tenue calidez en su interior. 
Si escuchaba con detenimiento, podía oír aquella respiración, dificultosa pero rítmica. Era suave, la relajaba, y eso le gustaba. 
Los sonidos de la respiración del joven sustituyeron poco a poco a los recuerdos, y Pri fue entregándose a la placidez del sueño sin pesadillas. 

martes, 18 de noviembre de 2014

El sonido de la bondad.

El edificio era bastante corriente, de esos que parecen clones de sus vecinos, con un pequeño rellano antes de llegar al ascensor al que subieron, pulsando el botón del último piso. 
Con Nathan aún apoyado en sus hombros, Pri maniobró para abrir la puerta sin hacerle perder el equilibrio.

Aunque no estaba muy despierto, Nathan sentía curiosidad, y observó todos los detalles que pudo cuando ella accionó el interruptor de la entrada. 
No era un lugar grande, o quizá no se lo parecía por estar acostumbrado a una casa unifamiliar. Desde la entrada se veía el salón a un lado y un par de puertas al otro, seguramente dormitorios y un cuarto de baño. 
Sin mediar palabra, Pri lo condujo al salón. La decoración era austera, como si a la muchacha le importase poco el aspecto de su hogar, como si ese no fuese su hogar en absoluto. 
Pero lo que a Nat le llamó la atención fueron los marcos de las paredes. Estaban vacíos. Todos y cada uno de ellos. Además, el de detrás del sofá tenía el cristal roto. 

Pri vio en los ojos del chico formarse preguntas mientras le ayudaba a sentarse. Puso suavemente un dedo sobre sus labios. 
- Cada uno tenemos nuestros secretos, y hay cosas que prefiero mantener en el olvido.-los ojos de la muchacha se oscurecieron, mirando hacia un interior que no parecía albergar recuerdos agradables. 

Cuando desapareció en busca de su botiquín, Nathan pensó en qué se ocultaría tras aquellas palabras, aunque decidió respetarlo. Se lo debía. 
No tardó mucho en aparecer para ponerse a desinfectar sus heridas. Él intentaba aguantar el dolor, con escaso éxito.
- Shh, shh, lo sé, sé que duele.-su voz sonaba dulce, casi maternal, y sus ojos brillaban, como si hubiese cambiado la persona que había hablado minutos atrás-Muy bien, venga, tranquilo. Ya casi está.

Sonrió mientras vendaba su abdomen en círculo. Por dentro estaba preocupada, pues notaba que no era sólo la herida superficial, sino que por debajo había daño acumulado, seguramente reciente. Pero era importante conservar la calma.
Al menos por fuera.

Cuando acabó, se dio la vuelta y miró el reloj que colgaba de la pared. Suspiró al ver lo tarde que era. 
- Muy bien, Nat, creo que ya va siendo hora de dormir.-con un movimiento abrió el sofá mientras bostezaba. -Espera un segundo.
Desapareció por la puerta más cercana al comedor y volvió con unas mantas y una almohada. 
Tarareaba una melodía que él no conseguía reconocer pero que al mismo tiempo le resultaba familiar, como si lo hubiese escuchado hacía mucho tiempo. 
Sonrió como un idiota. 
Quizá fuese así como sonaba la bondad. 
- Soy una buena anfitriona, ¿eh? –dijo sonriendo, sin notar que por un momento Nathan estaba ensimismado mirándola. 
- Sólo te falta traerme un chocolate caliente con galletas –respondió él, intentando ser sarcástico, pero acabando por reír al ver que ella también lo hacía.
- Buenas noches.
- Buenas noches.

Pri apagó las luces del interruptor que quedaba junto al sofá. Cuando iba a salir de la habitación, notó una mano helada sobre su antebrazo. 
- Y, esto, Pri… gracias.


El rostro de la joven brilló en la oscuridad mientras se desasía de su mano con una suave caricia. Se metió en su cuarto, dejando la puerta entreabierta. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

Estrellas perdidas.

No echaba de menos muchas cosas desde que vivía en la ciudad, salvo cuando miraba por la ventana de su cuarto, intentando posponer el momento de irse a la cama. Era entonces cuando Emily se daba cuenta de lo mucho que extrañaba a las estrellas.

Asomada al balcón, seguía buscándolas noche tras noche, pese a saber que no las encontraría, pues nunca las había encontrado desde allí. Quizá un malvado brujo, como el del cuento que estaba abierto sobre su cama, las había quitado del cielo nocturno. 
Pensó en el cuento, en la princesa, en el príncipe, en la derrota del brujo, en los finales felices. Pero pese a tener diez años, ella ya no creía que el mundo fuese un lugar como los que salían en los cuentos.
Y es que, si todos los finales fuesen felices, los ojos de su hermano mayor no habrían dejado de brillar, el pequeño no estaría en una cama más de un año y su madre no lloraría en su cuarto a diario y sería más como el resto de madres. 

Aunque quizá sí que estuviese en un cuento, y su hermano mayor fuese el héroe. 
O quizá lo era el temerario gato negro que saltaba de balcón a balcón en el edificio de enfrente.

- Emily, ya es hora de dormir-dijo una voz serena, sacándola de sus pensamientos.

Como cada noche, sonrió de espaldas a su hermano. Adoraba que fuese a obligarla a ir a la cama, pero jamás lo admitiría. En su lugar, protestaba.

- David, un ratito más… que ya soy mayor.-Todos nos vemos mayores con diez años, no lo vamos a negar.

Él fue hacia la ventana con intención de cerrarla, con los ojos cansados, pero al llegar decidió que podría venirle bien algo de aire fresco y la abrazó por la espalda, soplándole en el pelo. Emily comenzó a reírse: le hacía cosquillas, y que su hermano oliese a salitre siempre era buena señal.

- Has vuelto a ir a la playa, ¿verdad?-puso cara seria antes de seguir.-Hace mucho frío para eso.
- Dijo la señorita que se dedica a estar enfriándose con la ventana abierta –replicó David, haciéndole cosquillas en los costados.-Vamos, ya es suficiente. A la cama.

Hizo ademán de cerrar la ventana cuando la niña se asomó de nuevo y señaló a dos personas que caminaban por la acera a la luz de las farolas.

- Mira, David, mira, su pelo está hecho de estrellas perdidas.-dijo con su voz aguda, asombrada. "Debe necesitaros mucho si os habéis quedado todas con ella", pensó, no del todo equivocada. 

David sonrió. Así que aún quedaban locos enamorados que se olvidaban de todo, incluso del tiempo, mientras paseaban. Les dirigió una última mirada cariñosa mientras cerraba definitivamente la ventana. 

Ojalá los dos hermanos hubiesen estado en lo cierto, pero la historia de aquellas dos figuras no era tan bonita como la de los cuentos. 
Por suerte, un par de calles más y llegarían a casa de Prickle.