Tres días habían pasado desde que se fue, y, en esos tres días, Nathan se había convertido en un sin techo. Se limitaba
a sobrevivir, pasando las mañanas en la biblioteca, comprando algo de comida
barata con sus cada vez más escasos recursos econónimos, pasando la tarde dando
tumbos sin rumbo fijo hasta dormir donde podía.
Seguía resistiéndose a volver a su casa, pese a que era la opción más fácil. Si había una ventaja en las
borracheras era que su padre no se habría enterado de su regreso si era
cuidadoso.
Pero su cabeza pedía a gritos un
respiro. Necesitaba seguir separado de aquel ambiente tóxico.
Miró el calendario del móvil y
suspiró. No podía seguir faltando tanto a clase. Pero era demasiado arriesgado.
Con amargura en su garganta, pensó que, de todas formas, el estudio carecía de
sentido.
Había perdido el entusiasmo hacía mucho tiempo.
Ahora, lejos de la densa
oscuridad de su hogar, podía pensar con más claridad, y pensaba en cosas que
nunca había pensado, por extraño que pareciese.
Todos tenemos que
plantearnos ciertas cosas tarde o temprano.
Hasta él.
No sabía quién era, ni
qué pretendía hacer con su vida. Se sentía perdido, y no lo entendía, ya que no
tenía un lugar a dónde ir.
Al menos no hasta ahora.
Ella regresaba cada dos por tres
a sus pensamientos. No lograba sacarla de su cabeza, ni tampoco de su corazón.
“¿Por qué? Ahora que no estoy a
tu lado, es como si me hubiesen quitado un trozo de mí que ni sabía que
existía.
Me gustaría que esto sólo fuese un mal sueño, y que al despertar
estuviese otra vez en tu casa.
Porque, me guste o no, lo comprenda o no, te
echo de menos.”
Aunque lo intentaba negar con
todas sus fuerzas, la realidad cada vez era más evidente. Aquella chica, Prickle, significaba
algo para él, pese a que no tuviese sentido, pese a ser casi una completa
desconocida.
Pensó en sus cabellos plateados,
en cómo se iluminaba su rostro al sonreír, en la suavidad de sus manos. En su
calidez. En su bondad. Al hacerlo, sintió de pronto una punzada intensa de
culpabilidad perforando su pecho. Se la merecía, al menos eso pensaba su juez interior. Lo que le había hecho no estaba bien.
Había
respondido a todo aquel cariño de la peor forma posible, y lo sabía.
Una parte
de él quería regresar con ella, disculparse y no preocuparse de lo que
sucedería al día siguiente. Pero no podía hacerlo. No después de haber actuado
con aquella insensibilidad.
No importaba que lo hubiese hecho
para protegerla de sí mismo. Los hechos eran los hechos, y tenía que acarrear
con las consecuencias de sus decisiones.
No obstante, anhelaba volverla a
ver.
“Pero la realidad es que no puedo
imaginarme un mundo en el que los deseos se hagan realidad, y sé que no puedo
volver, y me siento encerrado en la cárcel que he creado con mi propio
aislamiento, con mis decisiones, que ahora temo que estuviesen equivocadas.”
Se frotó el rostro, con unas repentinas
ganas de llorar que frenó mordiéndose los labios.
“Tengo miedo a que me odies. El
miedo cada vez me da más miedo…”
Miró a su alrededor sin ver nada mientras seguía con su monólogo interior.
“No sé nada del mundo, ni de mí.
Sólo sé que quiero volver a estar a tu lado.”
Se preguntó si se acordaría de
él, y sacudió la cabeza. Seguramente ya le había olvidado.
Cualquiera en su
sano juicio olvidaría a semejante idiota.
Pero, realmente, no quería que le hubiese
olvidado.
***
Se sentó en el sofá, o más bien
se dejó caer, sin pensar en nada, abatida. Tras tres días, ya no creía que regresase,
por suerte o por desgracia. Ya estaba harta de pasar horas en aquel parque, persiguiendo la vana ilusión de que regresaría a donde se conocieron.
Miraba las noticias con miedo, pensando
que podría salir él en cualquier momento, y no para bien.
“Noto el paso del tiempo sobre mi
piel, lento, torturándome, porque en esos segundos no apareces.”
Una lágrima resbaló por su
mejilla.
“Maldita sea, no sé cómo no te
has acostumbrado de nuevo, Prickle, estúpida. No le importas nada a la gente, ya lo sabes. O te traicionan o te
abandonan tarde o temprano, todos, sin excepción. No le deberías echar de menos. ”
Se miró la mano, pensando en lo que había sentido cuando le dio las gracias, y volvió a reñirse mentalmente por ello.
“Estoy cansada de perder el tiempo
esperando, esperando a que llegue el momento en el que vuelvas.”
Pero todavía miraba a aquel sofá
nada más abrir la puerta, con la falsa esperanza de que él sonriese desde allí,
justo como aquella noche.
***
Una pregunta se repetía una y
otra vez en su cabeza.
“¿Debería intentarlo? ¿Debería
volver?”
La pregunta le estuvo atormentando
una hora, dos, tres, hasta que tomó, por fin, una decisión.
Se pasó los dedos por el pelo,
nervioso. La idea no parecía prudente, y podía oler la catástrofe.
Pero en su
interior sabía que era la única opción.
Porque no era capaz de pensar en
ningún lugar en el que Prickle desapareciese de sus pensamientos.
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