domingo, 23 de noviembre de 2014

Pensamientos.

Tres días habían pasado desde que se fue, y, en esos tres días, Nathan se había convertido en un sin techo. Se limitaba a sobrevivir, pasando las mañanas en la biblioteca, comprando algo de comida barata con sus cada vez más escasos recursos econónimos, pasando la tarde dando tumbos sin rumbo fijo hasta dormir donde podía.

Seguía resistiéndose a volver a su casa, pese a que era la opción más fácil. Si había una ventaja en las borracheras era que su padre no se habría enterado de su regreso si era cuidadoso.
Pero su cabeza pedía a gritos un respiro. Necesitaba seguir separado de aquel ambiente tóxico.

Miró el calendario del móvil y suspiró. No podía seguir faltando tanto a clase. Pero era demasiado arriesgado. Con amargura en su garganta, pensó que, de todas formas, el estudio carecía de sentido. 
Había perdido el entusiasmo hacía mucho tiempo.
Ahora, lejos de la densa oscuridad de su hogar, podía pensar con más claridad, y pensaba en cosas que nunca había pensado, por extraño que pareciese. 
Todos tenemos que plantearnos ciertas cosas tarde o temprano. 
Hasta él.

No sabía quién era, ni qué pretendía hacer con su vida. Se sentía perdido, y no lo entendía, ya que no tenía un lugar a dónde ir. 
Al menos no hasta ahora.

Ella regresaba cada dos por tres a sus pensamientos. No lograba sacarla de su cabeza, ni tampoco de su corazón.
¿Por qué? Ahora que no estoy a tu lado, es como si me hubiesen quitado un trozo de mí que ni sabía que existía. 
Me gustaría que esto sólo fuese un mal sueño, y que al despertar estuviese otra vez en tu casa. 
Porque, me guste o no, lo comprenda o no, te echo de menos.”

Aunque lo intentaba negar con todas sus fuerzas, la realidad cada vez era más evidente. Aquella chica, Prickle, significaba algo para él, pese a que no tuviese sentido, pese a ser casi una completa desconocida.
Pensó en sus cabellos plateados, en cómo se iluminaba su rostro al sonreír, en la suavidad de sus manos. En su calidez. En su bondad. Al hacerlo, sintió de pronto una punzada intensa de culpabilidad perforando su pecho. Se la merecía, al menos eso pensaba su juez interior. Lo que le había hecho no estaba bien. 
Había respondido a todo aquel cariño de la peor forma posible, y lo sabía. 

Una parte de él quería regresar con ella, disculparse y no preocuparse de lo que sucedería al día siguiente. Pero no podía hacerlo. No después de haber actuado con aquella insensibilidad.
No importaba que lo hubiese hecho para protegerla de sí mismo. Los hechos eran los hechos, y tenía que acarrear con las consecuencias de sus decisiones.
No obstante, anhelaba volverla a ver.

“Pero la realidad es que no puedo imaginarme un mundo en el que los deseos se hagan realidad, y sé que no puedo volver, y me siento encerrado en la cárcel que he creado con mi propio aislamiento, con mis decisiones, que ahora temo que estuviesen equivocadas.”

Se frotó el rostro, con unas repentinas ganas de llorar que frenó mordiéndose los labios.
“Tengo miedo a que me odies. El miedo cada vez me da más miedo…”
Miró a su alrededor sin ver nada mientras seguía con su monólogo interior.
“No sé nada del mundo, ni de mí. Sólo sé que quiero volver a estar a tu lado.”

Se preguntó si se acordaría de él, y sacudió la cabeza. Seguramente ya le había olvidado. 
Cualquiera en su sano juicio olvidaría a semejante idiota. 
Pero, realmente, no quería que le hubiese olvidado.

***

Se sentó en el sofá, o más bien se dejó caer, sin pensar en nada, abatida. Tras tres días, ya no creía que regresase, por suerte o por desgracia. Ya estaba harta de pasar horas en aquel parque, persiguiendo la vana ilusión de que regresaría a donde se conocieron. 
Miraba las noticias con miedo, pensando que podría salir él en cualquier momento, y no para bien. 
“Noto el paso del tiempo sobre mi piel, lento, torturándome, porque en esos segundos no apareces.”

Una lágrima resbaló por su mejilla.
“Maldita sea, no sé cómo no te has acostumbrado de nuevo, Prickle, estúpida. No le importas nada a la gente, ya lo sabes. O te traicionan o te abandonan tarde o temprano, todos, sin excepción. No le deberías echar de menos.
Se miró la mano, pensando en lo que había sentido cuando le dio las gracias, y volvió a reñirse mentalmente por ello. 
“Estoy cansada de perder el tiempo esperando, esperando a que llegue el momento en el que vuelvas.”

Pero todavía miraba a aquel sofá nada más abrir la puerta, con la falsa esperanza de que él sonriese desde allí, justo como aquella noche.

***

Una pregunta se repetía una y otra vez en su cabeza.

“¿Debería intentarlo? ¿Debería volver?”

La pregunta le estuvo atormentando una hora, dos, tres, hasta que tomó, por fin, una decisión.
Se pasó los dedos por el pelo, nervioso. La idea no parecía prudente, y podía oler la catástrofe. 
Pero en su interior sabía que era la única opción.

Porque no era capaz de pensar en ningún lugar en el que Prickle desapareciese de sus pensamientos.  

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