Gritos.
Sirenas de policía y ambulancias.
Gente asustada, muy asustada.
Sollozos.
Y, en su cuerpo, silencio.
El tráfico se había parado, causando el caos en aquella zona
de la ciudad. Las personas se aglomeraban en torno a un foco, algunos con
preocupación y temor, otros con curiosidad.
La ambulancia salió lo más rápido que pudo con la frágil
figura inmovilizada en la camilla, mientras el personal sanitario continuaba su
batalla.
- Su respiración es muy débil, no consigo reestabilizar sus
constantes.-Intentaba sonar serena, pero nunca se acostumbraría a aquellos
momentos.
- Sé que antes hemos estimado fractura en las cuatro
costillas inferiores del costado derecho, pero por sus muecas creo que hay
alguna más en el otro costado.-El enfermero se mordió el labio, rezando a su
manera a un dios en el que ni siquiera creía.
- Maldita sea, no ha despertado, y no reacciona. Maldita
sea. –su compañera ponía todos los medios necesarios para mantener la débil
respiración del muchacho, consciente de que lo único que evitaba que el hilo
que lo unía a la vida se rompiese eran ellos.
El enfermero intentó calmarla con su voz mientras limpiaba
la larga herida de la frente. La hemorragia craneal parecía empezar a
controlarse, pues ya sangraba menos. No obstante, podría haber derrame
intracraneal… No quería ni imaginarse la posibilidad.
“Necesitamos llegar cuanto antes”.
En la cabina delantera una voz mantenía una conversación
acelerada y sistemática por el manoslibres.
- Sí, vamos ya de camino […] Accidente de tráfico, llevamos
a un politraumatizado muy joven, seguramente menor de edad. […] No, no iba en
el coche, fue atropellado. Por favor, necesitaremos actuar deprisa al llegar.
[…] De acuerdo, llegaremos en menos de cinco minutos.
***
Al bajar de la ambulancia y ser transportado por los
pasillos del hospital en la camilla, Nathan recuperaba a trozos la consciencia
y volvía a la oscuridad. El equipo de emergencias se movía con velocidad y
ligero temor a su alrededor, y por mucho que intentase enfocar la vista, todo
pasaba del blanco cegador a la negrura cerrada, y de nuevo a una luz que sólo
quema.
Al parecer, el único que moriría aquel día sería él.
- ¿Algún familiar a quien avisar? –preguntó el médico de
urgencias mientras revisaba la información recogida por sus compañeros, andando
junto a la camilla a paso ligero.
- No nos ha dado tiempo a revisar sus pertenencias ni su identidad.
- Hay que hacerlo lo antes posible, sus padres deben estar
preocupados. -El médico tuvo la suerte de mirarle justo cuando estaba con los
ojos abiertos. Intentó sonreír.- Tranquilo, no trates de moverte, te vas a
poner bien, te vamos a sacar de esta.
En ese momento volvió a cerrar los ojos. No les había oído,
y el médico lo sabía.
“Ojalá podamos lograrlo… lucha, pequeño”.
De todas formas, aunque hubiese logrado oírlos, su mente
habría ignorado dichas palabras. Lo que había al despertar no merecía la pena.
Ahora no sólo estaba roto por dentro, sino también por fuera.
Las
preocupaciones se habían marchado, y parecía que pronto su alma las seguiría.
“Dejadme aquí, para siempre, en el dulce abrazo de la
oscuridad.”
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