domingo, 30 de noviembre de 2014

Palabras enterradas.

Sin aliento, podía sentir como las paredes se aproximaban. Si no conseguía despertarla pronto, sin duda alguna se vería aplastado por ellas. 
Aunque inicialmente había sido reacio a llamar al hospital porque el mero hecho de dejarla sola el tiempo necesario para coger el teléfono le provocaba pánico, lo había hecho, sabiendo que a veces las circunstancias nos sobrepasan a todos, especialmente a los que, como él, se sentían personas insignificantes.

Estaba a la espera del servicio de urgencias, que parecía que no iba a llegar nunca, acunando el cuerpo de la muchacha contra el suyo. La zarandeaba con suavidad, tratando de despertarla. Cualquier observador interesado habría visto el terror que salía a través de sus pupilas, como si ninguna de sus pesadillas pudiese rivalizar con aquel momento.
Y es que Nathan tenía mucho miedo a perderla. 

Pri respiraba, pero su respiración era tan tenue que apenas elevaba su pecho, y sus latidos parecían el golpeteo sin esperanza de un preso contra una gruesa pared escuchados desde el lado contrario. Aunque a simple vista parecía que no tenía ninguna herida de gravedad, podía vislumbrar un pequeño hilo de sangre, muy fino, que caía de su nuca. 

No creía en ángeles ni demonios, nunca lo había hecho. Pero se encontró a sí mismo pidiendo ayuda si es que había alguien ahí a quien le importase lo que estaba pasando.
Sólo quería que le dijesen como mantenerla a su lado. 
Si acababa rompiéndose, sin duda también lo haría su alma. Porque sin ella, sentía que no merecería la pena lo demás. El vacío sería tan inmenso que no habría diferencia entre vivir y no hacerlo. Pues por ella se había alzado, y sin ella caía de nuevo.
Ahora, pese a tenerla entre sus brazos, notaba cómo caía a un lugar al que no sabía si sería capaz de llegar, por mucho que lo intentase. 

Sacudió la cabeza y su mirada se tornó firme. 
Aquello no iba a pasar. 

Recordó las lágrimas en su rostro cuando volvieron a encontrarse, y sintió como se sumaban, una a una, a la inundación de su alma. Aquella flor había sido capaz de convertir la fuerza destructora apresada en su interior en la belleza de una cascada en primavera. 
No podía dejar que su luz se apagase. Ni ahora ni nunca. 
Porque ella era especial. 
Porque las palabras que aún no había pronunciado enterraban algo en sus profundidades.

Vuelve, vuelve conmigo. Y si no puedes, te traeré de vuelta, porque la historia no se acaba aquí, no puedo permitirlo. No te vas a morir hoy. Porque quiero ver de nuevo tu sonrisa. Porque he decidido que estaré a tu lado cuando necesites un apoyo, y cuando no lo necesites.”  

Oyó el sonido de una sirena de ambulancia aproximándose, y suspiró. En aquel preciso instante, Prickle abrió los ojos y tosió con una mueca de dolor. 
La sostuvo nada más comenzó a toser, procurando que no se moviese mucho, por si alguna herida se ocultaba dispuesta a jugar una mala pasada de última hora.

Ella le miró, confusa, preguntándose qué había ocurrido, algo asustada, ya que lo último que recordaba era al hombre golpeándola. 
- ¿Nat, estás b...

No llegó a terminar la pregunta, y no lo haría jamás, porque Nathan la calló con un intenso beso en sus labios a modo de respuesta, mientras la abrazaba con ternura. 
Le susurró las palabras enterradas en su corazón, dispuesto por fin a dejarlas salir. 
- Te quiero, Prickle, te quiero.

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