Espejo
con vaho. Pequeñas gotas de humedad en el ambiente. La bombilla parpadeaba, a punto de
fundirse.
Bombilla que Oliver llevaba semanas diciendo que había que cambiar, sin que
nadie lo escuchara...
Qué
más daba, nunca lo hacían, ni lo iban a hacer.
Dos
cuchillas ensangrentadas en su mano. Él, tirado en el suelo del cuarto de baño,
con las ropas mojadas y agua mezclándose con su sangre en los blancos azulejos.
Estaba casi inconsciente.
Lloraba.
Lloraba de rabia, de impotencia, de dolor.
Miró
sus muñecas, su cuerpo semidesnudo, pálido y sin ninguna herida. Sólo sangre en
su mano derecha de apretar rabiosamente las cuchillas.
Una
palabra se repetía una y otra vez en su cabeza, una palabra rotunda, un golpe
en el estómago.
“Inútil”
No
había palabra que lo describiera mejor. No servía para nada.
Era tan inútil que
ni siquiera podía acabar con su absurda existencia.
Quería
seguir llorando, pero ya no le quedaban lágrimas, tan sólo un tenaz dolor de
cabeza.
“Estupendo, me lo tengo merecido, por inútil”, pensó.
Miró a
su alrededor, la imagen grotesca que se presentaba ante sus ojos.
“Debería
levantarme… Pero no puedo.”
Y se
quedó allí, acurrucándose en posición fetal, tapándose la cara con las manos,
frías y temblorosas.
***
Apenas
pudo reprimir un grito. Mecánicamente apagó el despertador, antes de darse
cuenta siquiera de que todo había sido una pesadilla. Sí, una maldita
pesadilla, una de las peores.
Una pesadilla de sus propios recuerdos.
Un
escalofrío recorrió su espalda al pensar
en lo que habría pasado si no hubiera salido del callejón en el que por aquel
entonces se encontraba.
El
contacto de una mano en su pecho le hizo sonreír. Miró a ese maravilloso ser
que aún dormía plácidamente. Le retiró ese mechón rubio que le había caído
sobre la nariz y que acabaría por hacerle estornudar. Pasó la mano por su
hombro y lo abrazó, volviendo a dormirse con la cabeza del otro chico en su
hombro.
Así
las pesadillas no volverían, no podían volver, no con una realidad que no
podría ser mejor.
[Anael movió las alas mientras dormía, con un pequeño escalofrío. No es sólo el sufrimiento lo que nos atormenta, sino también su recuerdo.
Pero sonrió cuando pudo ver con los ojos cerrados cómo Oliver abrazaba a su pareja, y se sumió de nuevo en sí mismo.]
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