lunes, 3 de noviembre de 2014

Pesadilla.

Espejo con vaho. Pequeñas gotas de humedad en el ambiente. La bombilla parpadeaba, a punto de fundirse.
Bombilla que Oliver llevaba semanas diciendo que había que cambiar, sin que nadie lo escuchara...
Qué más daba, nunca lo hacían, ni lo iban a hacer.

Dos cuchillas ensangrentadas en su mano. Él, tirado en el suelo del cuarto de baño, con las ropas mojadas y agua mezclándose con su sangre en los blancos azulejos. Estaba casi inconsciente.
Lloraba. Lloraba de rabia, de impotencia, de dolor.
Miró sus muñecas, su cuerpo semidesnudo, pálido y sin ninguna herida. Sólo sangre en su mano derecha de apretar rabiosamente las cuchillas.

Una palabra se repetía una y otra vez en su cabeza, una palabra rotunda, un golpe en el estómago.

“Inútil”

No había palabra que lo describiera mejor. No servía para nada. 
Era tan inútil que ni siquiera podía acabar con su absurda existencia.
Quería seguir llorando, pero ya no le quedaban lágrimas, tan sólo un tenaz dolor de cabeza. 
Estupendo, me lo tengo merecido, por inútil”, pensó.
Miró a su alrededor, la imagen grotesca que se presentaba ante sus ojos. 
“Debería levantarme… Pero no puedo.”
Y se quedó allí, acurrucándose en posición fetal, tapándose la cara con las manos, frías y temblorosas.

***

Apenas pudo reprimir un grito. Mecánicamente apagó el despertador, antes de darse cuenta siquiera de que todo había sido una pesadilla. Sí, una maldita pesadilla, una de las peores. 
Una pesadilla de sus propios recuerdos.
Un escalofrío recorrió su espalda al  pensar en lo que habría pasado si no hubiera salido del callejón en el que por aquel entonces se encontraba.
El contacto de una mano en su pecho le hizo sonreír. Miró a ese maravilloso ser que aún dormía plácidamente. Le retiró ese mechón rubio que le había caído sobre la nariz y que acabaría por hacerle estornudar. Pasó la mano por su hombro y lo abrazó, volviendo a dormirse con la cabeza del otro chico en su hombro.

Así las pesadillas no volverían, no podían volver, no con una realidad que no podría ser mejor.

[Anael movió las alas mientras dormía, con un pequeño escalofrío. No es sólo el sufrimiento lo que nos atormenta, sino también su recuerdo. 
Pero sonrió cuando pudo ver con los ojos cerrados cómo Oliver abrazaba a su pareja, y se sumió de nuevo en sí mismo.]

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