Se encontraban limpiando las telarañas, moviendo muebles de sitio. Limpiaban la habitación en desuso que en otro tiempo había pertenecido a los padres de Pri, y que a partir de entonces sería la habitación de ellos dos.
Aunque Nat la estaba intentando obligar a permanecer sentada, ella insistía en ayudar, así que se rindió, dejándole las tareas de menor
carga, puesto que, aunque los médicos habían dicho que no le pasaba nada, él no
quería correr riesgos.
La besó en la mejilla cuando la pilló desprevenida, y se fue a la cocina sintiéndose un ninja pletórico.
Aquellos días se habían planteado marcharse de una ciudad
con la que ya no tenían ningún vínculo y que sólo les había traído dolor.
Además, estaba el temor a que los fantasmas volviesen a importunarlos, a tratar
de hacerles la felicidad imposible.
Pero habían ido pasando los días, y el padre de Nathan no
volvió a aparecer, y su amor parecía crecer a cada instante, si es que semejante cosa era posible. Así que, finalmente, habían decidido deshacerse de su pasado a la vez que del polvo y los
trastos viejos, dispuestos a construir su futuro juntos.
Ellos no tenían por
qué escapar de nada.
Regresó a la habitación con un par de productos de limpieza, y le sonrió a la muchacha, que se acercó sonriente a darle un suave beso mientras acariciaba su melena.
"Somos los dueños de nuestro propio destino, le pese a quien le
pese."
***
Anael y Azrael, juntos de nuevo, sonreían. A falta de las palomitas, parecían los espectadores enamorados de una película con un buen final. Ambos eran unos románticos, aunque el ángel de la muerte intentarse ocultarlo. De hecho, la realidad era que se ponía incluso más tierno que su compañero de alas blancas.
Contemplaron la escena, felices, igual que lo estaban cada
vez que veían triunfar la bondad y la felicidad en el mundo, hasta que se
sintieron satisfechos.
Acto seguido, se giraron y alzaron el vuelo, rumbo al
horizonte, rumbo a nuevas historias que necesitasen de su presencia.
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