martes, 11 de noviembre de 2014

Fácil.


No se sabe dónde acaba su cuerpo y dónde empieza la oscuridad de la noche. El metal del arma brilla entre sus manos hasta que se desvanece, como si únicamente se tratase de un brillante polvo de estrellas.

Te miras en el reflejo del agua a tus pies, sabiendo que no deberías haberlo hecho. 
Siempre estoy regañándole por este tipo de cosas, maldita sea. 
Ha sido una completa estupidez.

¿Por qué, Azrael, por qué lo has hecho? Date una respuesta convincente por una vez. Es cierto que nunca te ha gustado ver en manos de otro tu trabajo. Pero no ha sido sólo eso, y lo sabes.

Pese al odio recibido día tras día, no soy capaz de devolvérselo. Y es que, aunque no soporte admitirlo, les amo con todo mi ser. 
No es nada fácil amar a quien nos desprecia. Yo no soy una excepción. 
Le veo desde aquí si miro con los ojos que no están en mi cráneo. No lo va a tener fácil, pero cargar con el peso de acabar con las vidas de otros habría sido mucho peor. Para eso estoy yo, al fin y al cabo.

¿Por qué se humedecen mis ojos? Debería haberme acostumbrado tras tanto tiempo. Siempre intentan huir de mí, con pánico al regalo que les traigo bajo la capa. No desean escucharme. Inútiles intentos de negar mi existencia se repiten a diario en diferentes labios. 
No es que no me lo espere. Es sólo que, a veces, echo de menos que alguien se dé cuenta de que con mi guía no irá a un final, sino a un nuevo comienzo.
Y lo cierto es que temo que llegue un día en el que todo este rencor que respiro se vuelva propio.


Una lágrima negra rodó desde el borde de la capucha que cubría sus ojos y se perdió en sus ropas mientras continuaba el vuelo nocturno sobre alta mar. 
Quizá algún día alguien pudiese acudir al grito de ayuda que corría por sus venas. Quizá. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario