martes, 18 de noviembre de 2014

El sonido de la bondad.

El edificio era bastante corriente, de esos que parecen clones de sus vecinos, con un pequeño rellano antes de llegar al ascensor al que subieron, pulsando el botón del último piso. 
Con Nathan aún apoyado en sus hombros, Pri maniobró para abrir la puerta sin hacerle perder el equilibrio.

Aunque no estaba muy despierto, Nathan sentía curiosidad, y observó todos los detalles que pudo cuando ella accionó el interruptor de la entrada. 
No era un lugar grande, o quizá no se lo parecía por estar acostumbrado a una casa unifamiliar. Desde la entrada se veía el salón a un lado y un par de puertas al otro, seguramente dormitorios y un cuarto de baño. 
Sin mediar palabra, Pri lo condujo al salón. La decoración era austera, como si a la muchacha le importase poco el aspecto de su hogar, como si ese no fuese su hogar en absoluto. 
Pero lo que a Nat le llamó la atención fueron los marcos de las paredes. Estaban vacíos. Todos y cada uno de ellos. Además, el de detrás del sofá tenía el cristal roto. 

Pri vio en los ojos del chico formarse preguntas mientras le ayudaba a sentarse. Puso suavemente un dedo sobre sus labios. 
- Cada uno tenemos nuestros secretos, y hay cosas que prefiero mantener en el olvido.-los ojos de la muchacha se oscurecieron, mirando hacia un interior que no parecía albergar recuerdos agradables. 

Cuando desapareció en busca de su botiquín, Nathan pensó en qué se ocultaría tras aquellas palabras, aunque decidió respetarlo. Se lo debía. 
No tardó mucho en aparecer para ponerse a desinfectar sus heridas. Él intentaba aguantar el dolor, con escaso éxito.
- Shh, shh, lo sé, sé que duele.-su voz sonaba dulce, casi maternal, y sus ojos brillaban, como si hubiese cambiado la persona que había hablado minutos atrás-Muy bien, venga, tranquilo. Ya casi está.

Sonrió mientras vendaba su abdomen en círculo. Por dentro estaba preocupada, pues notaba que no era sólo la herida superficial, sino que por debajo había daño acumulado, seguramente reciente. Pero era importante conservar la calma.
Al menos por fuera.

Cuando acabó, se dio la vuelta y miró el reloj que colgaba de la pared. Suspiró al ver lo tarde que era. 
- Muy bien, Nat, creo que ya va siendo hora de dormir.-con un movimiento abrió el sofá mientras bostezaba. -Espera un segundo.
Desapareció por la puerta más cercana al comedor y volvió con unas mantas y una almohada. 
Tarareaba una melodía que él no conseguía reconocer pero que al mismo tiempo le resultaba familiar, como si lo hubiese escuchado hacía mucho tiempo. 
Sonrió como un idiota. 
Quizá fuese así como sonaba la bondad. 
- Soy una buena anfitriona, ¿eh? –dijo sonriendo, sin notar que por un momento Nathan estaba ensimismado mirándola. 
- Sólo te falta traerme un chocolate caliente con galletas –respondió él, intentando ser sarcástico, pero acabando por reír al ver que ella también lo hacía.
- Buenas noches.
- Buenas noches.

Pri apagó las luces del interruptor que quedaba junto al sofá. Cuando iba a salir de la habitación, notó una mano helada sobre su antebrazo. 
- Y, esto, Pri… gracias.


El rostro de la joven brilló en la oscuridad mientras se desasía de su mano con una suave caricia. Se metió en su cuarto, dejando la puerta entreabierta. 

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