jueves, 27 de noviembre de 2014

Risas y silencios.

La canción de nana resonaba en sus oídos, reconciliando a la pequeña con el mundo, prometiéndole un lugar mejor a su despertar. No era necesario: Emily se conformaba con que no fuese a peor.
Pero aquella noche ni la dulce voz de su hermano mayor logró que se durmiese, así que cuando estuvo sola salió de bajo las mantas procurando no hacer ningún ruido y se sentó en la alfombra, junto a la ventana.
Sin saber muy bien qué hacer, sonrió y comenzó a rodar sobre  sí misma, volviéndose una pequeña croqueta.
Su risa infantil rompió el silencio por un momento, antes de acallarla para no despertar a nadie. 
Otra risa la acompañó. Era algo más grave y clara, como el sonido del agua en una cascada una mañana de invierno. 
La niña se incorporó, dirigiendo su mirada al ser que había sido causante del eco de su risa cuando se suponía que no había nadie más en el lugar.

El ángel parecía más sorprendido que ella. No estaba acostumbrado a aquellas cosas, pese a que le habían ocurrido en varias ocasiones a lo largo de los siglos.
Cuando se recuperó de la sorpresa, la mejor de sus sonrisas apareció en su rostro a modo de presentación. Tímidamente, la saludó con una mano.

Ella no parecía asustada, porque no lo estaba. Ya había visto cosas que no podía explicar, pero aquella era la primera vez que veía un ser así, con tanta belleza, con aquellas plumas. Le recordó a las estatuas del parque donde dormían los muertos, sólo que sin las malas vibraciones que le transmitían los rostros inexpresivos de aquellas figuras de piedra. 

Se acercó despacio y tocó las puntas de sus alas. Eran agradables al tacto.
- Es la primera vez que veo a alguien como tú... ¿Qué eres?-aventuró a preguntar, con curiosidad. 
Sin saber muy bien qué decir a semejante pregunta, decidió esquivarla con tono amable. 
¿Y tú qué crees que soy, Emily?
¿Cómo sabes mi nombre? -ahora sí que estaba muy sorprendida, pues no recordaba haberse presentado.
Enigmático, se limitó a responder: 
- Tú también sabes el nombre de todas las personas que te importan, ¿verdad?

Emily pareció comprender de pronto lo que era aquel desconocido, y abrió mucho los ojos. Corrió a abrazarse a sus piernas, pues ella aún tenía una estatura reducida y no llegaba demasiado alto. Se le humedecieron los ojos debido a lo que le había venido a la mente al reflexionar acerca de la naturaleza del ser de alas blancas. 
- ¿Mi hermanito se pondrá bien? Pareces bueno. Tú vienes del cielo, ¿a que sí? Tú debes saberlo. 

Anael se centró en el tacto de las manitas delicadas de la niña al tiempo que reflexionaba. 
"Qué curiosos sois los humanos. Siempre distinguiendo extremos. Blanco. Negro. Bueno. Malo. Cielo. Infierno. 
Lo cierto es que la mayoría de veces esos extremos son sólo constructos de vuestras mentes."

Pero sí que sabía la respuesta a la pregunta que ella le había hecho, independientemente de dónde viniese. Por eso calló y la cubrió con sus alas.

Emily lo entendió, y rompió a llorar. El ángel suspiró. 
Era joven y su alma brillaba, diamantina. Sanaría pronto, haciéndose más fuerte. Pero ahora le necesitaba, a él, a todo el amor del mundo. Por suerte, Anael siempre estaba con ella, a través de cada momento de su vida. 
Especialmente en los gestos de sus seres más preciados. 
Besó su cabeza, resbalando ante la suavidad de sus lisos cabellos. 
- Cuida mucho a tu mamá y a tu hermano, ¿vale?

Dicho esto la soltó mientras ella asentía, y se desvaneció, dejándola con las sombras del dormitorio como única compañía. 
Cuando fue consciente del silencio y decidió acostarse de nuevo, una voz sonó desde ninguna parte, haciéndola sonreír.
- Emily... no te olvides de darle un abrazo a David nada más despierte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario