lunes, 3 de noviembre de 2014

Abismo.

“¿Y    si diésemos ese paso hacia adelante cuando estamos al borde del abismo? ¿Qué pasaría entonces?”

El viento nocturno azotaba su rostro de manera enfurecida, fría, penetrando en la carne con la facilidad de la hoja del bisturí. Sentada al borde del acantilado, Prickle escribía mientras las lágrimas parecían gotas de rocío en los pétalos de su rosa de tinta.

“Dicen que el suicidio es el arma de los cobardes. Que es abandonar el campo de batalla sin tan siquiera haber luchado. Que es la opción fácil. Algunos hasta dicen que sólo es una amenaza con la que se pretende llamar la atención. 
Para todas esas personas, desde el fondo de mi maltrecho corazón: necios.

He luchado, no he dejado de luchar. Pero he perdido todas las batallas. Y los parches ya no sirven para mantener este cuerpo. Y no sé si será cobarde… Pero no es fácil, lo puedo asegurar.

Sólo quiero que esto acabe, como una parte que todos vosotros tenéis en vuestro interior.
Quiero que las voces en mi cabeza callen, pues siempre andan discutiendo y me dejan más confusa que al principio.
Quiero no necesitar fingir que todo está bien para tratar de ocultar la tristeza en mis ojos.

Pese a todo, tengo miedo. Miedo a decir adiós, miedo a decepcionaros por no haber sido quién merecíais que fuese. 
Lo siento. No pude hacer más. Perdonadme.”

Dejando la nota a su lado, la sonrisa que aparece en su rostro no es de felicidad, sino de alivio, al haber acabado con toda incertidumbre. Porque la vida misma es incertidumbre al fin y al cabo.
Se incorporó, cogiendo la nota. Con un suspiro, apretó los puños, recordando por un momento que ella no era así. Recordando lo que era pasar de ser luz a verse precipitado en la sombra.
Centró su vista en la oscuridad del vacío bajo sus pies, escuchando los sonidos del viento sibilante y el rugir de las olas antes de cerrar los ojos, sin darse cuenta de que estaba siendo observada.

La oscura figura se acomodó contra el sauce que crecía a su espalda, sin levantarse la capucha. Nunca mostraba su rostro, pero siempre observaba. Esperando.

Porque es quién entra en escena para comenzar donde todo acaba. 

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