Nadar en alta mar no era lo más recomendable en noviembre.
Pero David no sentía el frío, sino sólo la calma pasando del
agua a su cuerpo con cada brazada. El sabor salado en sus labios, el horizonte cada vez que sacaba la cabeza para tomar aire.
Fue separándose cada vez más de la costa. Era el primer
momento tranquilo que tenía en meses. Siempre acababa allí cuando estaba así de saturado… Y es que tenía que
aguantar, y no sólo por él.
Llegó a la isla. Siempre le había gustado aquella isla
desierta, que apenas estaba a un kilómetro de la costa. Demasiado pequeña para
que nadie la habitase, era su refugio particular cuando necesitaba estar a
solas consigo mismo.
Sonrió al salir del agua, sacudiendo la cabeza a ambos
lados. Una salada lluvia cayó de las puntas de su pelo castaño. Acto seguido se
tumbó con los brazos abiertos en la arena. Ligeros escalofríos recorrían su piel: la brisa contra su cuerpo mojado le estaba haciendo consciente de la temperatura real del ambiente. No le
importó.
Moviendo los brazos como si quisiese hacer un ángel de
arena, su brazo izquierdo rozó un objeto extraño. Se incorporó para ver de qué
se trataba. Asombrado, sostuvo la botella de cristal, de un verde oscuro, entre sus manos. Contenía un papel, que no tardó en sacar para poder leerlo.
Al acabar, una lágrima se fundió con las gotas que estaban
evaporándose en su rostro.
“El mar siempre me ha hecho sonreír. No importa lo mal que
me haya ido el día… Todo se desvanece cuando toco el agua con los dedos de los
pies, cuando me quito la ropa a toda prisa y entro en él, y me siento completo.
Si estás leyendo esto significa que estás cerca del mar.
Quizá también seas parte de él. Quizá sólo haya sido una coincidencia
encontrarte aquí.
Pero algo tiene el océano que acerca a las almas frustradas,
descontentas con lo que son, las almas al borde de la renuncia. Y sí, yo he
sido una de ellas.
No quiero contarte que la vida es difícil. Tampoco hacerte llorar con mi historia, pues bastantes lágrimas derramé ya. Sólo quiero que sepas que, al final, todo cambió.
Todo puede
cambiar. Recuerda esto siempre, y recuerda también que el mar seguirá apoyándote en el proceso… Y yo también.
Eres
importante para mí, aunque no te lo creas. Este mar nos une, y algo así no se rompe fácilmente.
Así que sonríele a la vida, no importa lo dura que se ponga,
y siéntete libre.
Te quiero, hermano.
Oliver”.
Acarició el papel de forma inconsciente por unos instantes,
como tratando de aproximarse a aquella persona. Después, volvió a cerrar la
botella y la lanzó con toda la fuerza que pudo.
“Gracias por los ánimos. Llega a más personas, deben estar esperándote.”
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