Desde su onceavo cumpleaños, el muchacho había cogido la costumbre de observar el ir y venir de la gente a través de su ventana.
Puso sus dedos como si fuesen un arma, apuntando a las figuras que pasaban por la calle, apretando el gatillo.
-Muerto. Muerto. Muerto.-decía con una voz muy apagada y fría para su edad.
Sería difícil determinar cuánto tiempo estuvo así, pero finalmente se retiró, dejándose caer de espaldas en la alfombra, mirando con ojos vacíos al techo.
Siguió sin inmutarse pese al creciente estruendo al otro lado de su puerta. Sus oídos ya no se sobresaltaban ante los cristales rotos, los gritos furiosos, los inevitables llantos.
Cerró los ojos, intentando que en su mente el techo se fundiese con el cielo. Tan sólo eran fantasías vacuas de un pájaro enjaulado que anhelaba ser libre.
Cuando los sonidos ensordecedores se transformaron en leves sollozos, se levantó y abrió la puerta con delicadeza.
Se acercó a la figura encogida en el suelo, apoyada contra la pared del salón. Secó con una mano sus lágrimas mientras con la otra la acunaba en su pecho, demasiado pequeño para poder ofrecer protección y consuelo. La acompañó sin palabras hasta que sus sollozos cesaron.
Entonces le tendió una mano, sin reproches, sin preguntas, y la ayudó a levantarse.
Fue limpiando el suelo de cristales. Los restos de Four Roses maltrataban sus fosas nasales mientras con un trapo secaba los restos parduzcos. Vio una foto en la que salían tanto él como sus padres, y ahogó una risa sarcástica mientras escondía en un cajón el marco roto.
No reconocía a ninguna de las figuras de la foto, especialmente a sí mismo.
Ella, entretanto, permanecía con la mirada perdida en el televisor apagado, sentada en el sofá, sin ser consciente de nada a su alrededor. Suspiró, deseando ser de más ayuda, sintiéndose insuficiente una vez más.
Aquella mujer era la única persona que le permitía recordar cómo era eso de amar y ser amado.
***
Su pecho se había ensanchado desde entonces. Sus brazos eran más fuertes. Pero era demasiado tarde.
Ojalá hubiese podido salvarla. Pero de aquella época a Nathan sólo le quedaron recuerdos dolorosos, el olor de los crisantemos y del alcohol en el suelo, y la imagen de los ojos de su madre.
Esos ojos que mostraban exactamente la misma expresión que aquellos últimos años, en los que se suponía que estaba viva.
Quizá había muerto mucho antes del día de su funeral.
Quizá a él le había pasado lo mismo.
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