Sentados en el sofá, uno junto al
otro, convirtieron aquella noche en un punto de inflexión en su historia. Y es
que se merecían saber toda la verdad, por muy desagradable, dolorosa o triste
que resultase.
A Nathan le costó empezar a
hablar. Nunca había hablado aquello con nadie, al fin y al cabo. Pero con ella
tenía que hacerlo.
Sus palabras, indecisas al principio, fueron volviéndose más
firmes cuando los recuerdos fueron acudiendo a él.
- Mi padre… Todos mis problemas
giran en torno a él, por así decirlo. No sé si nos quiso alguna vez. Creo, y es
una certeza probable, que sólo soy un error que lamentó toda su vida.
Por mucho
que lo intente, no recuerdo un solo día de mi vida en el que mi padre no
bebiese. Pero sí recuerdo cuando empezaron las amenazas y peleas, que vinieron
después. -hizo una pausa, pues le costaba continuar con algo así.- Ni te
imaginas esa impotencia, Pri, ni te la imaginas. Sólo podía esconderme. No
podía defender a quien más quería. Me sentí muy culpable por no haberla
salvado.- su voz se tornó algo amarga cuando continuó.- Al menos el suicidio con
pastillas te ahorra el dolor, así que quizá hasta fue lo mejor.
Dicen que si te
suicidas vas al infierno… pero yo no
creo que exista un infierno peor al que mi madre vivía.
Cerró los ojos un instante.
Aquello estaba siendo más difícil de lo que había imaginado. Pero una vez
comenzada, tenía que acabar de contar la pesadilla que eran sus recuerdos.
- De repente, estábamos solos. Él
pareció intentar cambiar, intentar ser mejor persona. Pero no lo hizo.
No recuerdo exactamente
cuándo dejó de pegarme… ¿Fue a los catorce? –frunció el ceño, como si tratase de
recordar.- Sí, creo que tenía catorce años, quizá quince, pero la fecha es
irrelevante. Lo que sé es que la agresión de aquella vez se me quedará grabada
para siempre, tanto en el recuerdo como en el cuerpo-dijo, y acto seguido se levantó la camiseta,
mostrando las cicatrices irregulares del abdomen que brillaban blanquinosas por
la humedad de la zona fruto de las heridas más recientes.
Prickle no pudo evitar una
exclamación ahogada. ¿Cómo no se había dado cuenta cuando le curó? Aquellas
heridas no eran recientes, sino de bastante tiempo atrás. Mirando con los ojos muy abiertos, se fijó también en las muchas cicatrices más
pequeñas en varias zonas.
Una pregunta se formó en sus labios, pero Nat la
respondió antes de que la formulase.
- No hay arma más peligrosa en
las manos de un demente que una botella vacía. -percibiendo su preocupación,
continuó para intentar que no se centrase en las heridas mientras se bajaba la
camiseta.- Creo que ahí fue cuando me planté. Dije basta, y comencé a
defenderme. Porque, simplemente, no podía tolerar sus actos. Tampoco los
perdonaré.
Quise salir de allí. Pero
yo conocía a gente en centros de menores. Y quizá sea cobarde o quizá consciente
de mis debilidades, pero en el fondo de mi ser sabía que yo no sobreviviría en
un lugar de aquella clase. Mi maltrecha alma moriría del todo si aquello
sucedía.
Aunque sus argumentos no fuesen
lógicos, Pri le entendía. Le pareció ver brillar en el firmamento nocturno una
luz a través de la ventana.
Aunque sólo fuese en su imaginación, en aquel
momento Prickle percibió el rayo de sol en la lucha.
Se quedó mirando a Nathan,
pensando unos instantes, y suspiró agachando la cabeza.
- Te comprendo mejor de lo que
crees… especialmente a ella.
La miró, con un reflejo de terror
en sus ojos, y le apretó una mano con fuerza mientras ella le contaba su
sufrimiento, su agonía. Trató de permanecer sereno por ella, aunque las ganas
de llorar y de asesinar a aquellas personas eran cada vez más fuertes en él.
Al acabar, la voz de Pri se
quebró, y comenzó a llorar. Nat la abrazó y acunó en su pecho, con suavidad.
- Nat, te juro que intento superarlo,
pero es más fuerte que yo. –dijo entre sollozos.- Recuerdo que el psicólogo lo
llamó estrés postraumático. Llegué a pensar que se había borrado, pero era
mentira.-apretó su camiseta en un puño mientras se añadía la rabia a sus
lágrimas de dolor.- Era todo mentira.
Las palabras del muchacho sonaron
dulces, pero firmes.
- No se borrará, pero tú te harás
más fuerte. Te ayudaré, Pri, te ayudaré en todo lo que pueda.
Aquellas palabras se quedaron
flotando en el aire, hasta que la joven pareció calmarse un poco, y con una voz
apenas audible añadió:
- Realmente me llamo Rose. Pero
ella murió tras todo aquello. Nada queda de la rosa cuando la pisotean, por
mucho que intentes reunir los pétalos.
Sin dejar de abrazarla, bajó la
cabeza para que ella viese sus ojos, y sonrió, acariciándole suavemente la
mejilla.
- Las espinas son fuertes y
preciosas, digan lo que digan.
Y supieron quedarse en silencio, sin
que fuese necesario decirse nada, hasta que ella se quedó dormida. Mientras la
veía por fin descansar, sintió retornar aquel profundo deseo de deshacerse de
todos los males que la atormentaban, así como la bilis reapareciendo entre sus
dientes apretados.
No obstante, el calor y la rítmica
respiración de la muchacha, fueron haciendo que, poco a poco, él también
entrase en la tierra de los sueños.
[Anael, contemplando la escena
desde el principio, cerró los ojos. Era duro recordar los acontecimientos como
aquellos. También para él.
-No sé dónde llevó mi hermano a
tu madre, pequeño, pero te aseguro que no al infierno. Su sufrimiento acabó.
Haré lo posible por ayudaros a luchar para acabar con el vuestro-dijo para nadie, y siguió
contemplándolos unos minutos antes de marcharse.]
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