jueves, 27 de noviembre de 2014

Fortaleza.

Sentados en el sofá, uno junto al otro, convirtieron aquella noche en un punto de inflexión en su historia. Y es que se merecían saber toda la verdad, por muy desagradable, dolorosa o triste que resultase.
A Nathan le costó empezar a hablar. Nunca había hablado aquello con nadie, al fin y al cabo. Pero con ella tenía que hacerlo. 
Sus palabras, indecisas al principio, fueron volviéndose más firmes cuando los recuerdos fueron acudiendo a él.

- Mi padre… Todos mis problemas giran en torno a él, por así decirlo. No sé si nos quiso alguna vez. Creo, y es una certeza probable, que sólo soy un error que lamentó toda su vida. 
Por mucho que lo intente, no recuerdo un solo día de mi vida en el que mi padre no bebiese. Pero sí recuerdo cuando empezaron las amenazas y peleas, que vinieron después. -hizo una pausa, pues le costaba continuar con algo así.- Ni te imaginas esa impotencia, Pri, ni te la imaginas. Sólo podía esconderme. No podía defender a quien más quería. Me sentí muy culpable por no haberla salvado.- su voz se tornó algo amarga cuando continuó.- Al menos el suicidio con pastillas te ahorra el dolor, así que quizá hasta fue lo mejor. 
Dicen que si te suicidas vas al infierno… pero  yo no creo que exista un infierno peor al que mi madre vivía.

Cerró los ojos un instante. Aquello estaba siendo más difícil de lo que había imaginado. Pero una vez comenzada, tenía que acabar de contar la pesadilla que eran sus recuerdos.
- De repente, estábamos solos. Él pareció intentar cambiar, intentar ser mejor persona. Pero no lo hizo.
No recuerdo exactamente cuándo dejó de pegarme… ¿Fue a los catorce? –frunció el ceño, como si tratase de recordar.- Sí, creo que tenía catorce años, quizá quince, pero la fecha es irrelevante. Lo que sé es que la agresión de aquella vez se me quedará grabada para siempre, tanto en el recuerdo como en el cuerpo-dijo, y acto seguido se levantó la camiseta, mostrando las cicatrices irregulares del abdomen que brillaban blanquinosas por la humedad de la zona fruto de las heridas más recientes.

Prickle no pudo evitar una exclamación ahogada. ¿Cómo no se había dado cuenta cuando le curó? Aquellas heridas no eran recientes, sino de bastante tiempo atrás. Mirando con los ojos muy abiertos, se fijó también en las muchas cicatrices más pequeñas en varias zonas. 
Una pregunta se formó en sus labios, pero Nat la respondió antes de que la formulase.

- No hay arma más peligrosa en las manos de un demente que una botella vacía. -percibiendo su preocupación, continuó para intentar que no se centrase en las heridas mientras se bajaba la camiseta.- Creo que ahí fue cuando me planté. Dije basta, y comencé a defenderme. Porque, simplemente, no podía tolerar sus actos. Tampoco los perdonaré.
Quise salir de allí. Pero yo conocía a gente en centros de menores. Y quizá sea cobarde o quizá consciente de mis debilidades, pero en el fondo de mi ser sabía que yo no sobreviviría en un lugar de aquella clase. Mi maltrecha alma moriría del todo si aquello sucedía.

Aunque sus argumentos no fuesen lógicos, Pri le entendía. Le pareció ver brillar en el firmamento nocturno una luz a través de la ventana. 
Aunque sólo fuese en su imaginación, en aquel momento Prickle percibió el rayo de sol en la lucha.

Se quedó mirando a Nathan, pensando unos instantes, y suspiró agachando la cabeza.
- Te comprendo mejor de lo que crees… especialmente a ella.

La miró, con un reflejo de terror en sus ojos, y le apretó una mano con fuerza mientras ella le contaba su sufrimiento, su agonía. Trató de permanecer sereno por ella, aunque las ganas de llorar y de asesinar a aquellas personas eran cada vez más fuertes en él.

Al acabar, la voz de Pri se quebró, y comenzó a llorar. Nat la abrazó y acunó en su pecho, con suavidad.
- Nat, te juro que intento superarlo, pero es más fuerte que yo. –dijo entre sollozos.- Recuerdo que el psicólogo lo llamó estrés postraumático. Llegué a pensar que se había borrado, pero era mentira.-apretó su camiseta en un puño mientras se añadía la rabia a sus lágrimas de dolor.- Era todo mentira.
Las palabras del muchacho sonaron dulces, pero firmes.
- No se borrará, pero tú te harás más fuerte. Te ayudaré, Pri, te ayudaré en todo lo que pueda.

Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire, hasta que la joven pareció calmarse un poco, y con una voz apenas audible añadió:
- Realmente me llamo Rose. Pero ella murió tras todo aquello. Nada queda de la rosa cuando la pisotean, por mucho que intentes reunir los pétalos.
Sin dejar de abrazarla, bajó la cabeza para que ella viese sus ojos, y sonrió, acariciándole suavemente la mejilla.
- Las espinas son fuertes y preciosas, digan lo que digan.

Y supieron quedarse en silencio, sin que fuese necesario decirse nada, hasta que ella se quedó dormida. Mientras la veía por fin descansar, sintió retornar aquel profundo deseo de deshacerse de todos los males que la atormentaban, así como la bilis reapareciendo entre sus dientes apretados.
No obstante, el calor y la rítmica respiración de la muchacha, fueron haciendo que, poco a poco, él también entrase en la tierra de los sueños.

[Anael, contemplando la escena desde el principio, cerró los ojos. Era duro recordar los acontecimientos como aquellos. También para él.
-No sé dónde llevó mi hermano a tu madre, pequeño, pero te aseguro que no al infierno. Su sufrimiento acabó. Haré lo posible por ayudaros a luchar para acabar con el vuestro-dijo para nadie, y siguió contemplándolos unos minutos antes de marcharse.]

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