Como la mayoría de personas, no recordaría nunca lo que había soñado aquella noche. Pero no olvidaría la forma en
la que despertó.
Una mano agitó suavemente su hombro, y al abrir los ojos se
encontró envuelto en una cortina de cabellos blancos que refractaban el paso de
la luz hasta su rostro.
“Ojalá despertar así siempre” pensó, conmovido.
Cuando se vio reflejada en sus pupilas, la muchacha sonrió.
- Venga, arriba, que el día te estaba esperando.
Al levantarse, Nathan lamentó haberlo hecho tan deprisa. Las
heridas aún dolían. Bastante además.
Ella le miró de reojo, sin que él lo notase, y no dijo nada al respecto. Era consciente de que
tardaría unos tres o cuatro días en recuperarse del todo.
Hasta entonces, lo último
que necesitaba era pensar que inspiraba compasión o, peor aún, pena.
Le costaba asumirlo, pero, si no había nada más en su mano, no le quedaba más remedio.
Aquel fue un extraño comienzo, aunque, en cierta manera, todos los comienzos lo son.
Desayunaron como si se conociesen de siempre, como si no hubiese nada poco común en sus circunstancias. No se veían como dos extraños, y en esto la única opinión que importaba era la suya.
Bromeaban y hablaban de temas sin importancia, pero no podían evitar que, poco a poco, la realidad se cerniese sobre ellos. El
silencio los fue envolviendo al tiempo que iban sintiéndola, como un yunque a punto de caer sobre sus frágiles cráneos.
Pri sacudió la cabeza. No podía dejar de lado el hecho de que necesitaban encontrar un remedio a su situación.
- Tenemos que hacer algo.-sus palabras sonaron débiles, reacias a aceptar la crudeza de la verdad.
Nathan suspiró, resignado.
- Lo sé. Pero… antes de nada, quiero que sepas algo. -Nathan estaba muy serio, lo que la asustó. Aquellas palabras no auguraban nada bueno.-Creo
que debes saberlo.
- Te escucho.-Fue cuanto acertó a decir.
- Lo que me ha pasado tiene que ver con mi padre. No vivo una situación agradable, no te voy a mentir. Pero, ¿sabes? Pronto seré mayor de edad. Si ahora se enterasen de cómo es mi casa, acabaría en un centro de acogida, o algo así. -Sus palabras se volvieron aún más graves y duras, como si hablase una estatua de piedra y no una persona.- No me importa que me pase cualquier otra cosa. Pero eso no. Nunca.
Se mordió la cara interior de la mejilla. Una vez más, la pared empujaba contra la espada, y no encontraba la forma de detenerla. Tras unos segundos, añadió una frase que quedó flotando en el aire.
- De acuerdo. Pero no vamos a permitir que te haga más daño.
Hubo un silencio, que de nuevo la muchacha rompió una vez tuvo estudiadas mentalmente varias opciones.
- ¿Algún otro pariente o amigo? Seguro que te apoyarán...
Nathan sacudió la cabeza con un gesto negativo. No había nadie, pero, aunque lo hubiese, no era una opción. No pensaba permitir eso.
- No te preocupes. Volveré a casa y aguantaré. No falta
tanto, seis meses pasan volando. -hizo un esfuerzo en que su sonrisa pareciese despreocupada, sin conseguirlo.
- Nat, no, eso no. Quédate aquí. Hay otro dormitorio, aunque
está algo sucio, pero podemos limpiarlo. -Pri sonaba tensa, pues no quería que él volviese a aquella situación. No soportaba el daño ajeno... pero era algo más.- De verdad que no me importa que te
quedes. Aunque suene extraño, siento que puedo confiar en ti.
Algo dentro de Nathan le impedía aceptar aquella oferta. Quizá era su parte orgullosa, o la protectora, o una combinación de ambas. Pero tenía claro algo: no se convertiría en el problema de nadie. Y mucho menos de alguien tan dulce.
No obstante, su rostro mostró una tímida sonrisa.
- No quiero ser una molestia, así que de momento no te
preocupes por el otro dormitorio. Tu sofá es muy cómodo.
Pri sonrió, aliviada.
- Bueno, está bien, pero algo me dice que tarde o temprano
tendremos que hacerlo. - parecía mucho más animada tras haber disipado aquella angustia creciente en su interior.
El día transcurrió de una forma normal, tranquila. Sin preocupaciones, sin hacer nada especial, perdiendo el tiempo. Aunque a Nathan le extrañó bastante que Pri no tuviese que salir de casa un día entre semana.
La miró, dándose cuenta de pronto de que no sabía nada de ella.
¿Qué edad tendría? No parecía mayor que él. Sin embargo, vivía sola. No iba a clase, pero tampoco parecía tener que trabajar entre semana... Se preguntó qué se estaba perdiendo.
Pero para él, el encanto de un misterio residía en gran parte en el hecho
de ser algo desconocido, y no tenía prisa en dejar de disfrutarlo.
Cuando llegó la hora de dormir, ella le abrazó, sacándole
los colores ligeramente. Suerte que la muchacha no pareció darse cuenta, porque no le gustaba nada que lo viesen así. Le hacía sentirse aún más vulnerable.
Pri se durmió, pero Nat no, pues había estado esperando ese
momento.
Cuando supo que Pri ya debía estar dormida, se levantó y, haciendo el
menor ruido posible, se marchó, sin dejar una nota, sin ningún tipo de despedida.
“Ojalá las cosas hubiesen sido de otra manera. Lo siento de
verdad, pequeño ángel.” Cerró la puerta tras de sí, tragándose el nudo que se
le había formado en la garganta.
Quería pensar que la olvidaría fácilmente. Al
mismo tiempo, quería equivocarse.
Pero eso no cambió el hecho de que se marchó, abandonando a la joven por la oscuridad, su antigua compañera.
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