Se acercó sin prisa alguna, pues para aquel ser el tiempo
carecía de importancia. Sus movimientos no hacían ningún ruido, como si en vez
de caminar levitase a escasos centímetros del suelo. Quizá lo estuviese
haciendo, al fin y al cabo.
Al llegar a la joven se inclinó, observándola. El calor
seguía emanando de su cuerpo y, aunque débil, el corazón seguía adelante.
Unas palabras se formaron en su mente con calma y
manteniendo una expresión facial imperturbable.
- Buenas noches, hermano.
Anael sonrió mientras descendía de las nubes hasta mantener
el vuelo a su altura pero sobre el vacío, sobre aquella negrura cargada de
salitre.
- Me alegra verte de nuevo, Azrael, aunque sea siempre en
estas circunstancias.-dijo sin mover los labios.
No se molestó en deshacer su sonrisa mientras descendía lo
suficiente como para acariciar con suavidad la mano de la joven que colgaba del
precipicio. Ella no se inmutó, salvo quizá por un leve movimiento ocular bajo
los párpados. La sonrisa dio paso a una seria expresión.
- La espera puede ser tan angustiante…
- Es nuestro trabajo.
-Lo sé, lo sé… Tienes razón, pero me duele no poder
intervenir. Ya sabes. Mírala. Es tan joven. Le queda tanto por descubrir, tanto por sentir, por amar.- suspiró levemente.
“Aquí vamos de nuevo” pensó Azrael para sí, intentando que
el mensaje no llegase a su canal telepático. Su hermano siempre había tenido
demasiada bondad para tan pocos medios.
- Quiero ayudarla, sé que no es lo que debo hacer, pero
quiero ayudarla.
El silencio de la atmósfera se extendió a sus mentes
mientras Anael se posaba en la tierra junto a su hermano.
Formaban una pareja hermosa,
aquellas dos figuras encapuchadas: una, la luz de la luna; otra, cielo
nocturno. Lástima que nadie pudiese verlo.
Azrael se giró y le tomó de los antebrazos con
firmeza. Lo sabía todo de él. Entendía su dolor, pues lo sentía día a día como
propio. Pero no puedes ayudar a quien no solicita tu ayuda, y la única ayuda
que puedes dar siendo la cara oculta de la luna es recibida con temor y odio... pero no era momento de pensar en sí mismo.
Sabía que su hermano, pese a ser el cuidador, de vez en cuando necesitaba un punto de apoyo firme.
El ángel blanco asintió y le abrazó, agradeciendo su templanza.
Al soltarlo, se sentó en la tierra, y retiró los mechones color perla que
cubrían la oreja izquierda de la muchacha para susurrarle unas palabras que
jamás recordaría, pero que prevalecerían más allá del recuerdo consciente.
- Joven alma, dulce alma, no tienes que acabar el guión hoy.
Tampoco tienes que llevar el peso del mundo sobre tus hombros. Yo estaré ahí,
esperando a que me pidas ayuda cuando la necesites.
Acude a los brazos de tu
otra guía con paz y felicidad, no huyendo de los míos. Él te esperará, no
tendrá problema alguno, estamos hechos para esperar.
Vive, pequeña, vive…
Estaré aguardando tu respuesta.
“Ojalá aceptes su consejo, joven rosa con espinas. De verdad
lo deseo. Creo que tu hora no es esta,... pero estaré preparado para guiarte si lo
consideras necesario. Siempre.”
Se sentó al otro lado de la joven, tarareando una suave
melodía.
Sonaba a tierra mojada, a despedidas agridulces, al último batir de
unos párpados, a puertas que se cierran mientras otras se abren.
Y allí permanecían mientras la noche avanzaba.
Tres figuras esperando en la encrucijada hasta que sus
caminos se separasen.
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