jueves, 6 de noviembre de 2014

Espera.

Se acercó sin prisa alguna, pues para aquel ser el tiempo carecía de importancia. Sus movimientos no hacían ningún ruido, como si en vez de caminar levitase a escasos centímetros del suelo. Quizá lo estuviese haciendo, al fin y al cabo.

Al llegar a la joven se inclinó, observándola. El calor seguía emanando de su cuerpo y, aunque débil, el corazón seguía adelante.
Unas palabras se formaron en su mente con calma y manteniendo una expresión facial imperturbable.
- Buenas noches, hermano.

Anael sonrió mientras descendía de las nubes hasta mantener el vuelo a su altura pero sobre el vacío, sobre aquella negrura cargada de salitre.
- Me alegra verte de nuevo, Azrael, aunque sea siempre en estas circunstancias.-dijo sin mover los labios.
No se molestó en deshacer su sonrisa mientras descendía lo suficiente como para acariciar con suavidad la mano de la joven que colgaba del precipicio. Ella no se inmutó, salvo quizá por un leve movimiento ocular bajo los párpados. La sonrisa dio paso a una seria expresión.  

- La espera puede ser tan angustiante…
- Es nuestro trabajo.
-Lo sé, lo sé… Tienes razón, pero me duele no poder intervenir. Ya sabes. Mírala. Es tan joven. Le queda tanto por descubrir, tanto por sentir, por amar.- suspiró levemente.

“Aquí vamos de nuevo” pensó Azrael para sí, intentando que el mensaje no llegase a su canal telepático. Su hermano siempre había tenido demasiada bondad para tan pocos medios.

- Quiero ayudarla, sé que no es lo que debo hacer, pero quiero ayudarla.

El silencio de la atmósfera se extendió a sus mentes mientras Anael se posaba en la tierra junto a su hermano. 
Formaban una pareja hermosa, aquellas dos figuras encapuchadas: una, la luz de la luna; otra, cielo nocturno. Lástima que nadie pudiese verlo.

Azrael se giró y le tomó de los antebrazos con firmeza. Lo sabía todo de él. Entendía su dolor, pues lo sentía día a día como propio. Pero no puedes ayudar a quien no solicita tu ayuda, y la única ayuda que puedes dar siendo la cara oculta de la luna es recibida con temor y odio... pero no era momento de pensar en sí mismo.
Sabía que su hermano, pese a ser el cuidador, de vez en cuando necesitaba un punto de apoyo firme.

El ángel blanco asintió y le abrazó, agradeciendo su templanza. Al soltarlo, se sentó en la tierra, y retiró los mechones color perla que cubrían la oreja izquierda de la muchacha para susurrarle unas palabras que jamás recordaría, pero que prevalecerían más allá del recuerdo consciente.

- Joven alma, dulce alma, no tienes que acabar el guión hoy. Tampoco tienes que llevar el peso del mundo sobre tus hombros. Yo estaré ahí, esperando a que me pidas ayuda cuando la necesites. 
Acude a los brazos de tu otra guía con paz y felicidad, no huyendo de los míos. Él te esperará, no tendrá problema alguno, estamos hechos para esperar. 
Vive, pequeña, vive…
Estaré aguardando tu respuesta.

“Ojalá aceptes su consejo, joven rosa con espinas. De verdad lo deseo. Creo que tu hora no es esta,... pero estaré preparado para guiarte si lo consideras necesario. Siempre.”
Se sentó al otro lado de la joven, tarareando una suave melodía. 
Sonaba a tierra mojada, a despedidas agridulces, al último batir de unos párpados, a puertas que se cierran mientras otras se abren.

Y allí permanecían mientras la noche avanzaba.

Tres figuras esperando en la encrucijada hasta que sus caminos se separasen. 

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