El cansancio y la satisfacción del trabajo duro pero bien hecho se apoderaron de su ser, como sucedía cada vez que el sol salía y él se ocultaba sobre las nubes.
Mirando hacia abajo, una sonrisa se apoderó de su rostro. Día tras día, a través de los siglos, su amor se volvía más fuerte.
Notas sueltas de la melodía que su alma cantaba a todas horas se hicieron audibles para aquellos que estaban lo suficientemente atentos como para escuchar de verdad.
Y sus corazones latieron más despacio, conmovidos por el repentino calor.
Porque ahí afuera, no importaba quién fuese, ni dónde estuviese,...
Ahí afuera había alguien que amaba incondicionalmente. Alguien que extendía sus brazos para guiarte en el camino si te perdías.
Porque en aquellas notas residía el calor que la tierra refleja una vez se ha ido el sol.
Anael cerró sus blancas alas escondiendo la cabeza entre ellas, descansando y pensando, pero siempre alerta.
Y es que si de algo estaba seguro es de que nunca les dejaría caer.
Nunca permitiría que olvidasen la calidez de su interior.
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