La oscura melena se le pegaba a la piel, empapada de lluvia y sangre. Levantando su espada, asestaba cientos de golpes, uno tras otro, a sus enemigos, dejando un sinfín de muertos a su paso a los que sólo les quedaba una mirada vacía.
El metálico brillo de su armadura había sido sustituido por la opacidad granate de la sangre propia y ajena. Era un color más apropiado para las circunstancias. Su capa ondeaba, rasgada, en el iracundo viento.
Escupió mientras miraba a su alrededor, sin bajar la guardia.
Aquello estaba siendo una masacre.
Había sido un iluso, y eso en un comandante era imperdonable. Quizá si no hubiese estado tan cegado por su sed de venganza y la de su pueblo, se habría dado cuenta de que aquella batalla estaba perdida de antemano.
Su orgullo tras la victoria obtenida en Asicya les había impedido ser realistas. No habían diseñado una estrategia adecuada.
Se maldijo por enésima vez por su soberbia sin dejar de arremeter contra las tropas enemigas.
Pero de nada servía lamentar el pasado, pues no iba a cambiar el hecho de que ahora era demasiado tarde, y Sarrask y sus hombres pagaban las consecuencias.
Por un momento, al mirar a sus desesperados -y cada vez más escasos- hombres, consideró la retirada. Estaban cerca de los montes de Engar, y contaban con la ventaja de haberse criado en las montañas. Aunque malheridos, sabía que podrían escapar.
También sería fácil rendirse, aunque nada les garantizaba la supervivencia si lo hacían, pero daba lo mismo.
Cualquier opción parecía más viable que continuar aquella lucha.
“Vive hoy para luchar mañana, hijo”. Las palabras de su padre permanecían en su memoria. Quizá debió escucharle más a menudo en otro tiempo.
Pero Sarrask no estaba hecho de la madera de los sabios, sino de la de los héroes.
Levantó los ojos, con la chispa centelleante de la determinación en ellos. Sonreía de forma amenazante, maníaca, con esa sonrisa que sólo los locos entienden. Con una carcajada, desgarró el vientre del oponente que venía hacia él por el flanco izquierdo, y acto seguido alzó su espada al cielo.
Si se rendía ahora, todo carecería de sentido.
- ¡Hijos de Albor, luchad!- su bramido llegó a todo hombre vivo, y respondieron con el clamor de quienes no abandonarán la batalla hasta el final. -¡Por la victoria!
Siguieron peleando por encima de cadáveres de ambos bandos. No importaba que fuese una causa perdida.
Luchaban por su honor, por su tierra, por su libertad, y eso no se podía detener tan fácilmente.
No tenía sentido vivir otro día si su honor moría allí. La muerte llegaría a ellos tarde o temprano, y sus cuerpos se pudrirían y serían comidos por las alimañas del subsuelo.
Pero sin importar el final, seguirían existiendo.
El honor de los héroes prevalece en las historias, sin importar que luchasen por una causa perdida.
Las nubes se tornaban cada vez más oscuras en el cielo, augurando la proximidad de sus muertes. No les importó. Sarrask aún confiaba en que verían el sol brillar de nuevo para ellos, para su victoria.
Seguirían luchando hasta el final, y perder no entraba en sus planes.
***
Nathan cerró el libro, tragando saliva. Sus ojos lucían tristes, pero no iba a permitir a las lágrimas apoderarse de ellos.
Dejó el libro de nuevo en el estante y salió de la biblioteca en la que había pasado la mañana, al igual que los últimos dos días. En el fondo, no quería saber cómo acababa.
No quería pensar en la posibilidad de que, al final de la historia, Sarrask no siguiese con vida.
También hubo en su interior un héroe que luchaba por causas perdidas, pero murió tiempo atrás. Le echaba mucho de menos.
Aunque, en el fondo, todavía estaba dispuesto a creer en la pequeña posibilidad de que aquella parte luchadora no estuviese muerta sino solamente perdida, esperando a que la encontrase.
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