miércoles, 19 de noviembre de 2014

Recuerdos.

Tumbada en su cama sin quitarse la ropa, miró al techo, intentando no pensar. Se había hecho toda una experta en mantener recuerdos a raya tras tanto tiempo. Aunque quizá no el más adecuado, era su método de seguir adelante. 
No obstante, a veces sus barreras se desmoronaban. Esas veces, apretaba los dientes mientras se intentaba obligar a resistir. 
No siempre lo conseguía. 

Todo acudía a ella a una velocidad vertiginosa, y los recuerdos reales se mezclaban con las emociones pasadas y presentes. A veces hasta se formaban imágenes, como las de aquella noche de catarsis. 
Con el insomnio por compañero nocturno, repasó una vez más el significado de aquella alucinación.

Recordaba que el suelo era rojo y morado, los colores en los que se apoyaba su interior, los colores del martirio, del ataque violento, de la vergüenza. 
Los dientes afilados de las nubes o de sus padres, que reían mientras mancillaban a su propia hija. 
"¿Tan divertido era para vosotros?"
Pegó un codazo a su almohada, hacia atrás, seguido de otro. Cómo se alegraba de que llevasen tanto tiempo en prisión. Si algo había aprendido, es que nadie es propiedad de nadie. Tampoco ella. 
Un padre no debería poseer a sus hijos.

Recordó que sus tíos -en otro tiempo también sus tutores a falta de unos padres competentes- se habían extrañado cuando, al cumplir los dieciocho, quiso volver a vivir en la casa. Pri pensó que así le resultaría más fácil hacer frente a aquellos horribles recuerdos. Se equivocaba.
Aunque no llegasen a la retina, los pájaros seguían dañándola, nutriéndose de sus males, fortaleciéndose en la tortura de su carne -y de su alma.
Pese a haber quemado todas las fotos, pese al tatuaje con el que había ocultado la cicatriz de su rostro, los recuerdos oscuros se negaban a dejarla ir. 
Se llevó la mano a la cara, y recorrió el contorno de su rosa negra, como había hecho cientos de veces. 
"Quizá haya perdido todos mis pétalos, pero me quedan las espinas". 

Giró su cuerpo y se tumbó sobre su costado, mirando a la puerta, cansada de no encontrar en la negrura del techo respuestas a las preguntas que jamás pronunciaría en voz alta. 

Un pequeño ronquido la sacó de sus pensamientos. 
Sonrió, sintiendo una tenue calidez en su interior. 
Si escuchaba con detenimiento, podía oír aquella respiración, dificultosa pero rítmica. Era suave, la relajaba, y eso le gustaba. 
Los sonidos de la respiración del joven sustituyeron poco a poco a los recuerdos, y Pri fue entregándose a la placidez del sueño sin pesadillas. 

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