Las últimas luces del atardecer teñían de colores cálidos
los árboles y bancos del solitario parque. Una belleza sin testigos que pudiesen disfrutarla. En cierto modo era lo más lógico: hacía frío para estar en la
calle, y más con una camiseta vaporosa de tirantes.
Pero ella no sentía el frío
en su piel. Y, al menos por el momento, había dejado de sentirlo en su alma.
Aún no se explicaba por qué había despertado como lo hizo. Se acarició, distraída, las delgadas cicatrices semilunares en la
palma de su mano, fruto de la desesperación que había cerrado sus puños aquella noche, apenas unos días atrás.
Suspiró. Había estado tan cerca.
Pero no lo había hecho. Allí estaba, una vez más... y aún no sabía lo que eso significaba.
Repitiéndose la pregunta una y otra vez mientras el día iba dando paso a la noche, la respuesta apareció en su mente. No la entendió.
Sí, de acuerdo, le quedaban cosas por hacer en ese mundo… ¿pero cuáles?
Sonrió, y esta vez no fue con tristeza. Qué más daba, en
todo caso. La belleza de aquel lugar era suficiente por el momento.
Escuchó el silencio, recordando.
Recordando haberse incorporado, confusa, y haber mirado el precipio.
Recordando cómo apenas unos segundos después había cogido la nota de despedida con ambas manos, despedazándola, haciendo que el viento nocturno se llevase los pequeños fragmentos consigo para ahogarlos en la oscuridad de la noche
sin luna.
Cerró los ojos, hablando consigo misma sin mover los labios.
“Vamos, Prickle, pequeña. Una vez más.
Quizá te levantes
sólo para caer de nuevo. Pero intentémoslo.
Que el sol saldrá de nuevo, incluso tras la noche más oscura."
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