El sótano siempre había sido un lugar bastante oscuro y frío,
pero a Nathan le gustaba. Tarareando algo de música inidentificable, un
escalofrío recorría su espalda al ver que las paredes devolvían el eco de su
voz, grave y más calmada de lo que había estado en meses.
Continuó con su tarea sin dejar la canción. Ya casi estaba.
Comprobando el percutor, una mueca sonriente apareció en su
rostro, supurando odio por las comisuras de los labios.
Estaba tan harto de todo, de todos. Pensaba aguantar seis
meses más, lo que le quedaba antes de
poder alzar el vuelo lejos de allí. Pero no. Demasiados años callando. Tantos
que ahora era demasiado tarde, y nadie se salvaría.
La saturación nos lleva a límites insospechados…
Y es que el odio es un sentimiento que puede aparecer en
cualquier corazón, pero una potencia incontrolable suele acabar generando las
mayores catástrofes. Especialmente para nosotros mismos.
Dejó de cantar, pensando una vez más en las consecuencias de
sus planes. Quizá fuese tirar su vida por la borda. Desechó el pensamiento con
un movimiento de su mano izquierda en el aire, como quien aparta una nube de
humo. Un ser roto no tiene vida alguna por delante, y eso nada podría
cambiarlo.
Porque dentro de su caja torácica sólo quedaba un oscuro
vórtice de dolor, angustia y paranoia.
Pensó en todo lo que había visto en los diecisiete años que
llevaba en este mundo, y escupió en el ya de por sí sucio suelo de madera
desgastada.
"La vida es algo que no merecéis, humanos.
El mundo no se
merece el daño que le hacéis a diario.
Yo tampoco”.
Las primeras luces del alba se colaron por la ventana,
iluminando levemente la mesa de trabajo. Nathan se crujió los nudillos y,
sonriendo de nuevo, metió el arma, puesta a punto y cargada, en uno de los
múltiples bolsillos de su mochila.
Era hora de liberar al demonio cautivo bajo su piel.
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