sábado, 8 de noviembre de 2014

Odio.

El sótano siempre había sido un lugar bastante oscuro y frío, pero a Nathan le gustaba. Tarareando algo de música inidentificable, un escalofrío recorría su espalda al ver que las paredes devolvían el eco de su voz, grave y más calmada de lo que había estado en meses.
Continuó con su tarea sin dejar la canción. Ya casi estaba.
Comprobando el percutor, una mueca sonriente apareció en su rostro, supurando odio por las comisuras de los labios.

Estaba tan harto de todo, de todos. Pensaba aguantar seis meses más, lo que le quedaba  antes de poder alzar el vuelo lejos de allí. Pero no. Demasiados años callando. Tantos que ahora era demasiado tarde, y nadie se salvaría.
La saturación nos lleva a límites insospechados…

Y es que el odio es un sentimiento que puede aparecer en cualquier corazón, pero una potencia incontrolable suele acabar generando las mayores catástrofes. Especialmente para nosotros mismos.

Dejó de cantar, pensando una vez más en las consecuencias de sus planes. Quizá fuese tirar su vida por la borda. Desechó el pensamiento con un movimiento de su mano izquierda en el aire, como quien aparta una nube de humo. Un ser roto no tiene vida alguna por delante, y eso nada podría cambiarlo.
Porque dentro de su caja torácica sólo quedaba un oscuro vórtice de dolor, angustia y paranoia.

Pensó en todo lo que había visto en los diecisiete años que llevaba en este mundo, y escupió en el ya de por sí sucio suelo de madera desgastada.

"La vida es algo que no merecéis, humanos. 
El mundo no se merece el daño que le hacéis a diario. 
Yo tampoco”.

Las primeras luces del alba se colaron por la ventana, iluminando levemente la mesa de trabajo. Nathan se crujió los nudillos y, sonriendo de nuevo, metió el arma, puesta a punto y cargada, en uno de los múltiples bolsillos de su mochila.

Era hora de liberar al demonio cautivo bajo su piel. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario