Su grito fue ahogado por sus manos mientras caía de rodillas
contra la húmeda tierra. Las lágrimas disolvían los restos de tierra arcillosa
entre sus dedos, y gotas rojas caían al suelo al tiempo que ella apretaba los
dientes.
En ese momento estaba lejos, muy lejos de allí.
Su mente daba tumbos, confusa, en la visión, sin entender
qué ocurría, excepto por una cosa: dolía.
Sola en un campo de hierba roja y morada, su cuerpo no conseguía estabilizarse y todo daba vueltas. Las nubes tenían colmillos afilados y sonreían, al acecho. Ella sólo quiere correr, pero cadenas frías e invisibles la atan al suelo, las cadenas fabricadas con toda su tristeza, apatía y paranoia. Todo comienza a oscurecerse, y las figuras cambian a su alrededor, mientras comienza a llorar, asustada y desesperada...
El aleteo no lo mejora. Los pájaros metálicos picotean sus ojos y sus lágrimas se tornan sangrientas entre sus gritos de dolor, gritos que piden desde su interior que acabe la angustia.
Aunque en el fondo sabe que nunca acabará, pues la causa de toda la angustia es ella misma.
Uno tiene la angustia,
la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de
encontrarse perdido.
Su cuerpo la traiciona, exhausto. Pri cae hacia un lado,
inconsciente, con una mano colgando en el acantilado, mientras la alucinación da paso a la negrura impenetrable de la inconsciencia más profunda y vacía.
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